jueves, 31 de julio de 2008

MI PAPÁ TE MANDA UN BESO




Mi padre me enseñó a coquetear con todo el mundo, chicas y chicos, y acabé por considerar el encanto -y no la cortesía, la franqueza, o incluso la decencia- como la principal virtud mundana.
Cuando los fines de semana salíamos, siempre acabábamos en algún bar a la hora del aperitivo, y me hacía el mismo juego. Si veía alguna mujer solitaria, empezaba a bromear en alto, para acabar diciéndome, si quieres una coca-cola tienes que ir a esa señora y repetirle lo que yo te diga. Y entonces iba y tocaba la manga de aquella extraña y me anunciaba como una paloma mensajera: MI PAPÁ TE MANDA UN BESO.
Entonces me compraba el refresco y una bolsa de patatas, me sentaba en un taburete y me decía “no te muevas”, y se iba a hablar con la mujer que ya no era una extraña.
Yo me bebía la coca-cola muy despacio y desmenuzaba las patatas, porque así era como si el tiempo pasara lento y mi papá no hiciera cosas malas mucho rato delante de mí.
Luego desaparecía los fines de semana.
Más tarde, mamá nos llevaba al parque. A veces hacía frío, y sentía sueño y angustia.
Mamá a escondidas lloraba. Yo la abrazaba fuerte y le daba los besos que no le mandaba papá.