miércoles, 10 de diciembre de 2008

DIFERENTES



“Nosotros somos los solitarios, y los solitarios todos se entienden entre sí. Sin hablarse, ni verse, ni siquiera conocerse. Me acompañan en mi soledad las soledades de los demás solitarios”

Miguel DE UNAMUNO

A finales del último siglo, Madrid era una ciudad llena que acumulaba vacíos. A Alma Tarimba, los lunes se le retorcían sin querer y se presentaban como una tortura inventada por los domingos para restarse tristeza.

En el séptimo día de la semana, la señorita Tarimba salía a tomar el aperitivo, pero eso le hacía bostezar a ratos. Las mujeres con una sensualidad infinita pueden bostezar todas las veces que lo deseen. También pueden beberse una cerveza de un trago, con la botella sujeta con ambas manos, y luego si les place, eructar.

Normalmente ese ritual no era muy satisfactorio, y las esquinas de la soledad seguían tiesas y amenazantes.

Como castigo por haberse aburrido, la señorita Tarimba, Alma para los desconocidos, jugaba a las baldosas con sus botas de bruja de camino a casa, mientras pensaba: “Llega un momento en el que hagas lo que hagas, la vida no se detiene: como mucho se para a soñar...a ratitos”.

Y así otro domingo más. Cerraba pronto los ojos para no verse envejecida dentro de ellos, mientras esperaba la llegada de alguna ilusión que no corriera más rápido que ella.

A veces era su medida de tiempo preferida. Alma Tarimba, ya medio dormida, repetía una y otra vez: “A veces las cosas cambian, a veces las cosas tienen que cambiar”.