miércoles, 22 de octubre de 2008

EL AZAR


El día que se rompió mi sandalia paseando por la calle, la casualidad me llevó directamente a un perfecto desconocido. Nos presentó un encontronazo de papeles que volaban, un bolso rodando y la calderilla dispersa como hilo musical.

No surgió el amor, porque eso sería demasiado obvio y un lugar común bastante feo. Un “tomamos algo” nos sirvió de excusa para conocernos, hablar de mundo-tonterías e intercambiarnos direcciones que sabíamos que nunca utilizaríamos.

Exactamente después de un té de hierbabuena, dos pacharanes y un vaso de agua, cada uno siguió por el camino que llevaba horas antes…
Al despedirse, mientras me miraba muy serio a los ojos, susurró: "la calle ya está preparada, de manera especial, para tus pasos con sandalia rota".