martes, 29 de abril de 2008

CUENTA ATRÁS






"Amar demasiado no es pecado, es un error"


Descontando días
y pellizquitos de dolor a las estaciones abandonadas.

martes, 22 de abril de 2008


TRES ESTORNUDOS


“Sí me dijeras pide un deseo”
Rabo de Nube. Silvio Rodríguez



Acaba de entrar en casa. Sonríe y comenta que pensaba que le iba a recibir en camisón. Se me atraganta la angustia, mientras siento que estoy demasiado cansada.
El tablero gigante ya está desplegado y me quita aire en el salón. Salto de una casilla a otra, al tiempo que no entiendo por qué sigo con él. Su seguridad es agresiva, desde el sillón continúo se va acercando a mí. No lo entiendo pero a veces todavía tengo ganas de besarle, pero bella es la memoria que me hace sentir y recordar.
La primera vez que lo hizo, el desconcierto me dejó paralizada. Estaba arreglándome para recoger aquel premio. Era feliz y se me notaba. Merodeaba huraño a mi alrededor con pasos y movimientos guerreros. Mientras me maquillaba entró en el cuarto de baño, se acercó a mí por la espalda y comenzó a orinar en el lavabo. Yo me di la vuelta perpleja. Le dije que teníamos retrete. Me contestó gritando que era muy remilgada, que todos los hombres lo hacían. No me puse rimel, me temblaba el pulso. Más que una intención de fastidiarme, tenía voluntad de humillarme.
No voy a olvidar aquella fiesta, vuelve cada día con el oleaje de mi rencor. Los invitados venían a felicitarme, los hombres se dirigían a él con una sonrisa y le comentaban lo afortunado que se debía sentir al tener una mujer, que además de bella, era inteligente. Durante el cóctel no abrió la boca. En la cena en medio de la conversación se levantó y amenazante con el dedo, me escupió: “Cállate, yo sé mejor que tú lo que piensas”. Bajé azorada los ojos hacía el mantel y ya no pude levantarlos. Ni una grúa hubiera sido capaz de alzarlos. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no llorar delante de aquellas personas. Todavía quedaba el número final. Al llegar a casa me agarró de manera violenta y me llevó hasta el baño, me tiró al suelo y empezó a agredirme: “Ahora te voy a enseñar lo que eres para mí”. Me orinó encima. No había compasión ni culpabilidad en su mirada. Miré por la ventana y la luna enrojecida me devolvió mi afrenta. Al silenciar mi caída sólo conseguí un dolor íntimo y mucho más profundo. Todo iría a peor.
Comencé a no estar segura de nada, dudaba en todos los aspectos de mí misma. Triste juego el del amor pensaba. Le había regalado mi vida al darle mi confianza y mi cuerpo.
Tuvimos una tregua, un viaje tranquilo y la vuelta a aquel pasado cómodo que un día nos hizo felices. Y llegó la noticia. Como estaba en los primeros meses de un embarazo difícil el médico me aconsejó guardar reposo. Dejé de trabajar y todo aquello me hizo más vulnerable ante sus ojos Volvió a ser el demonio de siempre. Me obligaba en mi estado a ponerme ropa sugerente y ajustada para hacerme sentir ridícula. Hasta que llegó lo inevitable. Aquel día decidió invitar a cenar a seis compañeros, me compró un vestido de ramera barata y de manera dominante puntualizó que era importante para él que preparara una excelente velada. No se ofreció a ayudarme ni una sola vez. Tras la cena, tuve que ir al hospital porque sangraba. No me acompañó y puso como pretexto que al día siguiente tenía que levantarse temprano para ir a una reunión. Cuando volví a casa tras el aborto, hizo como si no hubiera sucedido nada. Me acosté a su lado ahogada en lágrimas que cocían la descomposición de mi identidad.
Tras aquel suceso volvió a cambiar. Su sueño era ser padre y no había otra cosa que le pudiera hacer más feliz. No he vuelto a quedarme embarazada. Lo hemos intentado todo, pero algo dentro de mí no funciona. Estoy llena de terror. Fracasamos una y otra vez en nuestro intento y comenzó a castigar mi cuerpo estéril con palizas brutales. ¡Qué mediocre y dolorosa actitud la de ser el mismo!
Ha ido hacia la cocina, la rutina de la cotidianeidad hace que sepa lo que hace aunque no esté allí con él, se está sirviendo una cerveza y está abriendo un bote de aceitunas. Traerá todo en una bandeja minuciosamente ordenada. Se sentará cerca de mí, y mientras bebe despacio comenzará a tocarme con la supremacía de su poder. Ya no me inmuto, a veces hasta logro no sentir nada, me abstraigo y dejo de existir. Hasta que estornuda tres veces seguidas, como hago yo misma y entonces pienso que por lo menos tenemos algo en común. Alguien me dijo que las personas que estornudan así tienen una vida afortunada.
Comienza a besarme en el cuello de una manera dulce y lasciva, estoy violenta y tibia. Intenta hacer tirabuzones con mis piernas. Succiona, lame, me da vueltas, me dejo hacer: posturas, tensión, mordiscos. Sudamos. Axilas, muslos, pechos su cara tiene una expresión poderosa, brutal; casi atávica.
La tele está encendida, están comenzando las noticias. Los titulares del día dicen que cuatro mujeres han sido víctimas de violencia de género. Mientras él termina intento no vomitar. No quiero pensar. Cuando se sube los pantalones, le ruego que apague la televisión. Las personas que estornudamos tres veces seguidas somos afortunadas...

jueves, 17 de abril de 2008

TACOMA TRAILER



“¿Te parece bien que te quiera nada más que una semana?”


Sin quitarme el abrigo rojo, enciendo como todas las mañanas el ordenador. Tengo los dedos fríos, mis movimientos son lentos. Otra noche que no dormí bien. La mesa sigue desordenada con cientos de papeles que esperan mi atención, pero mi interés se centra en tu ciudad y en el tiempo que hará esta mañana a la que tú todavía no te has incorporado y que yo ya estoy gastando con desgana. El cierzo te molestará cuando cojas tu moto, pero al contrario que aquí el sol brillará salvaje. Te imagino yendo a trabajar con una velocidad moderada y rutinaria. Tu cuerpo orgulloso y enjuto hinchado de mediocridad. El crujir de las hojas mezclado con el ruido del tubo de escape y algunos fragmentos de aquella ilusión desbrozada por la precisión de tu cobardía.
La niebla envuelve mi ciudad al amanecer y así será a lo largo de la semana. No importa, los 300 kilómetros de tu apatía me han dejado fuera de cobertura por un tiempo, las ganas no me pesan y la tristeza es mi penumbra continua. Y la distancia ¿sabes? Es como el viento ese de tu ciudad que apaga un fuego pequeño pero aumenta el grande. Mi llama está quemándome el alma. No te puedo incendiar con una hoguera de amor calcinado. Y el silencio….
Leo también un horóscopo que es el tuyo pero que no sé si refleja tu pensamiento. Dice que una vez ordenes tus sentimientos, tus armas de persuasión serán irresistibles. Miro el móvil que sigue huérfano de noticias. Sigo aparcada en doble fila esperándote y el guardia de mi dignidad me está destrozando con multas que engrosan mi decepción.
Me viene a la memoria la única noche que descansé en tu cama. Me preguntaste como definiría el amor. Me vino a la cabeza una estúpida película americana de la que ni siquiera recuerdo el título. En ella, la protagonista sube por primera vez con su novio a un avión. Él le dice que ese viaje es especial, porque en el trayecto pasarán por las montañas del Colorado y las vistas son espectaculares. Sin dejarle elegir, él coge el asiento de ventanilla. Cuando están sobrevolando las cimas él comienza a celebrar la panorámica. Ella apenas lo puede apreciar pues su asiento está separado de la ventana y él no hace por cambiárselo. Las lágrimas de ella caen coronando los riscos del egoísmo de él.
Yo quiero que te mueras de ganas y me enseñes todas las montañas del Colorado te dije mientras paseaba juguetona los dedos por tus costillas.
Tú te levantaste de la cama y pusiste un CD, era un tema de Leonard Cohen: Tacoma Trailer era tu definición de amor
No hablaste de nuestra historia. Nunca definías tus sentimientos de forma generosa. Vivíamos una aventura que se esbozaba pequeñita para una canción tan bella. Tacoma Trailer sonaba melancólica como una sirena de alarma, mientras la distancia que nos separaba se recorría con una palabra corta que en mayúsculas y dulcemente impregnaba el adiós.
Llegó el momento de enseñarme tus montañas. Durante aquellas noches extraordinarias me hablaste de aquel lugar, de lo feliz que te hacía, de todo lo que me querías enseñar, pero el asiento de espectadora que me asignabas era demasiado humillante. No tuve valor para tirarme al vacío desde un avión sin vistas.
El murmullo de mis quejas me deshacía. El ronroneo de mis súplicas no te hizo dudar.
No hay mensajes en el contestador que digan “si estuvieras aquí, las montañas se desnudarían para nosotros”
He decidido que no quiero ver más cordilleras. Recortan los retazos de cielo y las esperanzas. No hay cables que se tiendan como pasarelas para no despeñarse en una improvisada huída.
He creado un trailer con los recuerdos de la película que me imaginé. En él como en el poema de Desnos había una vez (tal vez sólo una vez) una mujer y un hombre que se amaban. Habitaba en ese lugar el aliento amable de tu noche. Paseaba tranquila entre todas tus imágenes y dormía en una cama que vertía un deseo destinado sólo a mí, cine de sábanas blancas para adultos…. sin esfuerzo vuelvo a encontrar lo que amé en ti. Se llama Tacoma. Tiene la impresionante forma de las montañas del Colorado y todo mi amor.

miércoles, 16 de abril de 2008

PALABRAS EN PRUEBAS




Un hombre tocaba ayer el acordeón en el metro, llevaba unas zapatillas de estar por casa muy elegantes, con escudo y todo, que seguro le servían para estar muy cómodo por el metro. Me gustan las ocaciones en que te sientes tan cómoda como en zapatillas de estar por casa.


No tengo esta sensación todavía al escribir por aquí. Una vez me hice un fotolog para que un hombre se enamorara de mí. Me acabó gustando más el fotolog que él. Ambas historias acabaron a la vez.


Todavía no sé muy bien para que he abierto esto. Bueno, un poco sí, últimamente tengo demasiado pudor a la hora de escribir. Voy a hacer gimnasia en zapatillas de estar por casa por aquí. A ver si consigo pronto agujetas en mi pudor.

martes, 15 de abril de 2008

INVITACIÓN

INVITACION

Pasa, te invito a lo que quieras... a una ginebra azul zafiro que sabe a noches de barra en un bar de Lavapiés, que ahoga melancolías entre hielos y cortezas de limón mientras el barman mira culos y hace ver que escucha y entiende; a un buen whisky escocés con sabor a esperanza purificada y cierto toque de ilusión quemada hasta que calienta el alma... a uno de esos rones de playa y arena con sonido de mar bajo la atenta mirada de los que simplemente me importan...

Anda pasa...te invito a lo que quieras...