martes, 22 de abril de 2008


TRES ESTORNUDOS


“Sí me dijeras pide un deseo”
Rabo de Nube. Silvio Rodríguez



Acaba de entrar en casa. Sonríe y comenta que pensaba que le iba a recibir en camisón. Se me atraganta la angustia, mientras siento que estoy demasiado cansada.
El tablero gigante ya está desplegado y me quita aire en el salón. Salto de una casilla a otra, al tiempo que no entiendo por qué sigo con él. Su seguridad es agresiva, desde el sillón continúo se va acercando a mí. No lo entiendo pero a veces todavía tengo ganas de besarle, pero bella es la memoria que me hace sentir y recordar.
La primera vez que lo hizo, el desconcierto me dejó paralizada. Estaba arreglándome para recoger aquel premio. Era feliz y se me notaba. Merodeaba huraño a mi alrededor con pasos y movimientos guerreros. Mientras me maquillaba entró en el cuarto de baño, se acercó a mí por la espalda y comenzó a orinar en el lavabo. Yo me di la vuelta perpleja. Le dije que teníamos retrete. Me contestó gritando que era muy remilgada, que todos los hombres lo hacían. No me puse rimel, me temblaba el pulso. Más que una intención de fastidiarme, tenía voluntad de humillarme.
No voy a olvidar aquella fiesta, vuelve cada día con el oleaje de mi rencor. Los invitados venían a felicitarme, los hombres se dirigían a él con una sonrisa y le comentaban lo afortunado que se debía sentir al tener una mujer, que además de bella, era inteligente. Durante el cóctel no abrió la boca. En la cena en medio de la conversación se levantó y amenazante con el dedo, me escupió: “Cállate, yo sé mejor que tú lo que piensas”. Bajé azorada los ojos hacía el mantel y ya no pude levantarlos. Ni una grúa hubiera sido capaz de alzarlos. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no llorar delante de aquellas personas. Todavía quedaba el número final. Al llegar a casa me agarró de manera violenta y me llevó hasta el baño, me tiró al suelo y empezó a agredirme: “Ahora te voy a enseñar lo que eres para mí”. Me orinó encima. No había compasión ni culpabilidad en su mirada. Miré por la ventana y la luna enrojecida me devolvió mi afrenta. Al silenciar mi caída sólo conseguí un dolor íntimo y mucho más profundo. Todo iría a peor.
Comencé a no estar segura de nada, dudaba en todos los aspectos de mí misma. Triste juego el del amor pensaba. Le había regalado mi vida al darle mi confianza y mi cuerpo.
Tuvimos una tregua, un viaje tranquilo y la vuelta a aquel pasado cómodo que un día nos hizo felices. Y llegó la noticia. Como estaba en los primeros meses de un embarazo difícil el médico me aconsejó guardar reposo. Dejé de trabajar y todo aquello me hizo más vulnerable ante sus ojos Volvió a ser el demonio de siempre. Me obligaba en mi estado a ponerme ropa sugerente y ajustada para hacerme sentir ridícula. Hasta que llegó lo inevitable. Aquel día decidió invitar a cenar a seis compañeros, me compró un vestido de ramera barata y de manera dominante puntualizó que era importante para él que preparara una excelente velada. No se ofreció a ayudarme ni una sola vez. Tras la cena, tuve que ir al hospital porque sangraba. No me acompañó y puso como pretexto que al día siguiente tenía que levantarse temprano para ir a una reunión. Cuando volví a casa tras el aborto, hizo como si no hubiera sucedido nada. Me acosté a su lado ahogada en lágrimas que cocían la descomposición de mi identidad.
Tras aquel suceso volvió a cambiar. Su sueño era ser padre y no había otra cosa que le pudiera hacer más feliz. No he vuelto a quedarme embarazada. Lo hemos intentado todo, pero algo dentro de mí no funciona. Estoy llena de terror. Fracasamos una y otra vez en nuestro intento y comenzó a castigar mi cuerpo estéril con palizas brutales. ¡Qué mediocre y dolorosa actitud la de ser el mismo!
Ha ido hacia la cocina, la rutina de la cotidianeidad hace que sepa lo que hace aunque no esté allí con él, se está sirviendo una cerveza y está abriendo un bote de aceitunas. Traerá todo en una bandeja minuciosamente ordenada. Se sentará cerca de mí, y mientras bebe despacio comenzará a tocarme con la supremacía de su poder. Ya no me inmuto, a veces hasta logro no sentir nada, me abstraigo y dejo de existir. Hasta que estornuda tres veces seguidas, como hago yo misma y entonces pienso que por lo menos tenemos algo en común. Alguien me dijo que las personas que estornudan así tienen una vida afortunada.
Comienza a besarme en el cuello de una manera dulce y lasciva, estoy violenta y tibia. Intenta hacer tirabuzones con mis piernas. Succiona, lame, me da vueltas, me dejo hacer: posturas, tensión, mordiscos. Sudamos. Axilas, muslos, pechos su cara tiene una expresión poderosa, brutal; casi atávica.
La tele está encendida, están comenzando las noticias. Los titulares del día dicen que cuatro mujeres han sido víctimas de violencia de género. Mientras él termina intento no vomitar. No quiero pensar. Cuando se sube los pantalones, le ruego que apague la televisión. Las personas que estornudamos tres veces seguidas somos afortunadas...