miércoles, 15 de junio de 2011

VIERNES Y VIENES


En aquel entonces había muchos hombres, pero sólo y siempre un Capitán.

Estaban tan solos como un abedul sin fauna en el tronco. De vez en cuando, algún viernes, hablaban de chimeneas asesinas y discrepaban sobre fantasías. Él decía que duraban para siempre. Ella, sin embargo, sostenía que tenían fecha de caducidad como los yogures.  Las arrugas, siempre, llegaban antes a los sueños que al rostro.


Si alguna vez conversaban por voluntad de la casualidad,  otro viernes, él comenzaba de manera bastante prosaica con un "¿qué tal?" Ella nunca respondía, porque no suele contestarse a preguntas estúpidas. Él pensaba que a veces las chicas eran malas. Ella sonreía, miraba sus pies y asumía que en su cuerpo  no existía premeditación, en su cabeza tampoco.

Jamás hablaron del tiempo, pero en ocasiones ella le preguntó cuál era su comida preferida, al tiempo que hacia reflexiones del  tipo “El mueble de madera de pino es a los noventa lo que la formica a los setenta.” Él, presuroso, afirmaba que le encantaba tener su espacio y estar sólo con su chimenea.

Fue delante de la chimenea dónde él confesó que quizá volviera de nuevo con su exnovia. Ella dijo que era muy feo hablar a una mujer desnuda de otra y cubrió la  decepción con su pelo.

Pasó el otoño y volvieron a encontrarse. Él había estado melancólico en ocasiones, porque no podía imaginarse compartiendo su vida con nadie. Ella, no habló mucho porque hay momentos en los que uno no sabe que decir. Volvió a desnudarse para ver si a él le entraban ganas de volver con su anterior novia. Él dijo que no era el tiempo justo ni el espacio adecuado o que el espacio era muy justo y el tiempo inadecuado.

─ En realidad quizá podría estar contigo. ¿Nos imaginas?
─ ¡Buf! discutiríamos todo el rato.
─ ¿Y por qué íbamos a discutir?

No se les ocurrió nada. Esa fue la única razón por la que acabaron viviendo juntos.