jueves, 17 de junio de 2010

MIS MUJERES PREFERIDAS. GEORGE SAND:LA PRIMERA DANDY

Los orígenes de George Sand son novelescos. Aurora Dupin (su verdadero nombre) era bisnieta del rey de Polonia y nieta del Mariscal de Saxe, por vía bastarda. Los aristócratas del siglo XVIII solían tener hijos con queridas y cortesanas, esos niños quedaban relegados a una extraña situación; eran ricos y privilegiados de segunda clase. Su abuela paterna, gran lectora de Rousseau y Voltaire, sólo tuvo un hijo Maurice, el padre de Sand. La madre de la escritora era una francesita mantenida de un general, hija de un vendedor de pájaros del Sena, que había sido bailarina y prostituta. Se enamoraron de manera pasional y se casaron cuando Aurora estaba a punto de nacer, con la oposición total de la abuela paterna, una mujer dominante que más tarde amaría a esa nieta como el bien más preciado de su vida.

Su padre murió joven y su madre a causa de la terrible perdida tuvo descompensaciones mentales y decidió dejar a la niña con la abuela cultísima y de armas tomar. La niña recibió una educación privilegiada mientras comenzaba a desarrollar un comportamiento rebelde: usaba pantalones porque era mucho más cómodo, montaba a caballo sin compañía (algo impensable en la época) y estudiaba anatomía; una profanación absoluta en aquellos momentos. “Ni la estúpida coquetería ni el deseo de gustar a todos los hombres dominan mi ser” diría de sí misma. Su espíritu rebelde y libre hizo que la enviaran a un convento de monjas inglesas, donde pasó tres años.
La idea de vestirse como un hombre para andar libremente por París se la sugirió a Sand su propia madre: “Cuando yo era joven a tu padre se le ocurrió que me vistiera como un muchacho. Mi hermana hizo lo mismo, y así íbamos a todos lados a pie, con nuestros maridos, al teatro. Significó una gran economía en nuestros hogares”.“La idea al principio me pareció divertida y después muy inteligente. Como ya había estado vestida de varón en mi infancia y había salido a cazar con blusa y polainas no me resultó nada difícil volver a una vestimenta que no era nueva para mí. En ese entonces la moda ayudaba bastante. Los hombres vestían unas largas chaquetas rectas, que caían hasta los talones.(...) De modo que me hice hacer una chaqueta de grueso paño gris, con el pantalón y el chaleco iguales. Con un sombrero gris y una gruesa corbata de lana parecía un estudiante de primer año. No puedo expresar el placer que me produjeron mis botas, hubiera querido dormir con ellas (...). Con esos pequeños tacos herrados me sentía firme sobre el piso. Recorría París de punta a punta. Me veía capaz de dar la vuelta al mundo. Salía con cualquier tiempo, volvía a cualquier hora, iba a la platea a los teatros. Nadie me miraba ni desconfiaba de mi disfraz. (...) Pese a que en este extraño modo de vida no había nada de lo que yo pudiera avergonzarme, lo adopté teniendo clara conciencia de las consecuencias que podía tener sobre mi reputación y las condiciones de mi vida.(...) Sin embargo, parecía que el destino me empujaba. Lo sentía imbatible y estaba decidida a que así fuese; no un grandioso porvenir, era demasiado independiente en medio de mi fantasía para alimentar cualquier tipo de aspiración, sino tan sólo un destino de libertad espiritual y aislamiento poético, en una sociedad a la que no pedía más que olvido y condescendencia para que me permitiera ganar mi pan cotidiano sin esclavitud.” (Tomado de George Sand: Historia de mi vida, Parsifal, Barcelona,1990).


Al enfermar la abuela todopoderosa, Dupin salió del convento para volver al castillo familiar. La abuela no quería morir sin casarla. Su voluntad se cumplió y Sand se casó con Casimir Dudevant, un tipo bastante asqueroso, mujeriego y violento que disfrutaba ridiculizándola en público. Fue desvirgada de mala manera y sus relaciones sexuales no mejoraron con el paso de los años. En ese período de tiempo tiene dos hijos. Con la tranquilidad que da una herencia familiar, decidió pasar del marido y comenzar una nueva vida buscando el placer que no había encontrado dentro del matrimonio. Una anécdota curiosa es la que protagonizó su esposo antes de morir. Dudevant pidió al gobierno una orden de condecoración por haber tenido el coraje de aguantar públicamente el peso de su mujer. Y otra situación difícil de vivir: la escritora tuvo que sacar del colegio a su hijo adolescente porque todos sus compañeros decían que su madre era una “putaine”.

Al iniciar su carrera como escritora, cuando no era más que una aprendiz, presentó un manuscrito a un editor para que le diera su opinión. Después de leerlo, éste le respondió que una mujer no debería escribir y le aconsejó: “Querida señora, no haga libros, haga niños”. Desde ese día Sand se dedicó a desafiar las costumbres de su época y a demostrar que las mujeres podían tener una vida diferente. Su primera obra Indiana firmada con el que sería su pseudónimo para siempre “George Sand” fue un éxito arrasador.

Además de cuentos y obras de teatro, las novelas se sucedieron una tras otra: Valentina, Lélia, André, El marqués de Villamar, Consuelo, Mauprat, La charca del diablo, La pequeña Fadette, Francisco el Expósito, Ella y Él… Su estilo con el paso del tiempo se volvió más depurado, hasta llegar al período del impecable realismo campesino de Francisco el Expósito, una verdadera obra maestra sobre una joven molinera que cría un niño abandonado y una vez viuda termina casándose con él.


Mujer, muy mujer, disfrazada de hombre. Fue una romántica incurable para la cual los amigos y los amores lo eran todo.

La vida sexual de George Sand fue increíble. Fue una gran experimentadora e imaginadora que primero escribía y después ensayaba y vivía. En su vida sentimental hubo de todo: un matrimonio frustrante, que dio paso a un idilio con un joven escritor de 19 años, Jules Sandeau, que se colaba en su château por la noches para quedar ambos exhaustos y llenos de mordiscos, después de largas sesiones de sexo. Hubo también un amor lesbiano con una cantante de ópera Paulina Viardot-Garcia, que duró un suspiro “el inicio de un do de pecho”, porque Sand confesó que no soportaba durante mucho tiempo la compañía de ninguna mujer (no porque las considerara inferiores sino porque le parecían demasiado nerviosas). Una relación tormentosa con Musset con el que viajó a Venecia para vivir un idilio apasionado que se convirtió en una pesadilla, ya que ella enfermó y cuando se curó, fue él quien cayó enfermo. Entre medias apareció el médico que curó al poeta neurótico y se convirtió en el nuevo amante de Sand. Hubo bochornos, como el fallido intento con el donjuanesco escritor Prosper Mérimée (el autor de Carmen) que se jactaba de sus proezas en la cama, pero que con Sand no tuvo éxito, lo cual fue vox populi. Hubo varias relaciones con hombres más jóvenes en los cuales George Sand desplegaba una gran ternura maternal. Pero la mayoría de las veces, las relaciones que buscó Sand estaban llenas de varios componentes: erotismo, amistad, afecto físico, y grandes conversaciones o escritura epistolar. Si tuvo una lista sustanciosa de amantes de gran prestigio artístico e intelectual, era porque el tipo de relación que establecía aunaba el corazón, el sexo y el cerebro, en una mezcla indivisible. Todos los testimonios coinciden en que era más bien tímida y modesta, pero una vez instalada la chispa del carisma, establecía relaciones humanas profundas, inolvidables.

George Sand no era bonita: tenía unos ojos negros enormes e inolvidables, tal vez saltones, una señora nariz, una boca grande y deforme para el gusto de la época. El hecho de no haber sido una belleza y sin embargo haber sido tan amada y asediada por hombres jóvenes, habla de su inteligencia y del profundo magnetismo que su personalidad irradiaba.





Sin duda, el romance de su vida fue con el compositor y pianista Frédéric Chopin. No fue un amor a primera vista. El día que Liszt los presentó, Federico se escandalizó por la apariencia de aquella mujer masculina: ¿es una mujer? A su vez ella al percibir los modales femeninos de él preguntó: ¿Es una señorita? En el inicio de su relación llevaron una vida muy lúdica: jugaban cada noche al billar, se intercambiaban sus creaciones, se bañaban en el río y realizaban paseos por la campiña francesa. Sin embargo, salvo el primer año, prácticamente no tuvieron relaciones sexuales (el sexo no era el fuerte de Chopin), aunque nadie puede dudar de la intimidad física que mantenían. Quedan múltiples testimonios de cuánto amaba George a su “ángel”, a quien también llamaba Chopinet. Dicen que las mejores piezas de Chopin fueron compuestas durante su relación con Sand.
La admiración que sentían el uno por el otro fue mutua: George era mucho más que la enfermera del joven que esputaba sangre. Coordinaban los horarios: cuando él se iba a dormir, ella se quedaba escribiendo sus novelas hasta altas horas de la noche... Durante todos esos años, la tuberculosis del músico polaco no contagió a su mujer, a pesar de que, sin pruebas fehacientes, mucha gente daba por descontado que la tuberculosis era una enfermedad infecciosa. En efecto, cuando Chopin, Sand y los hijos de ésta pasaron Un invierno en Mallorca (en 1838, viaje relatado en el libro de este nombre), los mallorquíes, debido al mal del músico, los rechazaron como a la peste. El extraño y bohemio grupo tuvo que alquilar para vivir unas celdas en un monasterio abandonado, con algunos ex -monjes locos rodando por allí: la famosa Cartuja de Valldemosa.
Sand vivió y sobrevivió a casi todos sus amantes mientras escribía sin parar: "La belleza exterior no es más que el encanto de un instante. La apariencia del cuerpo no siempre es el reflejo del alma." Murió a los 71 años, en junio de 1876, rodeada de su familia.