miércoles, 4 de febrero de 2009

QUEDARSE EN PARÍS

Y porque estábamos enamorados, todo el mundo se había enamorado de nosotros. Mi mente volada se encontraba con mis ojos, cubiertos por unas tibias cataratas de cariño universal. Mi fuerza interior me imaginaba gritando: "No os preocupéis, yo puedo salvaros. Todos vamos a ser felices, porque soy fuerte y voy a quereros con todo mi corazón. Transformaré toda tristeza en alegría."
Empezamos a vivir, como si cada día fuese el primero, como si cada día redescubriésemos el placer de poder estar juntos. Todo era hermoso. Parecía que aquello iba a durar siempre. Las largas discusiones hasta el alba, las partidas de argumentos. La extraña sensación de vivir sin soledad, de formar una sociedad ilimitada e infinita con enormes posibilidades de futuro. Nunca llegué a mudarme a la buhardilla desde donde se podía ver la luna llena. Me pesaba tanto el amor como aquellas infinitas escaleras. Aquella fuerza nueva nos había hecho cambiar de opinión sobre las cosas. Como dos esponjas arrugadas que se empapan y se aprehenden. Empezamos a frecuentar las salitas de cineclub de Saint-Germain-de-Près donde veíamos películas en blanco y negro y los sillones se hundían como ciénagas bajo nuestro peso optimista. Ponía mis piernas sobre sus rodillas, mientras alguna historia atroz de incesto o de crimen discurría ante nuestros ojos. A veces nos citábamos como dos amantes de la belle époque en un restaurante ruso cerca de la rue de Bucy. Yo llegaba antes para disfrutar del placer de la espera, para sentir el miedo de perderle y verle finalmente aparecer, empujando la puerta del Moscova, con su gabardina gris, tristeza de otro siglo, empapada por la lluvia y su bufanda cielo oscuro.
Nos emborrachábamos juntos como adolescentes. Éramos tan tontos. Yo era feliz, tan feliz como es posible. Nunca pensaba más que en el presente. Abandoné toda preocupación y toda filosofía de trastienda. La tristeza se me antojaba una vieja de mil años, anticuada, sin sitio alguno dentro de mis días. Y es que el tiempo estaba lleno, repleto de tan sólo una actividad: abandonar toda mala duda de un futuro que no importaba. Fíjate si es estúpida la naturaleza humana, cuán vanos e ilusorios son nuestros deseos. A nuestros casi ochenta años todo era posible porque vivíamos dentro del amor.