viernes, 17 de julio de 2009

DIFERENTES


Tardaron poco en llegar a su casa. Un edificio céntrico, ruinoso y agrietado. Los pasos resonaban en la madera gastada de las escaleras, provocando un eco que hacía más latente el silencio entre ambos. A la vista del albañil, los pasillos se convirtieron en improvisados laberintos oscuros que hicieron crecer su miedo.
Ella abrió la puerta y de nuevo tuvo que empujar al joven que, asustado, se quedó en el rellano de la puerta pasmado sin saber que hacer.
Alma no se distrajo en preámbulos, le llevó a la habitación: un cuarto aséptico, carente de color y con cierto aire de provisionalidad. Enfrente de la cama, ella se desnudó sin mediar palabra. El joven no salía de su asombro.
─ Cierra la boca, que tienes aspecto de gilipollas ─ dijo Alma mientras le quitaba la camiseta.
Una vez estuvieron desnudos, ella le dirigió hacia la cama. Olía a polvo, cemento y sudor limpio. Besarle le pareció ridículo, así que comenzó a acariciarle con curiosidad y sin prisas. Se relajaron. El calor de los cuerpos hizo que los dos se acoplaran de una manera desconocida y expectante. A ella le gustaron sus manos, manos grandes de campesino con una rugosidad y una aspereza que chocaban con la delicadeza con la que le acariciaban.
A veces era la medida de tiempo que más le gustaba a Alma. En ocasiones las cosas sucedían de manera impropia, pero no por ello equívoca. Allí en la cama, con un extraño que acababa de recoger en la calle, sintió cosas que hacía mucho que no había sentido. El placer en estado bruto y sin banalidades de bisutería. Un “Hagámoslo, exactamente sin que yo me lo crea, no me voy a creer nada, porque no te he dado tiempo a decirme nada. No me tienes que llenar la cabeza de palabras, simplemente lléname la boca de saliva, el cuerpo de caricias, el sexo de placer. No tienes que decirme nada, porque los dos jugamos a lo mismo y no nos importa. Estamos en el mismo tablero y no vamos a hacernos trampas.”