martes, 4 de noviembre de 2008

SI YO FUERA UN PERSONAJE...


De Jose Luis Alvite me gusta todo. Su voz quemada de garrafa, su odio a la popularidad, su trabajo en un banco por las mañanas, sus tardes en un bar silencioso de Santiago dónde sólo ponen jazz, sus bajas por depresión del faro de Vigo porque no le dejan fumar, sus huídas del programa de Carlos Herrera porque dice que hoy no le apetece leer su crónica, quizá mañana tampoco, su negativa a publicar. Sólo le leo unas cuantas veces al año, porque no sé escribir cómo él y me pongo verde de envidia. Sólo me queda el consuelo de pensar que si algún día me convirtiera en personaje, tan solo querría vivir en el Savoy.





El Savoy (III)
José Luis Alvite

No se quedan mucho tiempo las mujeres que pasan por el Savoy. La corista más antigua se llama Terry Shelton, una mujer de poca consistencia cultural y algunos sueños en la cabeza, una criatura sencilla y a veces conmovedora que todavía alienta cierta fe en la especie humana. Ernie conserva en la oficina del club un cuadro firmado por un pintor que vacilaba al hablar y que vivió con Terry un idilio lacónico que se saldó con un pufo en el negocio y ocho pañuelos a reventar de lágrimas. El retrato no le hace mucha justicia a Terry e incluso puede considerarse de mal gusto, aunque a ella todavía le emociona contemplarlo cada vez que acude a la oficina a rogar un anticipo. Creo recordar que aquel pintor se llamaba Ted Mortensen y la obra es un pubis copiado a carboncillo sobre el revés de un albarán. A Terry no le duele reconocer que ésa es la imagen que aquel tipo se llevó de ella y aunque cueste creerlo, el pintor le permitió ponerle su firma al pie del cuadro, como si fuese obra de la corista. El título lo sugirió él y ella lo aceptó como un hallazgo: «Autorretrato». A veces la pobre Terry recuerda los viejos tiempos al lado de Ted Mortensen. Y cuando alguien banaliza su trabajo en el Savoy, ella trae de la oficina aquel retrato y dice: «No soy cabecera de cartel en Broadway, cariño, pero hasta hace sólo algún tiempo, mi pubis era una celebridad». No es fácil evitar que los amigos bromeen sobre ello, pero en su columna del «Clarion», Chester Newman zanjó el asunto: «Nadie duda de que el «Autorretrato» de la inocente corista del Savoy carece de brillantez artística, pero adecuadamente velado por los troqueles de la Reserva Federal, el pubis de Terry Shelton podría sustituir sin rubor a la efigie de Abraham Lincoln en los billetes de curso legal».
Lo de Terry y Ted fue una relación breve pero intensa que se saldó con un hijo. Ella nunca volvió a ver al pintor. Cuando le preguntas por Ted, suele decir que «un niño que prende el soñar, es cuanto sé de él».