En las colas del INEM siempre pasan cosas. Clavel conoció allí a Luciano. Tenía pinta de emblema inservible y una maleta de usurpador canalla que todas las noches olvidaba dónde vivía. No le preguntó su edad y decidieron besarse entonces, para no aburrirse en aquella cola interminable.
─ ¿Sabes? Si en cuatro amaneceres vuelvo a casa y llueve, tengo que marcharme. Hay que saber medir los tiempos y algunas señales.
Encontró trabajo como repartidor de páginas amarillas.
─ Es increíblemente maravilloso. No te imaginas la de acertijos que esconden estos mamotretos ─ decía risueño.
Se lo pasaron bien juntos, varios días de todas las maneras posibles. Después desapareció.
Hoy Clavel ha recogido las páginas amarillas que habían dejado en su portal. Ha subido a casa con el corazón saltarín, ha tirado el bolso y se ha descalzado. Ha abierto el libro en busca de una señal de aquel viajero que jamás fue turista.
Ha comenzado a llover.

mmmmmmmmm....el destino!!! lo que tenía que ser...fue.
ResponderEliminarEsa clarividencia, esa sanción, me resulta familiar, lo hago a menudo, pero también creo que cuando uno quiere...puede, entonces se me enfrentan los dilemas o paradigmas, me explico?
Las despedidas nunca me gustaron, jamás pero este relato sí...
ResponderEliminarMira en las filas del paro lo que la gente debría hacer es aprovechar para conocerse, besarse y si se tercia pegar fuego a los impresos. Trilce, llama.
ResponderEliminarNunca llueve a gusto de todos...
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