viernes, 25 de junio de 2010

COCINA JAPONESA

Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la cocina, no importa de quién ni cómo sea, o en cualquier stio donde se haga comida, no sufro. Si es posible, prefier que sea funcional y que esté muy usada. Con los trapos secos y limpios, y los azulejos blancos y brillantes. Incluso las cocinas sucísimas me encantan. Aunque haya restos de verduras esparcidos por el suelo y esté tan sucio que la suela de las zapatillas quede ennegrecida, si la cocina es muy grande, me gusta. Si allí se yergue una nevera enorme, llena de comida como para pasar un invierno, me gusta apoyarme en su puerta plateada. Cuando levanto los ojos de la cocina de gas grasienta y del cuchillo oxidado, en la ventana brillan estrellas solitarias. Sólo estamos la cocina y yo. Pero creo que es mejor que pensar que es este mundo estoy yo sola. Cuando estoy agotada suelo quedarme absorta. Cuando llegue el momento, quiero morir en la cocina. Sola en un lugar frío, o junto a alguien en un lugar cálido, me gustaría ver claramente mi muerte sin sentir miedo. Creo que me gustaría que fuese en la cocina.…” Así comienza Kitchen. Mikage está sola en el mundo. Todas su familia ha ido desapareciendo poco a poco. Mikage deambula por un apartamento vacío y lleno de recuerdos que jamás volverán. En la cocina vieja y limpia; acogedora y cálida, se duerme junto al ruido casi amniótico de la nevera de su abuela.Hay historias simples. Hay libros que si te preguntan, no sabes decir con exactitud de qué tratan. Kitchen (1987) de Banana Yoshimoto, es uno de ellos. Trata sobre la muerte, la soledad, la búsqueda de la tranquilidad, las conexiones, las preguntas sin respuesta, los sueños y las personas que entran y salen de nuestras vidas. Eso y mucho más. Con un estilo, similar a un haiku. Con pocas palabras que dicen muchas cosas. Los personajes de Yoshimoto no hablan mucho pero sienten de manera intensa y se pueden comunicar a traves de los sueños. Son vidas desoladas que se embarcan en silencios en ocasiones desafortunados. Mikage casi no existe, cuando se muere la última persona de su familia. Está completamente sola en el mundo, tan sola que difícilmente puede sentir algo. Mikage se mueve por paisajes oníricos sin llegar nunca a una declaración concreta de lo qué está pasando realmente. La vida es cruel pero también generosa y una mañana recibe la visita de Yuichi, dueño de la floristeria donde su abuela compraba flores todas las semanas. El joven le insiste para que se vaya a vivir con él y su madre, un travesti que tiene un bar en el centro de Tokio. Los procesos son largos y la repetición de un acto puede llevar a un entendimiento mejor. Los orientales dicen que la repetición de un mantra puede llegar a abrir los centros sutiles que cada persona tiene en su cuerpo. Mientras habita en la casa de su familia de mentira, Mikage va encontrando la tranquilidad en la cocina. Allí empieza a cocinar como terapia y se inventa una nueva filosofía que consiste en poner atención en todos y cada uno de los detalles. Repitiendo las operaciones realizadas dentro de la cocina, Mikage busca ordenarse de nuevo ella misma. El espacio es en realidad un correlato para contar cómo lentamente las personas van sanando después de un tsunami personal.
"Podría pensarse que era algo extraordinario pero también podría pensarse que era algo sin importancia. Y que era un milagro y, tambien, que era algo natural.
Sea como sea, guardo en mi corazón una emoción suave que desaparece cuando se expresa con palabras. El futuro es largo. En las noches y mañanas que irán sucediéndose, alguna vez, quizá este momento se convierta en un sueño"
Los protagonistas de Kitchen son absolutamente fascinantes. Eriko, la madre travesti tiene una sabiduría inquietante y lanza frases que uno quisiera escuchar en el peor de los momentos. “El mundo no existe sólo para mí. El porcentaje de cosas amargas que me sucederán no variará. Yo no puedo decidirlo. Por eso comprendí que es mejor ser alegre”. Frases simples pero certeras, que pueden estar al borde del cliché. Pero todos sabemos que los clichés son casi las únicas verdades universales que van quedando en el mundo.
BANANA no se llama realmente Banana. Su verdadero nombre es Mahoko Yoshimoto y es hija de un conocido filósofo japonés y hermana de una dibujante de manga. Comenzó a escribir cuando estaba estudiando literatura en la universidad y un día decidió que se llamaría Banana porque le gustaba mucho la flor de ese fruto.
El segundo cuento de Kitchen, “Moonlight Shadow”, ganó un concurso literario en la Universidad de Japón. Banana tan sólo tenía 21 años. La novela fue escrita cuando trabajaba de camarena en un restaurante, durante los descansos que le daba su jefe. Yoshimoto ha desplazando a escritores como Oe Kenzaburo, dentro del siempre mutante mercado japonés. Su prosa es suave y sosegada. Los personajes de Yoshimoto se mueven como en duermevela con los sentidos adormecidos, con los pasos livianos. Episodios cotidianos son descritos con una ingenuidad encantadora. Hay gente que tiene ese don. Que transforma los actos rutinarios en escenas iluminadas, en epifanías aclaratorias.

Leer una novela de Banana Yoshimoto, imagino, debe ser parecido a entrar a un templo budista, o escuchar la banda sonora de Lost in Traslation caminando por las calles atestadas de Tokio, amortiguando el ruido como si caminaras debajo del agua. Sus personajes evolucionan de manera positiva, pero antes, pasaron por el lado más oscuro y personal, un lugar comatoso donde no se está ni muy vivo ni muy muerto, sólo se está.


Algunos críticos hablan de los libros de Yoshimoto como la perfecta síntesis de los jovenes nipones: provienen de una cultura ancestral pero en los albores del siglo XXI, tienen la profundidad de un tamagochi y la capacidad comunicativa en niveles casi básicos. Hikikomori es la palabra japonesa que se ha usado para describir a jóvenes que rehusan a mantener contacto social por meses o años y se evaden de todo. La presión social al éxito y la incapacidad de respuesta, sumado a factores típicos de la adolescencia, han hecho de los Hikikomori un fenómeno muy generalizado en Japón. Tal vez la única respuesta posible a la sociedad en la que vivimos sea volverse hacia dentro mirando hacia afuera.
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