miércoles, 29 de octubre de 2008

CONSTANCIA

A los ocho años mi padre me apuntó a un curso de mecanografía. Tenía que traer un cojín de casa para llegar a la máquina. Cuando le enseñaba los ejercicios a la profesora, me daba un beso y me acompañaba a mi asiento de la mano.
Fue por aquella época cuando descubrí que me encantaban las palabras y que iba a ser un gran desastre en muchos aspectos de mi vida. Hoy me escribo triunfadora. Resulta admirable la constancia con la cual me he mantenido fiel a esa decisión.