lunes, 14 de marzo de 2011

TODOS LOS ADIOSES DEBERÍAN NOMBRARSE




En las colas del INEM  siempre pasan cosas. Clavel conoció allí a Luciano. Tenía pinta de emblema inservible y una maleta de usurpador canalla que todas las noches olvidaba dónde vivía. No le preguntó su edad y decidieron besarse entonces, para no aburrirse en aquella cola interminable. 
─ ¿Sabes? Si en cuatro amaneceres vuelvo a casa y llueve, tengo que marcharme. Hay que saber medir los tiempos y algunas señales.
Encontró  trabajo como repartidor de páginas amarillas.
─ Es increíblemente maravilloso. No te imaginas la de acertijos que esconden estos mamotretos ─ decía risueño.
Se lo pasaron bien juntos, varios días de todas las maneras posibles. Después desapareció.
Hoy Clavel ha recogido las páginas amarillas que habían dejado en su portal. Ha subido a casa con el corazón saltarín, ha tirado el bolso y se ha descalzado. Ha abierto el libro en busca de una señal de aquel viajero que jamás fue turista.
Ha comenzado a llover.