martes, 30 de junio de 2009

MARGUERITE

"Nunca he escrito, creyendo hacerlo, nunca he amado, creyendo amar,nunca he hecho nada salvo esperar delante de una puerta cerrada."
Marguerite Duras
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martes, 23 de junio de 2009

lunes, 22 de junio de 2009

...





Si todo es mentira,


al menos queda la oportunidad


de elegir la mentira más bella.


Sonríe


Es por tu seguridad

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viernes, 19 de junio de 2009

ANNIE HALL


Qué bonito es el final de Annie Hall, de los finales más bonitos:

No obstante, volví a verla. Volví a ver a Annie. Fue en la parte alta del Oeste de Manhattan. Había vuelto a Nueva York. Vivía en el Soho con un chico y, cuando la vi, lo estaba arrastrando a ver el documental "La Pena y la Piedad", así que lo tomé como un triunfo personal.
Annie y yo almorzamos juntos poco después, y hablamos de los viejos tiempos. Después se nos hizo tarde, los dos nos teníamos que marchar, pero fue magnífico volver a ver a Annie. Me di cuenta de lo maravillosa que era y de lo divertido que era tratarla, y recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: "Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina". El doctor contesta: "¿Y por qué no lo interna?" y el tipo le dice: "Lo haría, pero necesito los huevos". Pues eso, más o menos es lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿saben? Son totalmente irracionales y locas, y absurdas, pero ... supongo que continuamos manteniéndolas porque, la mayoría, "necesitamos los huevos".
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ESCRÍBEME




Poema Preguntas de Bertolt Brecht


¡Escríbeme qué llevas puesto! ¿Es cálido?

¡Escríbeme en qué duermes! ¿Es también blando?

¡Escríbeme qué aspecto tienes! ¿Sigue siendo el mismo?

¡Escríbeme qué echas de menos! ¿Mi brazo?

¡Escríbeme cómo te va! ¿Te respetan?

¡Escríbeme qué andan haciendo! ¿Tienes bastante valor?

¡Escríbeme qué haces tú! ¿Sigue siendo bueno?

¡Escríbeme en qué piensas! ¿En mí?

¡La verdad es que sólo tengo preguntas para ti!

¡Y espero con ansiedad la respuesta!

Cuando tú estás cansada, nada puedo llevarte.

Si pasas hambre, no puedo darte de comer.

Así que estoy como fuera del mundo,

perdido, como si te hubiese olvidado.


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miércoles, 17 de junio de 2009

MIS MUJERES PREFERIDAS.ANAÏS NIN

"Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré al mundo. Me adapto a mí misma".

Anaïs Nin nació en Neuilly, Francia, en 1903. Hija del famoso compositor y pianista cubano-español Joaquín Nin y de Rosa Culmell, hija de un diplomático danés establecido en La Habana.



Vivió parte de su infancia y adolescencia entre La Habana, Barcelona y New York. En esta ciudad trabaja como modelo y bailarina de flamenco ". En 1931, se casa con el banquero Hugo Guiler y se marcha a vivir a Louveciennes, un pueblecito cercano a París. Allí escribe su primer libro, un corto ensayo sobre D.H. Lawrence. "En la intensidad poética de su prosa encuentro el aliento de mi pluma", confiesa. Conoce a Antonin Artaud, a Moricand y a Lawrence Durrell, quien luego se haría famoso por su obra "El Cuarteto de Alejandría". Y a Gonzalo More, peruano exiliado en París y revolucionario de izquierda, quien trató de introducirla en la teoría marxista, sin éxito.
"Siempre hubo en mí, al menos, dos mujeres una mujer desesperada y perpleja que siente que se está ahogando y otra que salta, como si fuera un escenario, disimulando sus verdaderas emociones porque ellas son la debilidad, la impotencia, la desesperación y presenta al mundo sólo una sonrisa, ímpetu, curiosidad, entusiasmo, interés".
Con Henry Miller, todavía un escritor desconocido y a quien más adelante ayudaría a publicar su exitoso libro "Trópico de Cáncer", traba una rara e indisoluble amistad. Se desata, entonces, el famoso triángulo amoroso: Anaïs-Henry-June Mansfield, la atormentada esposa de Miller: "He aquí un hombre al que la vida embriaga. Un hombre libre. Como D.H. Lawrence. Un hombre que no teme a nadie ni a nada. Ese hombre se llama Henry Miller." Nin recoge esta esplendorosa época en París llena de amor, poesía y locura y la vierte en "Henry y June".
"Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo. Libre o no libre, casado o soltero, heterosexual u homosexual, son aspectos que varían de cada persona. Hay quienes son más expansivos, capaces de varios amores. No creo que exista una única respuesta para todo el mundo"

Dos temas serían recurrentes en los diarios de Anaïs: La fijación hacia el padre, ese padre dandy y artista de quien la adolescente cree estar enamorada y a quien atribuía haberla abandonado al casarse con una joven mujer y dejar a su madre y hermanos. Y la desatención que recibía en Norteamérica como escritora.
Ningún editor se interesó en la publicación de sus novelas. Ella misma fue la que editó sus libros, para lo cual instala, en un desván de la Macdougal Street, en New York, una rústica imprenta en la que imprimía sus propios textos y los de sus amigos, escritores underground.
Para el mundillo literario norteamericano, Nin no era más que una escritora extraña que escribía en inglés, pero que había publicado sus obras en Francia. Era, hasta cierto punto, irónico que mientras en Estados Unidos era tomada como una escritora "extranjera", en Francia, donde había nacido, sus novelas aparecían como "romans americains." Nunca perdonó a Truman Capote, Tennessee Williams, Gore Vidal y Djuna Barnes, entonces escritores reconocidos en Norteamérica, no haberla tomado en cuenta como creadora.
Así expresaría su malestar en uno de sus diarios: "A mí me pueden encontrar en una fiesta y se me puede ver bailar y reír; pero lo que escribo es muy serio. Sólo cuando muera llegaré a ser visible, y entonces algún editor se inclinará sobre mis manuscritos y hasta quizás pujará por ellos. Pero durante mi vida no hubo ningún escritor ni editor que diera un solo paso para prolongar mi vida o revelar mi obra." En efecto, estas palabras fueron proféticas, pues aunque al aparecer el primer tomo de sus diarios, Anais recibió cierta acogida, sobre todo entre mujeres que veían su yo reflejado en el texto, la escritora alcanzó fama rayana en la histeria después de su muerte, en Los Ángeles, California, en 1977.

"Hay dos modos de llegar a mí, mediante los besos o la imaginación. Pero existe una jerarquía; los besos por sí solos no bastan."
(Anaïs Nin)


martes, 16 de junio de 2009

ILUSIONES DE PAPEL



Clavel nunca tenía disfraz cuando llegaban los carnavales al colegio. Llegada la fecha se ponía mala de mentira para no morirse de vergüenza. No quería ir a la fiesta con la ropa de siempre.

Mamá llegó a buscarles a la hora de comer y sonriendo dijo:
─ Os he comprado unos disfraces para mañana.
Clavel no quiso saber más. Tenía disfraz y aquello le provocaba una felicidad infinita.

Tenía entonces Clavel siete bragas, con los siete días de la semana y los siete enanitos. Las odiaba tanto como no tener disfraz. El hecho de que tuviera asignada una braga para cada día de la semana, le provocaba una espantosa sensación que intentaba modificar, poniéndose cada día una braga diferente al día de la semana que tocaba.

No durmió esa noche, tampoco la siguiente. No podía olvidar la humillación que había vivido con aquel asqueroso disfraz de papel. Duró dos segundos sin romper, dejando al aire sus estúpidas bragas con el enanito gruñón del lunes al descubierto. Al menos era jueves.

martes, 9 de junio de 2009

OTRO PREMIO MÁS

MECÁNICA CLÁSICA

La librería “Garcilaso e hijos” tenía un rótulo engañoso, uno esperaba encontrar a un librero rodeado de su prole bibliófila y cuando se topaba con una mujer sin descendencia reconocida se sentía sutilmente estafado. Doña Amaya Garcilaso no podía evitar que su apellido pareciese un nombre de pila, al igual que no pudo impedir que su padre estuviese tan convencido de que su descendencia iba a engendrar más Garcilasos, que añadir la coletilla “e hijos” le pareció una obviedad encantadora.
Al margen de este hecho, la librería en cuestión era un sitio de fiar: los libros tenían todas sus hojas y, lo que era más extraño y gratificante, las traducciones de las obras de escritores extranjeros no habían sido llevadas a cabo por carniceros lingüísticos.
Doña Amaya no era en sí misma una mujer misteriosa, principalmente porque era amable y conversadora, y ya se sabe que un librero sin un toque de misantropía, no logra jamás las credenciales de personaje enigmático. La señora Garcilaso, con sesenta y dos años muy bien enfundados en sus vaqueros, hacía gala de una memoria portentosa que le permitía localizar casi de inmediato un ejemplar concreto. A pesar de ello, resultaba mucho más sorprendente su destreza para buscar títulos y autores en la base de datos de su ordenador de sobremesa, era tal la naturalidad con la que tecleaba y manejaba el ratón, que cualquiera habría pensado que, en el año en que nació Doña Amaya, las madres acostumbraban a fotografiar a sus hijos con el teléfono móvil, para enviarle después por internet una copia a la abuela del pueblo.
Mi relación con los propietarios de los pequeños comercios de la zona se caracterizaba por el trato cordial y un par de sonrisas desprendidas. Sin embargo, el día que decidí comprarme de una vez por todas “La montaña mágica” en la librería de doña Amaya, ésta resolvió pasar al nivel de las confidencias al revelarme que títulos como ese habían sido los causantes del periodo más insólito de su existencia. Como respuesta a mi entusiasta gimnasia de cejas se ofreció a contarme la historia completa en caso de que yo no tuviese prisa. Y como lógico es, frente a una proposición de ese cariz, mi obligación de ir a comprar guisantes congelados y papel higiénico al mercado de enfrente se esfumó. Me acomodé frente a un zumo de pomelo (que hasta ese instante desconocía aborrecer) y desplegué mis orejas, al ritmo de “adelante, soy bueno escuchando”.
Mi interlocutora me describió cómo hace algunos años, ante la inminente partida de su viaje anual a los Fiordos, en lugar de cerrar la librería por vacaciones, decidió contratar a un muchacho con vocación de escritor para que se hiciese cargo de la tienda. El mes que estuvo fuera transcurrió con total normalidad en el barrio, exceptuando las quejas debidas al ruido que, algunos vecinos, le transmitieron a su regreso. Al parecer, su ayudante tenía la costumbre de practicar el bricolaje después de cerrar la tienda y, en algunas ocasiones, le habían escuchado aserrar y clavetear hasta bien entrada la noche. Al pedirle explicaciones a su subordinado, el muchacho alegó que sólo estaba haciendo algunas labores de mantenimiento en las estanterías, y que no era consciente de haber importunado tanto al vecindario. Doña Amaya concluyó que era todo un detalle por su parte y que a veces, la gente es tan cascarrabias, que es capaz de echarle la culpa de su insomnio al ruido producido por la digestión de una termita empachada.
Mariano, que este era el nombre del muchacho, después de finalizar su contrato, continuó acercándose por la librería para saludar, consultar cómo iban las ventas y mantener alguna que otra breve charla literaria. Siempre se despedía asegurando que los clientes de la librería Garcilaso experimentarían un giro radical en sus preferencias literarias en un corto espacio de tiempo.
Una mañana, cuando una de su clientas trataba de alcanzar un ejemplar de la última novela de un escritor, en opinón de la señora Amaya, tan solvente como vulgar , un tomo de las obras completas de Kafka se precipitó sobre su cabeza, para después despanzurrarse contra el suelo como si se tratase del cadáver de un ave miope. La mujer, aturdida y avergonzada, insistió en comprar el libro suicida y se marchó con su chichón incipiente.
Este hecho no habría constituido más que una anécdota, de no ser porque aquella misma tarde, una adolescente que curioseaba por la sección de literatura fantástica, fue atacada por “Crónicas Marcianas” en el preciso momento en que sacaba de la estantería un volumen de una saga prefabricada de dragones para tontos. En esta ocasión la víctima reaccionó airadamente y se marchó de la librería dando un portazo, maldiciendo y presionándose la cabeza, todo ello ejecutado al unísono con una pericia soberbia.
Doña Amaya, poco inclinada a creer en embrujos y otras patrañas, elaboró un plan deductivo para comprender qué era lo que estaba sucediendo. Ella misma sacó de su unos cuantos ejemplares de las estanterías sin sufrir perjuicio alguno y, lo que resultaba aun más desconcertante, comprobó que muchos de sus compradores resultaban ilesos tras ojear un número considerable de ejemplares.
Mientras tanto, diversos libros seguían agrediendo a su clientela, así “Viaje al fin de la noche”, encuadernado en tapa dura, arremetió contra un señor con perilla; “La vida instrucciones de uso” embistió a una pasmada mujer con mechas y gimnasio; “Claus y Lucas” se abalanzó sobre un estudiante de medicina que salió disparado al ambulatorio más cercano y, un hombre de complexión regordeta, pero dotado de unos reflejos extraordinarios, esquivó en el último instante un ejemplar homicida de “El ruido y la furia”.
La señora Garcilaso, incapaz de establecer la pauta por la que algunas personas terminaban su visita a la librería con una conmoción y otras no, estaba a punto de sucumbir a la superstición, cuando se percató del peculiar título del libro que pretendía comprar la última víctima de “Velocidad en los jardines”.Se trataba de una novela romántica de calidad literaria más que cuestionable.
Guiada por una corazonada, se dirigió resueltamente hacia el título que se le antojó más deplorable y, por fin, obtuvo su respuesta. Repitió la misma operación una y otra vez con idéntico resultado: al retirar de su lugar un libro infame, otro ejemplar excelente era disparado con fines lesivos.
Después de inspeccionar todas las estanterías de su librería acumuló sobre el mostrador cincuenta y cuatro dispositivos de complicados resortes y poleas, así como una nota de Mariano en la que argumentaba los motivos de su disparatado plan para fomentar la lectura de calidad, y aprovechaba la ocasión para rogarle a la señora Garcilaso que no revelase la naturaleza del mismo, ya que en breve plazo contaba con poder patentar el invento en todas las librerías del mundo.
Doña Amaya, como mujer tolerante que era, decidió que coaccionar a los lectores de ese modo era una intromisión intolerable en el libre albedrío de las personas, y se desprendió de las cincuenta y dos trampas arrojándolas al contenedor de basuras.
Cuando le pregunté qué había ocurrido con los dos dispositivos restantes sonrió complacida por mi observación. Ella era una persona transigente, pero no un ser impasible. Confiaba poder jubilarse sin que los dos últimos ejemplares dispuestos como armas arrojadizas tuviesen que desempeñar su función, y afortunadamente, así parecían indicarlo los últimos seis años.
Elena Yotti recogiendo su premio en Alicante





lunes, 8 de junio de 2009

LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA

Acabo de darme cuenta de que además de un ojo tengo otras dos cosas que no están paralizadas: mi imaginación y mi memoria. La imaginación y la memoria son las dos únicas vías para escapar de mi escafandra...

A veces creo oir como me late el corazón, pero me digo que es el aleteo de la mariposa...

sábado, 6 de junio de 2009

POR EL PLACER DE LA LECTURA

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus "clientes" éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y veces también ellas quedaban prendadas.
Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada.En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?¿Acaso dejaron de cobrar por el libro vendido?¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura?¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil.Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.
Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

José Luis Sampedro

jueves, 4 de junio de 2009

CADA TREINTA DE FEBRERO

Ilustración: Carmen Montero

Como un duelo del sheriff del condado,

contra Billy the Kid en Almeria,

como dos anarquistas jubilados,

que vieron el Madrid de los tranvias.

Con pan y toros, sin coros ni danzas,

como le dijo el sádico al masoca

tenemos libertad bajo fianza

sangre en las venas que no desemboca.

Cuando la cerradura entra en la llave

fingimos aprender del que no sabe

y hablamos de perico y de Scorsese.

Como dos nuevos ricos sin dinero

nos vemos cada treinta de febrero

y volvemos a casa haciendo eses.

Joaquín Sabina

Joaquín Sabina obtuvo ayer el XI Premio Julián Besteiro de las Artes y las Letras

miércoles, 3 de junio de 2009

JAZZ SUCIO Y LENTO


La testosterona tiene pocas utilidades, pero al menos simplifica los argumentos. No puede ser tan malo... total, ¿quién no ha sido lobo alguna vez por miedo a terminar esquilado?
Por otra parte, hay que resolver asuntos de pies a cabeza y si tengo que ser sincera, me considero un desastre en esto de la causa-efecto. Así que acepto sugerencias. De cualquier modo la entropía demuestra que sólo perdemos lo que está en equilibrio. No andamos tan desencaminados.