martes, 3 de marzo de 2009

LOS DESARRAIGADOS



A menudo se ven, caminando por las calles de algunas ciudades, personas que flotan en el aire, en un tiempo y espacio suspendido; difícil de pronosticar. Carecen de raíces en los dedos, y en ocasiones no tienen pies. Les salen colorines de los cabellos, y suaves flores que se trenzan sobre la espalda para adquirir cierto equilibrio. Son como líquenes impulsados por corrientes marinas y cuando se quedan en alguna superficie, es por casualidad y por un instante. Enseguida vuelven a flotar y hay cierta alegría pizpireta en ello.
La ausencia de raíces les confiere un aire particular, impreciso, por eso resultan incómodos en todas partes y no se les invita a fiestas, ni casas, porque resultan demasiado despistados. Es cierto que en apariencia realizan los mismos actos que el resto de los seres humanos: comen, duermen, caminan y hasta mueren, pero quizás el observador preciso podría descubrir que en su manera de comer, de dormir, caminar y morir hay una leve y casi imperceptible diferencia. Comen hamburguesas de camellos que se pintan las pestañas o emparedados de pollo que en su juventud se tiñeron de colores; ya sea por la mañana, en Polinesia o en otoño. Y lo que es mucho peor todavía: encargan un menú estrambótico, compuesto de espinas suaves, gazpacho y crema de tempestades. Sueñan por la noche, como todo el mundo, pero cuando despiertan en la oscuridad de una miserable habitación de hotel tienen momentos de incertidumbre, sobre todo si se equivocaron con la compañía: no entienden por qué están, ni qué son, ni el nombre de los días que vendrán.
Carecer de raíces otorga a sus miradas un rasgo característico: una tonalidad radiactiva, excesiva y totalemente vital, huidiza cuando truena y con anclajes a un espacio vago e impreciso.
Aunque algunos al nacer poseían un arcoiris con nombre de calle. Por alguna razón u otra se perdieron. En lugar de suscitar la conmiseración ajena, suelen despertar animadversión: se sospecha que son culpables de alguna oscura falta, de la que es culpable su profunda imaginación.
Una vez que se han perdido las raíces, son irrecuperables. En vano el desarraigado permanece varias horas parado en cualquier esquina, junto a un árbol, contemplando de soslayo esos largos apéndices que unen la planta con la tierra: las raíces no son contagiosas ni se adhieren a un cuerpo extraño. Otros piensan que si permanecen mucho tiempo en la misma ciudad o país es posible que alguna vez le sean concedidas unas raíces postizas, de plástico por ejemplo, pero ningún lugar es tan generoso.
Sin embargo, hay desarraigados optimistas. Son los que procuran ver el lado bueno de las cosas y afirman que carecer de raíces proporciona gran libertad de movimientos, evita las dependencias incómodas y favorece los desplazamientos. En medio de su discurso, sopla un viento fuerte. Desaparecen, tragados por el aire.

Ayer me encontré a uno. Me dijo que con la lluvía mis intensas ensoñaciones se contagiarán. Estoy buscando raíces, o quizás, evitándolas.