lunes, 13 de octubre de 2008

RECUERDOS


"Lo único que no existe, es el olvido"


Lo que es familiar no mueve la atención han dicho hoy en el desayuno de la oficina. Me he mordido la lengua. Los parámetros de la normalidad son subjetivos. Todo depende de la rutina en que te muevas. Mientras evito la mirada de mi detestada jefa, vuelvo a mi niñez…

Los Ángeles de Charlie de fondo y papá arreglándose en frente del espejo. Cuando salía se ponía una cabeza con pelo, en casa tocaba la cabeza calva. Su uniforme de trabajo eras camisas de terciopelo con golondrinos y cuellos erectos. Pantalones de pata ancha y hueveras estrechas, sus preferidos.

Me gustaba verle arreglarse. Para mí, era una especie de superhéroe. El hecho de tener un padre que tuviera patillas erectas, dos cabezas, y zapatos con tacones me hacia creer que éramos especiales y diferentes. Además, como trabajaba de noche podía estar más tiempo con nosotros. En casa me molestaba que siempre estuviera atento al teléfono. También que recibiera visitas de mujeres de pelos cardados y vestidos difíciles de doblar.
Mi madre nunca decía nada. Silenciosa, casi etérea, doblaba calcetines y lloraba cuando en las películas románticas se besaban. Solía susurrar a media voz mientras se sorbía los mocos: “nos inflingen deseos que nos afligen”. No entendía nada de lo que decía, pero cada vez que estaba a su lado, me entraban ganas de hacer pis. Tremendo.

Cuando mi padre llegaba por las mañanas, a veces, si la noche se había dado bien…(para mí eso significaba que sus Ángeles como los de Charlie, habían detenido a malvados tras una persecución gloriosa protagonizada por su cabeza con pelo), nos traía un montón de chucherías: Paragüitas de chocolate envueltos en papeles vistosos con un lacito en el mango, bombones rellenos de licor, y lo que más me fascinaba unos palitos de colores que recogía del bolsillo de su chaqueta.

No sé de donde saqué la idea de que si chupaba mucho esos palitos, podía apreciar el sabor más rico del caramelo más especial jamás inventado. Me los llevaba a clase y mientras doña Loli explicaba geografía, yo nada más hacía que chupar y chupar hasta que mi imaginación descubría el sabor deseado. Algunas veces los demás niños me pedían el palito. Yo les decía que no se lo podía dar porque era un tesoro de una misión de mi padre y sólo yo por ser su hija los podía saborear hasta descubrir el gusto deseado. Hasta que un día Doña Loli me dijo que de donde sacaba tantos palitos de mezclar copas y que le parecía de mala educada que los tuviera siempre en la boca. Ahora que lo pienso Doña Loli me recuerda a la capulla de mi jefa, tienen la misma pinta de mamoncetas.

Hasta que un día las mujeres de los vestidos imposibles de doblar vinieron con mi padre a recogernos al colegio. Mamá estaba en el hospital. La diferencia de colores entre “Charlie y sus Ángeles” y las demás madres, hizo que me diera muchísima vergüenza acercarme a ellos y que me escocieran las orejas. Notaba como las demás madres nos miraban. Un olor agrio a alcohol emanaba de ellos y su nube de colores ácidos. Me hubiera gustado tener un palito de esos de sabores invisibles en la boca, pero ese día se me había olvidado. Mientras me acercaba a ellos la madre de Pablito vino corriendo y se llevó a su hijo de mi lado .Su mirada me hizo sentirme podrida. No quería estar allí.
Papá no era como Charlie y las mujeres de pelo cardado no parecían ángeles sino guarras. Cuando llegué a su lado alguien dijo algo con un agresivo tono de desprecio. Al igual que cuando mi madre hablaba me entraron ganas de hacer pis y no me pude contener. Risas alrededor mío. Mi desconcierto. Y yo triste y mojada detrás de ellos arrastrando la cartera. Pero lo peor vino después. Esa sensación de sucia y meada que descubrí tras los palitos de mover copas y mi familia.