viernes, 6 de junio de 2008

CENTAURA EN UN DESIERTO



"Si se pudiera dar nombre a todo lo que sucede, sobrarían las historias. Tal y como son aquí las cosas, la vida suele superar a nuestro vocabulario. Falta una palabra y entonces hay que relatar una historia"
JOHN BERGER

Todo era sencillo de niña.
Había un cine, dos canales en la tele, tres bares a los que ir en el barrio, cuatro locos por las calles y nosotros: sus cinco hijos. De todas las opciones, él me escogía a mí. Papá me quería.
Recuerdos bonitos de aquella infancia perfecta que guardo con rencor. Socia fiel de todos sus juegos sin sentido.
De vuelta a casa corríamos para ver quién llegaba primero. A veces aminoraba la marcha para que yo llegara antes, aunque al acariciarme la cara y limpiarme el sudor de la frente, me solía decir: “La vida es complicada y no siempre es justa. Corre más que los demás que ellos no te van a dejar ganar”.
En el cine pasaba su brazo protector por encima de mi hombro. “Centauros del desierto” en la pantalla, mi devoción hacia él y la embriaguez de saberme adorada.
Algunos domingos sacaba su tocadiscos y bailábamos en medio de la sala. Sonaba aquel bolero antiguo de maracas e interminables AMAPOLAS que le provocaba una risa inacabable y cientos de ricotines sólo para mí.

Amapola lindísima amapola
Será siempre mi alma tuya sola.
Yo te quiero amada niña mía
Igual que ama la flor la luz del día

Cerraba los ojos, apoyaba mi cabeza en su cuerpo y me dejaba guiar. Estaba con él y le quería por todas partes.

Nunca había visto la nieve hasta el invierno de 1982. El temporal de frío y los cambios vinieron a la vez. Arrebatadora pureza que se deshiela. Tenía ocho años.
No fue casualidad que estuviera en aquella comida de negocios en la que a papá le iban a dar un puesto tan importante como el de un rey, ni que él hablara de mí con palabras grandes, ni que aquel hombre que fumaba puros y movía los ojos tan rápido como los dibujos animados, no parara de sonreír al ver lo felices que éramos juntos.
- Esta niña tiene ángel- decía mientras me tiraba a los ojos el humo de su puro.

Me aburrí tanto. Quería acabar todo aquello para volver a jugar a ser Natalie Wood y que papá fuera tan duro y tan bueno como John Wayne y todo el desierto nuestro mundo. No he vuelto a ver una película del vaquero con más clase de toda la historia del cine.

A continuación la oscuridad y papá y el hombre de los ojos inquietos y su aliento a puro encima de mi cara, y papá separándome las rodillas y apartándome el pelo de la cara y susurrando: “La vida no es fácil pequeña” .