miércoles, 11 de marzo de 2009

VERÁ USTED


He de recordarle las cosas porque al ser mayor que yo, se pierde en las anécdotas.

Aquel día nuestro local tuvo un ambiente especial. Usted se movía entre las mesas como si fuera un duende contando historias al atardecer. Mientras el sol se ponía, me guiñaba el ojo, como nadie más lo hace. A mí todo aquello me hacía una gracia infinita. Hablaba con unos y con otros mientras yo le miraba con ojos nuevos. Estaba tan guapo con ese collar de conchas que se había hecho. Llevaba una camiseta vieja con un agujero en el cuello y el dibujo de un muñeco sonriendo. Encima, un lamparón de salsa alioli, que hacía las veces de bombín del monigote. Se había anudado un pareo de seda a la cintura, y sus pies llevaban unas chanclas gastadas que no desordenaban la belleza de sus pasos. Yo mientras me tomaba un café y le observaba tras la barra, mientras pensaba !Qué lindo está! Para después sonreírme flequillo abajo como la niña mala que soy. De vez en cuando usted se acercaba a mí y me estrechaba la mano juntando nuestros labios dispares. A mi aquello me dibujaba un dulce abismo al que no podía renunciar

La noche pasó como tantas otras. Se bebieron nuestro bar y nos juntaron en el cansancio. Cada vez que se acercaba a mi, me lubricaba el oído con una minuciosa lista de juegos eróticos.

Además era feliz. Lo veía en su mirada, sus párpados, su sonrisa... lo presentía en su olor.

Me gustaba la complicidad que se creaba entre nosotros al recoger. Había que poner orden a nuestro nuevo mundo recién inventado, porque el desorden se había instalado tiempo atrás en nuestras cabezas.

Aquella noche, usted se acercó a la barra y sin más me bajó los tirantes de mi vestido violeta, ese del que se reía, afirmando que cabía en una nuez. La tela cayó al suelo sin jugar a romper las leyes de la gravedad. Cautivos los dos de aquel deseo adolescente, ni yo me sonrojé, ni usted pareció hacerlo. Lo que pasó después sólo lo pudimos disfrutar nosotros.

¿Quién podrá borrar todo aquello?

Esa noche durmió anudado a mis caderas. Y por la mañana cuando se levantó, me dijo:

- He notado que en ti... laten dos corazones.