La gente, sí, se disfraza; bueno, no lo tengo claro.
Creo que algunos estamos disfrazados todo el año y en realidad en las carnestolendas lo que hacemos es disfrazarnos de normales. Unos, para desembarazarse del pudor; otros, para considerarse libres; los más, para quitarse durante unas horas el lastre que supone el disfraz perpetuo de la vida, aquel con el que a diario te ven los demás. ¿Sabes? Eso de la búsqueda de la felicidad es como dedicar la existencia a encontrar el Santo Grial. Una forma de entretenerse, una religión de medio pelo como aquellas que te garantizan una existencia en “cinemascope” cuando te mueras y logren armar el puzzle de cenizas de la cremación.
Yo sólo encontré la Felicidad una madrugada de Carnaval, bien mamado de Barbadillo, y haciendo equilibrio sobre un cable de cinco por cinco de ancho, o sea, pura calle asfaltada. Se llamaba Felicidad Mejías, era ecuatoriana, y estaba recién llegada a Cádiz con la sonrisa, como único monedero, y la ilusión como solitaria coartada.
─ Si me das cama, te dejo jugar.
Dieciocho años yo, treinta y muchos ella. Me dio la risa tonta, después me abofeteó la vergüenza lista y cuando me vine a dar cuenta la Felicidad se había ido en busca de lo seguro: un rufián de pelo en pecho y patillas en erección, que le aseguraba cama, juego y hasta paliza.
No he vuelto a ver a Felicidad. Se quedaría en el colchón.

al fin, la felicidad
ResponderEliminardurante, el agobio, el túnel
al principio, lo ingenuo
¿viajamos?
Trilce, muy bueno.
ResponderEliminarBesos.
no solo es muy bueno, sino que también es cierto. Mil disfraces tengo, el que me pongo para ir al trabajo, el que visto para enfrentar mi familia, el que uso acá, el de madre, el de mujer...todos juntos me hacen ser lo que soy, pero necesito un carnaval...URGENTE
ResponderEliminary nuevamente coincido con Blue...Muy bueno!