lunes, 7 de febrero de 2011

LOS TUMBADOS, UNA ESTIRPE EN EXTINCIÓN.

Onetti, gran tumbado.
El científico y filósofo Blaise Pascal solía advertir que “todos los infortunios de los hombres derivan de no saber quedarse tranquilos en sus casas”. Hay personas, sin embargo, que no sólo han pasado años sin salir de casa, sino que durante todo ese tiempo, y estando aparentemente sanas, ni siquiera han dejado el lecho. Hay quien se refiere a ellos como tumbados, otros los denominan acostados y los franceses inventaron el término encamado para designar a estos sujetos.


Un tumbado, como afirma el escritor Luis Landero, “no es un holgazán, ni un neurótico, ni un simple enfermo imaginario”, sino un hombre que un buen día “opta por suspender su actividad social y se abandona espléndidamente a la inacción”. Aunque el escritor sugiere en su definición una toma de decisión, como veremos, se trata más bien de un imponderable. En algunos casos, este imperativo puede durar toda la vida; en otros, a los dos, seis o veinte años el tumbado abandona la cama y sin previo aviso, como si fuese la cosa más natural del mundo, retoma su actividad anterior, durante tanto tiempo suspendida.


Landero, que en reiteradas ocasiones ha manifestado su interés por aquellos a quienes no duda en calificar de “grandes y verdaderos derrotados”, recuerda que siendo niño y viviendo en Andalucía conoció el caso de un maestro albañil, con seis lustros de experiencia profesional, el cual “una mañana, sin anuncio previo, sin razón aparente, sin el menor síntoma de enfermedad o malestar, y en perfecto uso de sus facultades mentales, había decidido quedarse en la cama indefinidamente”, y de ello hacía ya casi diez años. Nada excepcional había acontecido en su vida, ni había habido “ningún desengaño, tendencia a la depresión o conflicto laboral o doméstico”. Según describe Landero, el suceso no vino anticipado por signo alguno, sino que “la propia víctima fue la primera en quedar atónita e indefensa ante la irrupción de la desgracia”, que rápidamente derivó en “catástrofe familiar”, pues el sustento pasó a depender de lo que conseguía limosnear su mujer por las casas. Animarlo o persuadirlo a la acción resultaba inútil, y nadie lo intentaba, porque “todos sabían que aquella era una tragedia que carecía de nombre, de causa y de remedio, que le puede ocurrir a cualquiera, y que era tan inevitable como el rayo o la lluvia”. Y enfatiza Landero que “a nadie se le pasaba por la cabeza acusar al postrado de molicie o locura, ya que en última instancia se trataba de designios de Dios o del destino y como tales había que recibirlos”. Finalmente, una mezcla de condolencia y resignación era el sentimiento generalizado que se había tejido a su alrededor.


Landero narra otro caso: el de un tumbado que, pese a su estado, sufría de un “apetito montaraz”. El escritor, que lo visitó cuando todavía no había cumplido los cuarenta y ya llevaba tres años encamado, se sintió impresionado por su dignidad y postración, que no parecía propia de un descanso, sino una “última y misteriosa forma de trabajo”. El aspecto que evocaba aquel hombretón, laboriosamente echado, era el de alguien “concentrado en su tarea ciclópea y ofreciendo el formidable espectáculo de una quietud que evocaba la de Job ante un destino fatal e incomprensible”.


En su análisis de los tumbados, Landero habla de un fenómeno de carácter más bien sureño o meridional, cuya observación se correspondería con la España de la década de los años 50 del siglo pasado, y cuya casuística se daría principalmente en “familias humildes”. Y es categórico cuando afirma que “infaliblemente” el tumbado era un varón, por lo general “laborioso y de espíritu manso y ejemplar”; por eso no duda en calificar su identidad como “patriarcal y excéntrica”. Según el escritor, el momento fatídico “sobrevenía por la mañana, a la hora de levantarse” y el indicio precursor no era otro que un “silencio tozudo a los requerimientos de la esposa que lo apremiaba al desayuno”. Tener un tumbado en casa constituía todo un infortunio, aunque no exento de cierto orgullo, pues lo más impresionante de estos dramas era “el respeto y la adhesión con que los acogía la comunidad”. Desde que se producía la fatalidad y era reconocida públicamente, los vecinos acudían a acompañar a la desventurada familia, como a ofrecer “una especie de pésame y a reunirse en torno al tumbado en un acto muy parecido a un velorio sin muerto, o con el muerto vivo”.


Aunque Landero no menciona nada al respecto, puede que entre los tumbados exista un factor hereditario o una pauta de conducta aprendida. Así, según confesión propia, José Manuel Caballero Bonald ha llegado a contar hasta cinco acostados entre sus parientes directos. Aunque en este caso no estemos hablando de una familia humilde, seguro que Landero estará de acuerdo con muchas de las observaciones realizadas por el poeta y escritor gaditano, coincidentes además en el espacio y el tiempo.


En primer lugar, José Manuel Caballero destaca que no se trataba de un asunto “inconfesable”, o sea, una especie de trapo sucio de familia, sino que para la rama de los Bonald este fenómeno “no parecía merecer ninguna atención especial”. De tal manera, nunca hubo ningún “tipo de discordia o de reprobación”, ni “la menor objeción” hacia aquellos que habían optado por aquel estado de postración voluntaria. Durante algún tiempo, en su juventud el poeta llegó a sospechar de alguna “dolencia secreta”, hasta que descubrió que se trataba de un “imperativo hereditario, sin que mediara más enfermedad que la de una especie de atracción endémica por la cama”, a la que el propio escritor llega a calificar de “predilección familiar”.


En cambio, y a diferencia de Landero, no presenta el encamamiento como un patrón de conducta esencialmente masculino, pues Caballero Bonald cita entre sus parientes entregados a la “ocupación de acostado estable” a dos mujeres: tía Carola, que se tumbó al acabar la guerra civil, y cuya decisión “tuvo el mismo significado [...] que si se hubiese recluido en un convento”, y tía Isabela, que sólo se encamaba “por temporadas”. Habría que valorar, en este sentido, la influencia que han podido ejercer determinados factores externos —como las condiciones climáticas adversas— en las personas que han decidido permanecer acostadas por temporadas. Así, por ejemplo, al explicar el comportamiento de su segunda tía encamada, Caballero Bonald nos dice: “Un día de invierno decidió acostarse con la excusa de que hacía mucho frío en la casa. Frío hacía, desde luego, pero ella dedujo que sólo podría combatirlo por el procedimiento de no levantarse. Hay remedios peores”. Otro buen ejemplo lo podríamos tener en José Prat, uno de los principales ideólogos del anarcosindicalismo español de principios del siglo XX y autor de numerosas publicaciones. Según el testimonio de un compañero suyo también anarquista: “Los inviernos lo aterrorizaban, y acabó pasándoselos en la cama, donde continuaba escribiendo”.


La escritora Almudena Grandes también ha mostrado interés por la experiencia de los tumbados. Y si hemos de dar crédito a la confesión realizada por la niña protagonista de uno de sus relatos, por un lado resulta de nuevo cuestionado el carácter supuestamente masculino del fenómeno y por otro cobra fuerza la herencia familiar o la pauta de conducta aprendida como factor determinante: “Mi abuela no se levanta de la cama desde hace veintidós años. La timaron en una cooperativa donde había metido todos sus ahorros y nunca vio el piso, ni le devolvieron un céntimo. Lo de la cama nos viene de familia. Su padre se acostó después de la guerra y no se levantó más. Mi madre lleva acostada once meses, desde que mi padre se largó de casa. Me hizo la faena más grande de mi vida, pero no creas que no le entiendo”.


Aparte de las anécdotas, más o menos divertidas, que descubre Caballero Bonald de sus parientes acostados y de la aproximación que Landero realiza del fenómeno, ninguno de estos dos observadores —tampoco Almudena Grandes— ofrece pormenores acerca de la vida interior de aquellos que han hecho de la cama su lugar en el mundo. Cabe suponer, sin embargo, que ese estado de renuncia social, en busca de aislamiento y soledad, lejos del mundanal ruido y a espaldas del tiempo, resulte propicio para desarrollar una intensa actividad de inmersión mental y espiritual.


En su análisis de la cuestión, el propio Landero desliza la sospecha de que actualmente esta desmedida afición por la cama no reciba mayor consideración que la de una simple “curiosidad psiquiátrica”, susceptible de tratamiento. Y efectivamente, cabe suponer que cualquier clínico diagnosticará en la actitud de un tumbado uno o varios síntomas típicos de la depresión: anhedonia, es decir, acusada disminución del interés o placer en casi todas las actividades, descenso en la actividad psicomotora, alteraciones del sueño... También podríamos ver en ella el precedente inmediato o la versión occidental del hikikomori, un término que en japonés significa inhibición, reclusión, aislamiento... y es con el que se ha bautizado el trastorno que actualmente padecen cerca de 1.200.000 adolescentes nipones, que han decidido encerrarse indefinidamente en su habitación rodeados de ordenadores, videojuegos, aparatos de televisión, equipos de música y otros artilugios tecnológicos y es motivo de preocupación entre padres, psiquiatras y demás expertos. Desde luego, hoy los médicos ven en la cama un gran enemigo de la salud para quienes pasen en ella más de 8 ó 10 horas diarias. No en vano, gracias a los experimentos de la NASA, se sabe que, diseñado para el bipedismo, el cuerpo humano comienza a degradarse a las 48 horas de estar tumbado. A partir de ese momento, la atrofia inicialmente muscular, afectará progresivamente a la estructura ósea y a los órganos internos, incluido el cerebro. Sin embargo, merece la pena que nos olvidemos por un momento del DSM-IV y la sintomatología clínica e intentemos desvelar algunos aspectos más de una naturaleza contraria al discurrir de los tiempos, que no es en el plano patológico donde cobra auténtica dimensión, sino más bien en su condición de figura literaria.


En realidad, la decisión de guardar cama indefinidamente no está circunscrita a la zona meridional del Estado español, y por supuesto ha sido detectada con anterioridad a la década de los 50 del siglo pasado. Así, a principios del siglo XIX el Dr. Descuret dio a conocer el caso de monsieur Boulard, un notario bibliófilo que después de la Revolución Francesa llegó a reunir 600.000 volúmenes y que en un momento dado acordó con su mujer no adquirir más libros y dedicarse en adelante a su lectura y clasificación. Durante varios meses cumplió su palabra, pero cada vez se encontraba más enfermo y triste, hasta que un buen día abandonó la tarea emprendida y se tumbó. Cabe decir, no obstante, que si el Dr. Descuret consideró a Boulard digno de figurar en su Patología de las pasiones (1844) no fue por su condición de tumbado, sino por su bibliomanía.


Por lo demás, no merece la pena insistir en la circunstancia de que esa pasión intensa por el lecho no se da únicamente en entornos familiares humildes. Ni siquiera es exclusiva de personas corrientes y anónimas. Así, es sabido que ha habido encamados célebres, como el compositor italiano Gioacchino Rossini, aunque definitivamente no es en los dominios de la música donde más tumbados encontraremos, sino en el ámbito de la literatura.


Entre los escritores puede que el caso más conocido sea el de Juan Carlos Onetti. De hecho, el gran público conoce a Onetti como aquel escritor que escribía desde la cama. Por lo visto, el escritor uruguayo tomó ejemplo de Valle-Inclán, a quien consideraba su maestro, y se pasó años entre sábanas convertido en pura literatura, reduciendo sus funciones vitales a leer, escribir, fumar tabaco y beber whisky. Incluso su perro se extrañaba cuando se incorporaba y le mordía la pernera del pantalón del pijama para que regresara al lecho. Manuel Vicent llegó a especular que Onetti “tenía tanto respeto por la muerte que la estaba ensayando desde hacía tiempo”, pero ironías aparte, lo cierto es que, como recordó Pere Gimferrer, el recogimiento de Onetti en la cama “no empañó su escritura, sino que la acrisoló, le dio su obras más intensas, algo inusual en alguien de su edad”. Así, tumbado durante años, fue como el genial fabulador uruguayo repensó a sus perezosos personajes, que inventan historias de otros personajes, para poder ver la fugaz felicidad a través de sus sueños.


Pero Onetti no ha sido el único tumbado. También Marcel Proust y Vicente Aleixandre cerraron el ciclo de su creación literaria en el lecho. Y, por su parte, tanto Unamuno como Valle-Inclán solían recibir a sus amigos acostados. Pero tampoco podemos olvidar que ha habido encamados de ficción-literaria, como Don Quijote, quien —al igual que su creador— pergeñó buena parte de sus aventuras en la cama. Aunque seguramente es Edgardo, el personaje del popular drama Eloísa está debajo de un almendro (1940), quien mejor encarna el prototipo. Enrique Jardiel Poncela lo describe como un “caballero de cincuenta y largos, de cara angulosa, gran aspecto y cuidadoso de su persona”, que lleva acostado sin levantarse de la cama, veintiún años. Aunque su creador nos dice que se distrae tirando al blanco y bordando en un gran bastidor rectangular, nos advierte que su actitud es “perfectamente digna, y en todo, en sus ademanes, pausados y armoniosos, así como en su empaque personal, denuncia inteligencia y educación exquisita”. Para su creador, tiene una “distinción innata”, lo cual no impide que, llegado un momento, “la cama le aburra, y necesite viajar”. Entonces Edgardo viaja en tren, naturalmente... sin salir del lecho. Para realizar el viaje —unas veces en el correo y otras en el rápido— de Madrid a San Sebastián, o a Galicia, se vale su ayuda de cámara, quien toca la campana al salir el tren de cada ciudad, canta los nombres de las estaciones y vocea las especialidades de cada localidad del trayecto, mientras proyecta sobre una pantalla —en realidad, la pared blanca de la habitación— vistas de los sitios principales por donde se pasa.


La cama, si nos detenemos a pensar en estos ilustres tumbados, se configura como un compendio de la institución subversiva y, a la vez, de la resistencia pasiva, es decir, como un lugar ideal del hombre que ha dimitido de la ciudad y de la república, pero al mismo tiempo como un recurso a la imaginación... un territorio privado al servicio de una intensa vida interior. Por supuesto, no estamos hablando de una vía de contemplación, ni siquiera de una experiencia espiritual individual liberadora del alma, ni intentando emparentar a los tumbados con toda una tradición mística muy extendida entre el brahmanismo y budismo, por no mencionar algunas herejías cristianas como el quietismo. Ciertamente, algunos de estos encamados célebres, parece que, a mayor precariedad del cuerpo, alcanzaron una mayor plenitud de espíritu, pero su prolongado exilio en horizontal, aún configurándose como un colofón de abandono personal a la inacción, para nada sugiere un acto de autoaniquilación psíquica o mental propia de místicos, sino más bien una actitud de dimisión social y recogimiento. La renuncia al esfuerzo físico en los tumbados, ese sustraerse a la acción y a la dependencia de las cosas externas, su exagerada pasividad, no implica suspensión de la palabra ni ausencia del entendimiento, sino todo lo contrario: es un proceso de inmersión en el que se diluye la disyuntiva entre meditación y contemplación.


Sin duda, encamarse es una forma más de enfrentarse al destino, a esa burla de los dioses que nos ha hecho efímeros, pero que a la vez han sembrado en nosotros la terrible semilla de la inmortalidad. ¿Enfermos? Puede, pero no podemos negar que, como los héroes que habitan en los extensos arrabales del romanticismo, los tumbados parecen haber dotado a la enfermedad de una dimensión aristocrática, descubriendo otra manera de estar en el mundo.

Juan Carlos Usó, en Ulises (Revista de viajes interiores), núm. 8, 2006, pp. 92-97.


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