martes, 9 de junio de 2009

OTRO PREMIO MÁS

MECÁNICA CLÁSICA

La librería “Garcilaso e hijos” tenía un rótulo engañoso, uno esperaba encontrar a un librero rodeado de su prole bibliófila y cuando se topaba con una mujer sin descendencia reconocida se sentía sutilmente estafado. Doña Amaya Garcilaso no podía evitar que su apellido pareciese un nombre de pila, al igual que no pudo impedir que su padre estuviese tan convencido de que su descendencia iba a engendrar más Garcilasos, que añadir la coletilla “e hijos” le pareció una obviedad encantadora.
Al margen de este hecho, la librería en cuestión era un sitio de fiar: los libros tenían todas sus hojas y, lo que era más extraño y gratificante, las traducciones de las obras de escritores extranjeros no habían sido llevadas a cabo por carniceros lingüísticos.
Doña Amaya no era en sí misma una mujer misteriosa, principalmente porque era amable y conversadora, y ya se sabe que un librero sin un toque de misantropía, no logra jamás las credenciales de personaje enigmático. La señora Garcilaso, con sesenta y dos años muy bien enfundados en sus vaqueros, hacía gala de una memoria portentosa que le permitía localizar casi de inmediato un ejemplar concreto. A pesar de ello, resultaba mucho más sorprendente su destreza para buscar títulos y autores en la base de datos de su ordenador de sobremesa, era tal la naturalidad con la que tecleaba y manejaba el ratón, que cualquiera habría pensado que, en el año en que nació Doña Amaya, las madres acostumbraban a fotografiar a sus hijos con el teléfono móvil, para enviarle después por internet una copia a la abuela del pueblo.
Mi relación con los propietarios de los pequeños comercios de la zona se caracterizaba por el trato cordial y un par de sonrisas desprendidas. Sin embargo, el día que decidí comprarme de una vez por todas “La montaña mágica” en la librería de doña Amaya, ésta resolvió pasar al nivel de las confidencias al revelarme que títulos como ese habían sido los causantes del periodo más insólito de su existencia. Como respuesta a mi entusiasta gimnasia de cejas se ofreció a contarme la historia completa en caso de que yo no tuviese prisa. Y como lógico es, frente a una proposición de ese cariz, mi obligación de ir a comprar guisantes congelados y papel higiénico al mercado de enfrente se esfumó. Me acomodé frente a un zumo de pomelo (que hasta ese instante desconocía aborrecer) y desplegué mis orejas, al ritmo de “adelante, soy bueno escuchando”.
Mi interlocutora me describió cómo hace algunos años, ante la inminente partida de su viaje anual a los Fiordos, en lugar de cerrar la librería por vacaciones, decidió contratar a un muchacho con vocación de escritor para que se hiciese cargo de la tienda. El mes que estuvo fuera transcurrió con total normalidad en el barrio, exceptuando las quejas debidas al ruido que, algunos vecinos, le transmitieron a su regreso. Al parecer, su ayudante tenía la costumbre de practicar el bricolaje después de cerrar la tienda y, en algunas ocasiones, le habían escuchado aserrar y clavetear hasta bien entrada la noche. Al pedirle explicaciones a su subordinado, el muchacho alegó que sólo estaba haciendo algunas labores de mantenimiento en las estanterías, y que no era consciente de haber importunado tanto al vecindario. Doña Amaya concluyó que era todo un detalle por su parte y que a veces, la gente es tan cascarrabias, que es capaz de echarle la culpa de su insomnio al ruido producido por la digestión de una termita empachada.
Mariano, que este era el nombre del muchacho, después de finalizar su contrato, continuó acercándose por la librería para saludar, consultar cómo iban las ventas y mantener alguna que otra breve charla literaria. Siempre se despedía asegurando que los clientes de la librería Garcilaso experimentarían un giro radical en sus preferencias literarias en un corto espacio de tiempo.
Una mañana, cuando una de su clientas trataba de alcanzar un ejemplar de la última novela de un escritor, en opinón de la señora Amaya, tan solvente como vulgar , un tomo de las obras completas de Kafka se precipitó sobre su cabeza, para después despanzurrarse contra el suelo como si se tratase del cadáver de un ave miope. La mujer, aturdida y avergonzada, insistió en comprar el libro suicida y se marchó con su chichón incipiente.
Este hecho no habría constituido más que una anécdota, de no ser porque aquella misma tarde, una adolescente que curioseaba por la sección de literatura fantástica, fue atacada por “Crónicas Marcianas” en el preciso momento en que sacaba de la estantería un volumen de una saga prefabricada de dragones para tontos. En esta ocasión la víctima reaccionó airadamente y se marchó de la librería dando un portazo, maldiciendo y presionándose la cabeza, todo ello ejecutado al unísono con una pericia soberbia.
Doña Amaya, poco inclinada a creer en embrujos y otras patrañas, elaboró un plan deductivo para comprender qué era lo que estaba sucediendo. Ella misma sacó de su unos cuantos ejemplares de las estanterías sin sufrir perjuicio alguno y, lo que resultaba aun más desconcertante, comprobó que muchos de sus compradores resultaban ilesos tras ojear un número considerable de ejemplares.
Mientras tanto, diversos libros seguían agrediendo a su clientela, así “Viaje al fin de la noche”, encuadernado en tapa dura, arremetió contra un señor con perilla; “La vida instrucciones de uso” embistió a una pasmada mujer con mechas y gimnasio; “Claus y Lucas” se abalanzó sobre un estudiante de medicina que salió disparado al ambulatorio más cercano y, un hombre de complexión regordeta, pero dotado de unos reflejos extraordinarios, esquivó en el último instante un ejemplar homicida de “El ruido y la furia”.
La señora Garcilaso, incapaz de establecer la pauta por la que algunas personas terminaban su visita a la librería con una conmoción y otras no, estaba a punto de sucumbir a la superstición, cuando se percató del peculiar título del libro que pretendía comprar la última víctima de “Velocidad en los jardines”.Se trataba de una novela romántica de calidad literaria más que cuestionable.
Guiada por una corazonada, se dirigió resueltamente hacia el título que se le antojó más deplorable y, por fin, obtuvo su respuesta. Repitió la misma operación una y otra vez con idéntico resultado: al retirar de su lugar un libro infame, otro ejemplar excelente era disparado con fines lesivos.
Después de inspeccionar todas las estanterías de su librería acumuló sobre el mostrador cincuenta y cuatro dispositivos de complicados resortes y poleas, así como una nota de Mariano en la que argumentaba los motivos de su disparatado plan para fomentar la lectura de calidad, y aprovechaba la ocasión para rogarle a la señora Garcilaso que no revelase la naturaleza del mismo, ya que en breve plazo contaba con poder patentar el invento en todas las librerías del mundo.
Doña Amaya, como mujer tolerante que era, decidió que coaccionar a los lectores de ese modo era una intromisión intolerable en el libre albedrío de las personas, y se desprendió de las cincuenta y dos trampas arrojándolas al contenedor de basuras.
Cuando le pregunté qué había ocurrido con los dos dispositivos restantes sonrió complacida por mi observación. Ella era una persona transigente, pero no un ser impasible. Confiaba poder jubilarse sin que los dos últimos ejemplares dispuestos como armas arrojadizas tuviesen que desempeñar su función, y afortunadamente, así parecían indicarlo los últimos seis años.
Elena Yotti recogiendo su premio en Alicante