sábado, 11 de abril de 2009

HISTORIAS DE VUELTAS

Estos días me he acordado de ella. Estaba en la biblioteca de la Casa Encendida y ya me iba cuando una voz aguardentosa y ronca me entretuvo. Era una señora con unos rasgos bellos. Venía también a devolver unos libros. Dijo que eran de su pareja y que los traía ella porque su novio había fallecido la semana pasada. Las chicas del mostrador y yo nos quedamos en silencio. Era muy guapa y olía a alcohol y en sus ojos había una profunda tristeza. Yo la miré, me puse nerviosa y sonreí. Cuando no sé que hacer sonrío, es como una retaguardia estúpida que salta en mí cuando no sé que decir. Sé que a veces eso me hace parecer bastante idiota. Ella también me sonrió pero no me pareció nada tonta. Preguntaba a las bibliotecarias si se acordaban de él- es que venía tanto por aquí. Estuve a punto de decir que sí, que le conocía y de inventarme que me había hablado de ella o yo que sé. Se la veía tan sola... pero había ido a devolver los libros. Sé como se llamaba porque no se me ha olvidado. Luego dijo que ella también quería hacerse socia de las Casa Encendida y pensé que quizá en alguna ocasión cogería los libros que él había leido. Ya me iba y me salió acariciarle el ánimo y le toqué el hombro y dije una de esas frases estúpidas de consuelo. Cuando bajaba las escaleras oí que comenzaba a llorar.