lunes, 23 de noviembre de 2009

CARTA A UN MUNDO QUE NUNCA LE ESCRIBIÓ

Antonio Muñoz Molina este fin de semana en El País decía que para ser un buen escritor era necesario renunciar a todo y quedarse sólo con la escritura, entonces me acordé de Emily Dickinson.
La poetisa pasó toda su vida en un pueblo, Amherst. A simple vista es bonito, con los típicos prados verdes, casitas pintadas de blanco diseminadas entre encinas, hiedras, magnolias y rosas... Detrás de esa belleza de postal estoy convencida de que había un aburrimiento desolador y espectral, por eso Emily se dedicó a la poesía de manera tan ferviente, no tengo ninguna duda, por eso y porque sólo se enamoró dos veces, de dos tipos, con los que no tuvo muchas posibilidades.Tímida y salvaje, Emily Dickinson (1830-1886) es para la inmensa minoría de los lectores de poesía una de las grandes, quizá la mejor en lengua inglesa. Fue una mujer extraña, cerebral, solitaria, hipersensible, quizá neurótica, que escribió prácticamente en secreto una riquísima obra poética que se conoció tras su muerte. Puritana pero liberal, a causa sobre todo de la poesía. Vivió sin apenas salir de la que fue prácticamente su única morada, la casa ajardinada de su padre, Edward Dickinson, un hombre de economía desahogada, empresario y político, junto a su madre y su hermana menor Lavinia y Susan Gilbert, (su cuñada), primero amiga íntima y de la que más tarde se dijo que pudo ser su amante -pero en éxtasis de pureza, a buen seguro-. Es extraño que Tennessee Williams no hiciera de ella uno de sus personajes, porque bajo cierta óptica lo parece.
Me imagino a Emily, en su pueblo, entre el silencio y la sombra del aburrimiento que se extendían más allá del horizonte, sobre aquellos prados floridos y frescos. Algunas cosas de ella me parecen bastante irritantes: su amor por los pajarillos y las flores, su servilidad hacia los demás, que siempre vistiera de blanco y que saliera tan poco de casa; como mucho iba a visitar a su cuñada y poco más, que luego no se hablaba de otra cosa del pueblo, de Emily y de sus visitas. Y es que tuvo pocos altercados amorosos en su vida, tan sólo dos que se sepan: el juez Lord y el reverendo Wadsworth (un anciano y un cura).
Y sin embargo que gran poeta era. Su casa y ese pueblo que me resulta asqueroso por bucólico y aburrido fueron los únicos lugares que vio durante su vida. Toda su imaginación y su obra está acotada entre Amherst y Amherst, algún pollo asado(no me la imagina haciendo tartas, no sé por qué) y quizá pequeños paseos con dos lirios entre las manos y todo el universo en su cabeza y en sus versos:
A todos los que perdemos algo nos despojan
queda todavía un gajo sutil
que, como luna, alguna noche crepuscular
obedecerá el reclamo de las mareas

Y esa fue su vida, una vida tan igual a la de tantas solteronas que envejecen en los pueblos, o en las grandes ciudades, que para el caso es lo mismo; con las flores, el perro, el correo, la farmacia y al final el cementerio. Solo que ella era un genio en su soledad, su extravagancia y sus maravillosos versos. Escribió más de ochocientos poemas y nunca quiso editarlos, los cosía en cuadernillos con hilo blanco. En sus versos no hay lástima de sí misma, tampoco ecos de nostalgia o de melancolía, de deseo o lágrimas por otra suerte. Tan sólo un pronunciamiento de soledad voluntaria, inexorable y trágica.
Esta es mi carta al mundo
que nunca me escribió