martes, 2 de noviembre de 2010

CONCLUSIONES

Desde niña he sentido una fascinación increíble por los pueblos, en todas partes; en la realidad y en los cuadros, en los libros y en las fotos. Cuando viajo en tren, miro y escojo en el trayecto, pueblos en los que quizá podría vivir. Al mismo tiempo, mientras pienso en mi vida perdida en medio de los prados o rocas o en lo alto de las colinas, me invade una sensación penetrante de vértigo y melancolía. He solucionado mis imaginaciones ficticias con los pueblos. He vivido dos semanas en uno y me he embadurnado de una sensación de tristeza de altura. Unido al deseo de vivir en el campo, habitaba en mí con la misma fuerza la sospecha de que si residiera en el campo, me podría consumir de aburrimiento y  soledad. Cierto es que en los pliegues de ese tedio se escondía un encanto secreto: el pensamiento de volver y no abandonar por mucho tiempo la ciudad en la que vivo desde siempre. Ahora, ya en la ciudad, pienso lo  maravilloso que fue tener a mis pies todo el campo, sobre mi cabeza todo el cielo, aunque sepa con seguridad que jamás podré vivir en un pueblo.