lunes, 20 de julio de 2009

DE LA TIERRA A LA LUNA

Julio Verne escribió el futuro. Profetizó el helicóptero, las bombas de fragmentación, el cine sonoro o los rascacielos. Hay otros datos que, por su exactitud llegan a estremecer. El ejemplo clave de anticipación lo desarrolla Verne en su obra De la Tierra a la Luna, escrita en 1865. En ella, el francés llama Columbiad al proyectil con humanos dirigido a Selene. Ciento cuatro años después el módulo de la nave Apolo que completara la misión real llevaba el nombre de Columbia, con un peso muy similar al ideado por el escritor. La vigilancia del viaje del proyectil se realiza en la novela desde una imaginario telescopio gigante, con lente de cinco metros de diámetro, situado en las Montañas Rocosas. Dimensiones y ubicación real del gran radiotelescopio de Monte Palomar.
El viaje en la obra de Verne se realiza a una velocidad de 40.000 km/h., consumándose el trayecto en 97 horas. En la realidad el Apolo XI viajó a 38.500 km/h y la singladura requirió 102 horas. Al regreso, la nave real amerizó en un punto concreto del Océano Pacífico, lugar que distaba tan solo cuatro kilómetros del imaginado por Verne un siglo antes.

Verne cuando murió dejó un cofre cerrado, mudo y misterioso. En su interior, Verne había guardado papeles y valores. Sus descendientes lo conservaron intacto, siempre cerrado: "Desde chico, me obsesionó ese cofre verde oscuro, con montantes y una gran cerradura de bronce -cuenta Jean-Jules Verne, el bisnieto. Probé en su cerradura de bronce todas las llaves que encontraba, aunque si alguna lo hubiese abierto, todavía iba a ser necesario encontrar la combinación. Yo soñaba con el cofre, imaginaba que estaba lleno de joyas, de tesoros fabulosos que mi abuelo había recibido de sus héroes durante cada uno de sus extraordinarios viajes. Finalmente, decidí ver qué había allí adentro y un cerrajero logró violar la hasta entonces invulnerable cerradura."
No era oro lo que apareció sino otra clase de tesoro, un manuscrito original nunca publicado. Su nombre: París en el siglo 20, una novela escrita en 1863 cuya acción transcurre en la capital francesa cien años después. Y que, una vez más, muestra la capacidad del autor de Viaje al centro de la Tierra para construir un mundo futuro pleno de aciertos técnicos.

En ese París de 1963 que describe en la novela hay automóviles con motor de gas "son escasos los coches arrastrados por caballos", dice , "trenes subterráneos y también elevados, "telegrafía fotográfica, que permite enviar hacia cualquier parte facsímiles de escritos o dibujos y firmar contratos a cinco mil leguas de distanciar", ascensores eléctricos, cotización bursátil en pantalla de televisión y fotocopiadoras. Es decir, una serie de cosas que ahora son de uso cotidiano. Al contrario de lo que se podría creer, Verne no fue un viajero. Nacido en 1828 en el puerto de Nantes, en la costa occidental de Francia, su espíritu aventurero lo llevó a embarcarse como grumete en una goleta rumbo a las islas del Pacífico cuando tenía once años. Pero su padre se enteró antes de que el barco zarpara y lo obligó a desembarcar. Como consecuencia del castigo paterno, Verne nunca más volvió a intentar un viaje más allá de los límites de Francia: los hizo todos con la imaginación.