jueves, 23 de julio de 2009

VANKA

Vanka Chukov vive en la casa del zapatero Alajin en Moscú para aprender el oficio, no le está permitido asistir a la misa del Gallo y la tristeza le impide conciliar el sueño. Su único consuelo es escribir una carta a su abuelo:

“Abuelito: sé bueno, sácame de aquí, que no puedo soportar esta vida. Te saludo con mucho respeto y te prometo pedirle siempre a Dios por ti. Si no me sacas de aquí me moriré.”

"No tengo papá y mamá; sólo te tengo a ti...”
Muy pocas líneas bastan para despertar un remolino de imágenes y sentimientos. Siempre he admirado la prosa exacta de Chejov, la delicadeza con la que retrata los caracteres humanos. No hay buenos ni malos, tan sólo realidad. No era mucho mayor que Vanka cuando leí este relato y el remite de la carta se clavó como un arpón:

«En la aldea, a mi abuelo.»

Leí más cuentos buscando a Vanka y su reencuentro con el abuelo. No existía, quizá por ello la esperanza de sus letras me envolvía por completo. La historia de Vanka es una metáfora de la vida, tal vez de la literatura, profundamente humana y por ello atemporal. Escribir a veces sólo tiene un fin: liberar las miserias propias. No he encontrado un ejemplo mejor.
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