viernes, 19 de septiembre de 2008

DESNÚDEME, DESDÚDEME




Me esperaba apoyado en mi coche. Yo creía que se había olvidado de la cita. Le he conocido esta mañana mientras desayunaba. Me ha preguntado si tenía novio. Me he reído en su cara y le he contestado soberana que a las mujeres hay dos cosas que no se les puede preguntar.

-¿Cuál es la segunda? -me ha devuelto aventurero.
- La edad.

Se armó de valor y entre bromas me ha invitado a tomar una copa esta noche, con el pretexto de enseñarme sus dibujos. Me ha dicho entre risas y con gesto pícaro: “anoche estuve con otra mujer, pero es que, todavía no te conocía”.

Hemos ido, bueno, me ha llevado, a una taberna de la Cava Baja. Es un lugar con sabor, muy frecuentado por gente por ejemplo, casquivana. Cada vez que paso por allí, y tiempo hacia que no iba, el lienzo se me asemeja a los viejos cafés parisinos donde para el arte. Sólo que aquí no hay el glamour francés, sino la realidad andaluza, un fuerte olor a vino de barrica y a grasa de cecina con la que uno diría que pintaron de abstracto las paredes.

Nos hemos sentado en un rincón. Un lugar en semipenumbra, alejado de la barra y en cuyas perchas me hubiese gustado dejar un sombrero, uno de esos de los años 30, fieltro gris festoneado por una tirilla negra (siempre quise ser personaje de novela negra). Hemos comido y bebido tinto y después nos han puesto whisky.

Me ha mostrado sus dibujos. Los lleva en una preciosa carpeta de papel reciclado en la que ha pintado el perfil de un hombre fumando. Después hemos empezado a hablar de cosas intrascendentes y a esto me ha preguntado si creo en la parapsicología, en la adivinación del futuro. Seguidamente me ha cogido la mano y me ha dicho que me la iba a leer.

Debo confesar que cuando ha ido pasando su índice por mi palma en un gesto creo que más que premeditado, he sentido un escalofrío adolescente. Me ha mirado con los ojos cargados de lástima. Una punzada de miedo me ha estremecido, no sabía qué estaba descubriendo. Me ha predicho larga vida, un intento de ruptura conmigo misma, mucho amor de alguien muerto y un futuro que por fin llegará sin silencios. En un par de ocasiones he intentado retirar la mano, eran unos gestos instintivos, el segundo más que el primero, porque fue cuando, con la excusa de que no veía bien, ha ido bajando su mano hacia mis piernas, hacia mis muslos a los que la luz blanca de la bombilla daba una textura de nácar.

- Vente, vamos a tomar la última copa me ha dicho.

He estado torpe poniendo excusas, tanto que cuando me he dado cuenta, ya estaba en el portal de su casa, con la puerta de la calle cerrándose tras de mí y sus labios apresando los míos. Me gusta la guerra de iniciativas. Siempre me encantó. Nos hemos enredado en la retaguardia de un abrazo y a punto hemos estado de caernos al suelo. “Desnúdate” me ha dicho con voz temblorosa. Le he dicho que no, que quería que fuera él, el que me quitase la ropa.

Y yo arrancársela a él y entre besos y besos nos hemos ido despojando de las inhibiciones y entre caricias hemos parado el tiempo. Por dos veces han quedado exhaustos nuestros cuerpos.

Me he despedido de él con prisas. Ha vuelto a mirarme con ojos deshauciados y sus palabras se me han clavado como un arpón.

- No puedo colorear la oscuridad de tu pasado.