lunes, 16 de febrero de 2009

MIS MUJERES PREFERIDAS: FREYA STARK






LA NOVIA DEL DESIERTO


"Si me pidieran que enumerara los placeres de viajar,éste sería el mayor de ellos: que tan a menudo y de forma tan inesperada conoces lo mejor que hay en la naturaleza humana, y al verlo por sorpresa y tan a menudo con un fondo tan improbable, llegas a darte cuenta, con una sensación de agradable agradecimiento, de lo muy esparcidos que están en el mundo la bondad, la cortesía y el amor por las cosas no materiales, bellos capullos que se encuentran en toda clase de clima, en toda clase de suelo". Freya Stark, 1936 (viajera y escritora)

Nuestra dama singular de hoy nació en París en 1893. Sus padres eran aficionados a viajar y solían llevar consigo a la pequeña. Cuando se divorciaron, la situación económica de Freya y su madre decayó notablemente.

Fue, sobre todo, una magnífica escritora, publicó 30 libros sobre sus aventuras y cuatro volúmenes autobiográficos que trasladan al lector a un mundo de dunas, caravanas, valientes jinetes y harenes, hoy casi extinguido. POETISA. Lawrence Durrell la definió como una «poetisa del viaje», aunque fue muchas cosas más: exploradora, filósofa, deportista y artista. Hablaba nueve idiomas, consiguió que la machista Real Sociedad Geográfica de Londres se rindiera a sus pies y le concediera una beca por sus estudios cartográficos y, entre los muchos honores que recibiría, fue nombrada dama de la reina de Inglaterra. En una carta escrita a su madre en 1930 y cuando ya era muy popular, recordaba con ironía a los que nunca creyeron en ella: «Un día de estos tengo que hacer una lista de las razones por las que se me ha considerado loca y de los que así lo han hecho: sería una mezcla sumamente divertida».



Su vida es el guión de una película de aventuras donde no faltan paisajes exóticos, viajes temerarios, extravagancias, pero también amores imposibles, penurias económicas y una niñez infeliz, amén de una larga lista de enfermedades que la acompañaron siempre. Pero Freya fue un personaje de carne y hueso, y tras esta mujer valiente se escondía una niña solitaria y enfermiza, que comenzó a viajar para escapar de una anodina vida y una madre posesiva.



En sus relatos más autobiográficos recuerda que su amor por los viajes nació a una temprana edad, cuando su padre la cargaba siendo casi un bebé dentro de una cesta en sus excursiones por los Dolomitas en Italia. Sus padres fueron dos refinados artistas, cultos y bohemios, que llevaron una vida bastante nómada hasta que se separaron. Freya se instaló entonces con su madre en Asolo, al norte de Italia. Aunque allí creció y pasó su juventud, siempre se sintió inglesa de corazón y admiradora del poderoso Imperio Británico. «Qué soy y por qué aprendo árabe es un completo misterio. Si digo que lo hago por puro placer, percibo una mirada con tal carga de incredulidad que empiezo a sentirme tan cohibida como si estuviera diciendo la mentira más descarada», escribía Freya Stark en 1927 durante su primer viaje a Oriente Próximo. Tenía entonces 34 años, estaba soltera y había llegado a Beirut tras un penoso viaje en un carguero para estudiar y perfeccionar el árabe en una aldea de las montañas. A diferencia de Gertrude Bell, que exploró años antes estas mismas regiones, viajaba ligera de equipaje, sin cartas de recomendación, sin amigos y sin apenas dinero. Para entonces ya sentía muy fuerte la llamada de Oriente y soñaba con los interminables desiertos de Arabia salpicados de ruinas y antiguas fortalezas.

Los apasionantes relatos de los exploradores y orientalistas del siglo XIX que se habían aventurado por estas mismas tierras disfrazados de santones o peregrinos habían encendido su espíritu viajero. Oriente le parecía el lugar más apropiado para poder hacer realidad sus sueños, aunque fueran de lo más arriesgados. Tras permanecer un tiempo en el pueblo de Brummana y asistir a diario a clases de árabe, Freya planeó la primera de sus audaces aventuras. Atraída por la historia y las costumbres de los drusos, pueblo sirio que sentía gran hostilidad hacia los extranjeros como ella, se propuso visitarlos y recorrer sus aldeas.



EQUIPAJE En 1928 se dirigió a Damasco para organizar su gran viaje. En su equipaje no faltaban libros, cámaras, mapas y un revólver. Freya quería viajar al territorio conocido como Yebel ed-Druz o Montaña de los Drusos para entrevistarse con el líder espiritual de esta comunidad libanesa. La idea era entonces descabellada porque esta región se encontraba bajo la ley marcial francesa. En compañía de una amiga viajó a lomos de burro más de 100 kilómetros desde Damasco a su remoto destino en las montañas. Cuando fue detenida por oficiales franceses, éstos no dieron crédito a lo que estas dos excéntricas mujeres contaban. Freya se convirtió en una leyenda mundial. Había estado a punto de ocasionar un incidente internacional, pero ahora ya era conocida y podía comenzar a escribir sobre sus aventuras.

Desde aquel primer viaje, Freya Stark sintió un enorme interés por el mundo árabe. En 1929 llegó a Bagdad, capital de Irak, con la idea de estudiar una secta religiosa que durante años había aterrorizado a Oriente, conocida como los Asesinos. Alquiló un pequeño cuarto en un popular barrio de prostitutas, provocando el escándalo entre las damas británicas residentes. Ajena a las críticas, se dedicó a estudiar a fondo el Corán, a preparar nuevos viajes y escribir magníficos libros que inspiraron a toda una generación de jóvenes viajeros. Muy pronto se reveló como una experta exploradora, llenó los espacios vacíos de los mapas del Gobierno británico y corrigió numerosos errores cartográficos. «A uno le sobreviene una especie de locura a la vista de un buen mapa», escribió en su libro de Siria.

Freya no dejó nunca de viajar. Durante una década se dedicó a explorar Turquía, que se convirtió en uno de sus países favoritos. Había pactado con una banco suizo una pensión vitalicia, que resultó un negocio ruinoso para la entidad financiera que todos los años enviaba a un representante para comprobar que estaba viva. Con más de 70 exploró China y Camboya. A los 80 viajó a una zona inaccesible de Afganistán, a los 84 descendió en balsa por el Eufrates y a los 89 subió las montañas del Himalaya a lomos de una mula. !Imaginaos al pobre oficinista que tenía que seguirla para comprobar que estaba viva!. Fue la última gran viajera.



El día de su muerte en 1993 acababa de cumplir los 100 años, pocos quizá para una de las mujeres más singulares y extraordinarias del siglo pasado. Los periódicos de todo el mundo no dudaron en elogiar su figura. «La reina nómada», «una viajera legendaria», «una dama intrépida» fueron algunos de los titulares dedicados a su memoria, pero fue el londinense The Times quien mejor la describió: «Freya, la última viajera romántica».

“Despertar completamente solo en una ciudad extraña es una de las sensaciones más agradables que existen.” (Freya Stark).