jueves, 10 de febrero de 2011

UNA VEZ, UN DISPARATE

Para Ana Rubio, por nuestro mes de ilusiones, que no olvido.

La música es capaz de nombrar todos los sentimientos que intentamos esconder, es como el mundo debajo del mundo, las palabras verdaderas bajo las falsas… De cuando estábamos locos todavía conservo su risa cayendo a goterones, un plano detallado del infierno que cambiaba de lugar por culpa de un coche mal aparcado y un cielo que en ocasiones amanecía en comisarías con olor a agua estancada. La carta de despedida de Hugo y aquel frasco vacío de pastillas de colores que se llevó el final de su juventud y la nuestra.

 La última noche juntos subimos a la azotea en la que tantas veces habíamos estado los tres. Era el lugar preferido de aquel piso que compartimos durante dos años. Todos los pájaros mostraban su vuelo para decirnos que todavía estábamos vivos. En aquel fino colchón quedó derramado el deseo y un adiós que ninguno quiso pronunciar. Desde una ventana alguien nos observaba pero sólo nos pesaba la tristeza y daba igual  que descubrieran la piel de nuestros cuerpos desnudos. Jamás volvimos a vivir juntos. Podía haberle pasado a cualquiera de los tres, pero Hugo fue el que murió. Al abandonar la casa, me fijé que en una de las paredes alguien había escrito:

“La suma de todo es nada”. Limpiándome las lágrimas pensé: “No somos nada pero la suma de todo érais vosotros”.



Volvimos a vernos tres meses después. Rubi se había marchado a Londres y regresó a por sus cosas. Se instalaba allí definitivamente.

— No me mires así. Seguiré queriendo oír tus aventuras de loquita disparatada. Me podrás llamar a cobro revertido desde la caracola de la esquina.

Yo también quería contarle cosas interesantes, ficciones o realidades, algo así como esas historias que pasan en las serie de televisión, que son interesantes, precisamente, porque no suelen ocurrir. 

Mi vida había dejado de ser amable y normal, los cables se me habían cruzado y en más de una ocasión saltaron chispas. No me había muerto como Hugo, pero sobrevivía en un lodazal y ya sabía que estaba embarazada. No recuerdo la película que vimos. Sólo podía sentir el calor de su cuerpo en la butaca de al lado. Es tan bonito sentir el calor del cuerpo de quien te gusta. Después, caminamos y reímos. Los dos habíamos hecho cosas que no podíamos contar a nadie. Lo sabíamos. Por eso no parábamos de hablar de cualquier tontería, como si no hubiera ocurrido nada. Fue la última vez que nos cogimos de la mano. No le volví a ver más. Hasta hoy…