jueves, 12 de junio de 2008

TIEMPO DE CARNAVAL




La gente, sí, se disfraza; bueno, no lo tengo claro. Yo creo que algunos estamos disfrazados todo el año y que en realidad en las carnestolendas lo que hacemos es vestirnos normal. Unos, para desembarazarsedel pudor; otros, para considerarse libres; los más, por quitarse durante unas horas el lastre que supone el disfraz perpetuo de la vida, aquel con el que a diario te ven los demás.
Sabes, eso de la búsqueda de la felicidad es como dedicarle la existencia a buscar el Santo Grial. Una forma de entretenerse, una religión de medio pelo como aquellas que te garantizan una existencia en cinemascope cuando te mueras y logren armar el puzzle de cenizas de la cremación.
Yo sólo encontré la Felicidad una madrugada de Feria, bien mamado de manzanilla, y haciendo el equilibrio sobre un cable de cinco por cinco de ancho, o sea, pura calleasfaltada. Se llamaba Felicidad Mejías, era ecuatoriana, y estaba reciénllegada a Sevilla con la sonrisa como único monedero y la ilusión como solitaria coartada.- Si me das cama, te dejo jugar.Dieciocho años yo, treinta y muchos ella.
Me dio la risa tonta, después meabofeteó la vergüenza lista y cuando me vine a dar cuenta la Felicidad sehabía ido en busca de lo seguro, un rufián de pelo en pecho y patillas enerección, que le aseguraba cama, juego y hasta paliza.
No he vuelto a ver a Felicidad. Se quedaría en el colchón.