miércoles, 15 de abril de 2009

ROCE, MORDISCO, BESO

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En el colegio jugábamos a rescate y me gustaba Melchor. A su lado me desmayaba de mentira como las actrices. Al contrario que en las películas, siempre mordía el suelo, ante su mirada despectiva que escribía en mi frente: “qué imbécil eres”.
En la culpabilidad de mi estupidez está la penitencia.
El grado más amplio de mi tontería lo alcancé en el verano que trabaje en el teatro Pavón. Solía llevar la coleta bien alta, como el pavo que tenía.
La segunda semana de agosto el técnico de sonido se fue de vacaciones y en su lugar vino un precioso príncipe patillero, con un defecto sin importancia: era un poco bizquito.
Tobías, además de guapo, era simpatiquísimo, y tenía una sensibilidad especial para el mundo de los complementos. Distinguió perfectamente mis tres juegos nuevos de pendientes y apreció con bastante acierto la diferente gama de colores de mis collares. Simplemente era mágico. De repente venía y me decía:
- No puedo estar mucho por aquí, peque... pero al menos intento venir un ratito todas las noches. Hay tantas cosas que hacer por aquí...
Y me miraba de manera bizquita y entonces pensaba que el mundo sólo podía ser estrábico.
- Sabes linda - me decía - eres absolutamente inclasificable. Un día de estos te vas a dar un respiro conmigo.
Y entonces sólo podía soñar con respiros y con él.
Alguien por aquellos días llenaba las paredes con sus pintadas, teníamos un poeta graffitero en el barrio. Había pintado un ELIGE TU DESTINO gigante enfrente de la pared del bar. Todas las tardes bromeábamos con aquella frase mi compañero de barra y yo.
El señor Antonio, no paraba de darme la brasa, que si cuidado con ese chaval, que no tiene buenas referencias, que si le han cogido para trabajar porque no había otro disponible, que si anda con malas compañías. El señor Antonio era un torrijero total.
A mí me daba igual. Existía Tobías, su tatuaje en el brazo derecho y los días que se dividían en si hablaba con él o no.

Una noche, cuando estaba terminando de recoger y me iba a casa, descubrí que habían dejado una notita en mi taquilla. Me empezaron a temblar las rodillas. Me tuve que sentar en el suelo para leer. Abrí la nota, respiré emocionada:
ROCE, MORDISCO O BESO
(Continuará...)