martes, 17 de mayo de 2011

MANERAS

Leía una y otra  vez aquellas cartas de Rilke. Hablaban del valor de las imágenes soñadas  y recordadas. Ninguna  vida era pobre, ningún lugar era indiferente  para alguien que había dejado de creer en verdades abstractas y reinventaba su propia soledad como si fuera una noria de feria  donde aislarse del ruido y la deriva. Sólo allí descubría una manera distinta de acercarse a las cosas, aunque ella siempre tuviera miedo a las multitudes y  por eso se mirara en los individuos, para saber quién era.  Nada más, tan sólo miedo a las palabras y la costumbre de llegar tarde a las citas. “No fingir ni hacer cálculos, no esperar recompensa, y vivir una pasión que se parezca al arte”; eso decía Rilke en sus cartas.