jueves, 4 de febrero de 2010

MI ABUELO

A mi abuelo le gustaba el chocolate de tableta y el de taza, pasear con la cabeza puesta en ningún sitio, dar consejos sin parecer un sabio, quitar complejos sin creerse un médico, querer y cuidar a los suyos sin medida. Disfrutaba el calorcito del sol tímido de invierno, la sombra del roble de la era en verano, el tabaco de liar sin sorpresas y el negro para cuando llegaban las prisas. Hacía negocios con silencios y deshacía enfados con palabras. Le encantaba escuchar sin prisa y mojar pan en la salsa, también la letra inglesa entre ricotines; más las sumas que las restas y multiplicar antes que dividir. Medía la vida entre los frutos del campo mientras descifraba el tiempo que estrenarían las estaciones; le fascinaban todos los animales: conejos, gallos y gallinas, hasta chuchos, churras y merinas. Le gustaba hacer sonreír: " a tí te dibujamos con los dientes grandes para que siempre sonrías"; las mujeres que comen sin remordimientos y los ojos desnudos y sinceros. Era él mismo, aún sin tener ambiciones. Saboreaba la buena compañía de entendimientos tácitos y complicidad sin guiños. Bajaba al valle en moto en primavera, sin casco pero con boina y me enseñó a descubrir las primeras mariposas y a sus novios tristes los grillos. Todos los días de su vida dijo a mi abuela lo guapa que era y en todas nuestras cartas siempre me recordó que intentara no necesitar demasiado. A veces en mañanas de lluvias dispersas me llega su olor curtido tan sólo de verdad.