lunes, 21 de julio de 2008

LA LATINA I: BIZCACHU



La Latina estos días se convierte en el sitio de veraneo de Madrid. El eje del mal siempre crece en los lugares de vacaciones, por condensación o por cualquier metafísica que me puedo inventar si quiero entre estas líneas.
En verano siempre aparece Bizcachu, el más guapo de los feos. Le descubrí un día en un bar del barrio , de esos donde están los viejos y los que acabaremos como ellos. Ejercía de nuevo Hilarión prodigando muerdos a una rubia y a una morena, a la vez y con lengua. El doble salto mortal lo ponía la luz del día. Él se lo puede permitir.
No tiene oficio pero da igual porque se beneficia a todo. Siempre va solo y no le hace falta nada más, a veces una cerveza que suele comprar a la señora que va con carrito por la Plaza de los Carros. Va de un lado a otro mirando por si le llaman, lleva llenos los bolsillos de felicidad artificial, aunque eso sólo lo suponemos como cualquier metafísica de eje del mal inventada en cualquiera de las terrazas atiborradas de niñas de colores y caza urbana. Tiene la mirada torcida de manera literal, nunca he visto un bizco tan guapo y tan estrábico. Así a primera vista y sin torcer, la primera vez, entre la rubia y la morena, me gustó tanto que hasta le escribí un cuento. Un personaje así sólo puede salir de las letras y del barrio. A lo mejor de sus cuadros también, de manera legal dice que pinta.
A Bizcachu me lo presentó un amigo del colegio que se hizo famoso por comprarse un cuchitril con triturador de mierda que no retrete y que se ahogó en el barrio y toda su mierda. Vivía en la Cava Baja y los viernes a medio día cuando salía de currar compraba el pan y se iba a tomar la primera cerveza del día en el Lamiak. Era fácil encontrártelo a las tantas de la mañana con su barra de formalidad y su traje de banquero, ambos arrugados y de camino a los Egipcios donde tenía una cuenta pendiente con los camareros y con su vida. Bizcachu en muchas ocasiones abría los bolsillos para él. Al de la barra de pan le dió por hacerse artista y dejó el banco. En su salón había un cuadro gigante relleno de necrológicas del ABc. Fue su única y gran obra, después su familia le sacó de allí.
Ayer apareció Bizcachu, silencioso como siempre, con su mirada torcida y hasta en nebulosa y su litro de cerveza, que es como él: Un bote de cristal cerrado al vacío y hasta arriba.
-Qué morena estás, escritora.
Y me tuerce las piernas...