lunes, 16 de marzo de 2009

MAGO

La primera estrella de cine que recuerdo es Lon Chaney.
Lo primero que dibujé fue un esqueleto.
Lo primero que recuerdo haber temido fueron las estrellas en una noche de verano en Illinois.
Las primeras historias que leí fueron cuentos de ciencia ficción en Amazing.
La primera vez que me alejé de casa fue para ir a Nueva York y ver el Mundo del Futuro encerrado en la Periesfera a la sombra del Trilón.
La primera vez que decidí una carrera fue a los once años: sería mago y recorrería el mundo con mis hechizos.
La segunda vez fue a los doce, cuando para Navidad me regalaron una máquina de escribir.
Y decidí hacerme escritor. Y entre la decisión y la realidad hubo ocho años de escuela y colegio, y de vender periódicos en una esquina de Los Ángeles, mientras escribía tres millones de palabras.
La primera vez que me aceptaron fue en la revista Script, de Rob Wagner, y tenía veinte años.
He hecho en papel mundos del futuro muy parecidos a los que vi en la Feria de Nueva York cuando era chico.
Y, muy tarde en el día, he decidido que nunca abandonaría mi primer sueño.
Me guste o no, al fin y al cabo soy una especie de mago, medio hermano de Houdini, conejo, me gustaría pensar, hijo de Piedranegra, nacido bajo la luz de cine de un viejo teatro.
Maduré en una época perfecta, cuando el hombre da el último y mayor paso fuera del mundo que lo alumbró, la cueva que le dio abrigo, la tierra que lo sostuvo y el aire que lo convocó para que nunca pudiera descansar.
En suma, soy un retoño pío de nuestra era de emoción-en-masa, diversión-en-masa y soledad-en-la-multitud.
Es una gran era en la cual vivir, y morir, si hace falta, por ella. Cualquier mago que se precie les diría lo mismo.
RAY BRADBURY (Zen el arte de escribir)