jueves, 12 de mayo de 2011

PRESCINDIBLE

Nadie se cree que hayan pasado setenta años de mi vida y nunca haya tenido un bolso. Yo siempre digo lo mismo: no tenía nada que guardar. Ahora, ya tengo uno. La gente que pasa y nos ve, a nuestros años, en una plaza, tomando cualquier cosilla y charlando, piensa que no tenemos nada porque no podemos; algo de razón tienen, las cosas como son, pero tampoco se dan cuenta de que nosotros no necesitamos mucho. Además, los bolsos, me acuerdo de mis pocos años de escuela, son del sector terciario, o algo así. Aunque no entendí muy bien aquello de los sectores, que no los encontré en ningún lugar nunca. Supongo que viene a decir que los bolsos por sí mismos no valen para nada, o sea, que necesitan algo para meter dentro; sino serían del primer sector.

Todo ocurrió el otro día, cuando daba una vuelta con unas amigas. Encontré al lado de la basura un dibujo, con marco y todo. Son dos ancianos que se miran, parece que es invierno y se quieren. Ella lleva un collar, él no. Me gustó, me recordó a un nosotros ya lejano, y me lo llevé. Entonces, como no tenía dónde colgarlo, pensé que al final necesitaría un bolso.

Mis amigas se suelen reír de mí y dicen que lo que he conseguido no es un bolso. Yo sé que no es como el resto, pero yo no soy los demás y no sé a qué sector pertenezco. Así que todo está en orden. Mi bolso es diferente, quizá algo más feucho y menos bueno, pero no entiendo porqué no puede ser un bolso. Es blanco, de un material flexible, con dos asas, sin cremallera y tiene impresas en color las letras de la marca que a mí no me suenan nada mal:“Lidl”.