miércoles, 14 de septiembre de 2011

ALGUNAS MUJERES NO SON PIEDRAS

Helmut Newton
Debía ser fantástico  encontrar la voluptuosidad de la ausencia de pensamientos, pero Julieta no sabía hacerlo. Después del agotamiento que produce esperar sin resultado, se fue a tomar una copa para no encontrar el deber de mandarse directamente a la mierda.

Sucedieron algunas cosas en las horas propias de bar y melancolía. Tuvo un ardor brutal dentro de las ideas y le quemó la certeza de saberse cada vez más lejos de sus propósitos. Volvió a recordar a las tortugas. Habían sido testigas de su patético abandono.

 

El buen aspecto que se procuró para la deseada cita fue licuándose durante la noche mientras dulcificaba el dolor de sus tripas con bebedizos de diferentes colores que se escurrían por su garganta. Comenzó a encontrarse mejor. La amargura de niña muerta que llevaba dentro no desaparecería fácilmente, pero supo que al final de la noche la podría aniquilar, al menos por unas horas. Se desprendió del aquel malestar en el cuarto bar en compañía de un hombre que escondía bajo su americana los mismos lamparones de soledad.

Entró en casa con ganas de más noche. Se miró en el espejo y un rayo de sol le devolvió el aspecto del tipo de mujer que nunca sería propuesta como candidata a madre de ningún hijo. Tenía los pies doloridos y la garganta seca por culpa de algunas  palabras pisoteadas. Había perdido un pendiente,  pero a cambio, tenía un idiota.

El hogar impoluto vomitó las ilusiones que nunca se cumplirían. Decidió inventar algo. Creó el momento del soborno eficaz, al lado del  que la miraba pero  jamás lograría verla. Una copa más y algunos besos nuevos. Sonrío mientras preguntaba que quería beber. Tenían que celebrar que el nuevo amanecer, de momento, no era ingrato ni solitario.

─ ¿Te encuentras bien, preciosa?─ comentó el desconocido mientras la tumbaba en la cama y comenzaba a bajarle las bragas.

No hizo desaparecer la triste mueca de Julieta.

─ ¿Sabes? Para tu edad estás estupenda.

Borrachines ingenuos pensó. No encontró la paz dentro de la última botella ni fuera de la segunda o quinta caricia muerta. Acababa de aterrizar en una mañana de resaca y arrepentimiento, de remordimiento y culpa.