lunes, 21 de marzo de 2011

ÁNGELES TURBIOS

La gente, sí, se disfraza; bueno, no lo tengo claro.
Creo que algunos estamos disfrazados todo el año y en realidad en las carnestolendas lo que hacemos es disfrazarnos de normales. Unos, para desembarazarse del pudor; otros, para considerarse libres; los más, para quitarse durante unas horas el lastre que supone el disfraz perpetuo de la vida, aquel con el que a diario te ven los demás. ¿Sabes? Eso de la búsqueda de la felicidad es como dedicar la existencia a encontrar el Santo Grial. Una forma de entretenerse, una religión de medio pelo como aquellas que te garantizan una existencia en “cinemascope” cuando te mueras y logren armar el puzzle de cenizas de la cremación.

Yo sólo encontré la Felicidad una madrugada de Carnaval, bien mamado de Barbadillo, y haciendo equilibrio sobre un cable de cinco por cinco de ancho, o sea, pura calle asfaltada. Se llamaba Felicidad Mejías, era ecuatoriana, y estaba recién llegada a Cádiz con la sonrisa, como único monedero, y la ilusión como solitaria coartada.
─ Si me das cama, te dejo jugar.
Dieciocho años yo, treinta y muchos ella. Me dio la risa tonta, después me abofeteó la vergüenza lista y cuando me vine a dar cuenta la Felicidad se  había ido en busca de lo seguro: un rufián de pelo en pecho y patillas en erección, que le aseguraba cama, juego y hasta paliza.

No he vuelto a ver a Felicidad. Se quedaría en el colchón.