viernes, 26 de septiembre de 2008

EL HORNO MÁGICO



Estaba aburrida, mucho. Así que decidí limpiar el horno feroz lleno de incrustaciones grasientas. Distraída, columpiándome en mis tonterías, me senté en las baldosas frías y ajadas de la cocina. Mi imagen debía reflejarse en el cristal, pero asombrada comprobé que no era así. El cristal reflejaba a otra persona, un hombre. Me hablaba en susurros de un viaje con el mismo calor, con los mismos errores y los mismos fracasos quemados. Sus manos se extendieron hacia mí, mientras observaba mi rostro.
No hicieron falta palabras. Sin pretextos, la imagen del otro lado acercó su mano confiada atravesando el horno. Miré aquella mano y supe que, aún no siendo de mi cuerpo, era la continuación de mi brazo, de mi propia carne, y debía aferrarme a ella.
Con una sonrisa en los ojos alargué mi mano hacia la suya. Y serena, llena de paz, crucé aquel horno… mientras en mi cuerpo renacía un calor que podría llegar a 180 grados.