miércoles, 14 de marzo de 2012

MIS MUJERES PREFERIDAS: MAEVE BRENNAN


Audrey Hepburn interpretó en Desayuno con diamantes uno de los más fascinantes personajes femeninos de la historia del cine. Muchas son las voces que afirman que  la adorable, frívola y hedonista Holly existió. Su verdadero nombre era Maeve Brennan y compartió fiesta y martini en más de una ocasión con el autor: Truman Capote.

Maeve fue, como todas mis mujeres preferidas, un espíritu rebelde y descreído. Tuvo una rígida educación católica que olvidó al comenzar a vivir en la ciudad de todos los fracasos  y los más brillantes sueños: Nueva York. Ella fue sin duda la musa y el espíritu dorado de aquella época  en Manhattan.

Inició su carrera periodística como comentarista de moda en la revista Harper´s Bazaar. Los años cuarenta y cincuenta fueron años excepcionales para el periodismo neoyorkino, que concentró en las revistas y suplementos de cultura a los mejores escritores, poetas y guionistas de la época. Brennan fue crítica literaria y redactora en The New Yorker, al mismo tiempo que W.H. Auden.

Con el seudónimo The Longwinded Lady (parodiaba con su epíteto  la idea misógena de que las mujeres "hablan demasiado") escribió unas maravillosas crónicas que son fiel reflejo de aquellos días. La escritora definió Nueva York de una manera airosa y sintética: "la más temeraria, ambiciosa, confusa, cómica, triste, fría y humana de todas las ciudades". En cierto modo, también  se podría definir de igual forma su manera de escribir. Brennan afirmaba que Nueva York es una ciudad peligrosamente inclinada, con sus habitantes aferrados a ella para no caerse y aún con humor para reírse de su situación.


Además de sus crónicas de ciudad; Maeve fue una escritora seria, rigurosa y perfeccionista, prolífica en relatos con gran dosis de humor y una gran variedad de matices, donde predominan la tristeza y la precisión amarga de los detalles. También publicó una breve novela De visita.  Si se tuviera que definir su obra con una frase me quedo con esta: Home is a place in the mind  (El hogar es un lugar de la mente.)

Maeve era deliciosa por otras muchas razones: su estilo elegante y peculiar, su tendencia a soñar y a concederse despreocupados lujos, su extravagancia, su belleza, su refinada excentricidad, su poética autoironía... Tuvo luz propia en la sociedad neoyorquina por su inteligencia y su ingenio, pero también por su abrumadora personalidad y elegancia. Esbelta y de pequeña estatura, le gustaba vestirse de negro y llevaba grandes gafas oscuras.  Su estilo sofisticado fue lo primero que abandonó cuando estallaron sus conflictos internos.

A las mujeres inteligente, bellas y soñadoras; la vida les cambia cuando se enamoran profundamente. Entonces dejan de ser princesas y se descubren brujas en una vida conyugal que jamás podrá ser domesticada por espíritus tan libres y ambiciosos de emociones. Maeve se enamoró y se casó con un redactor del New Yorker del que se decía que "bebía demasiado, era maníaco depresivo y sufría lo que él llamaba 'apagones' durante los cuales no siempre sabía quién era y su conducta podía llegar a ser muy errática. Se gastaba todo el diero que tenía pero nunca pagaba facturas porque era una ordinariez. Había tenido más esposas, todas guapas y encantadoras, pero ninguna le duró mucho porque enseguida se cansaba".

 El matrimonio, obviamente, duró poco y Maeve jamás volvió a ser la misma. Después de aquella triste historia comenzó a sufrir depresiones con brotes psicóticos. Empezó a frecuentar la vida vagabunda. Su aspecto que era elegante e impecable, se volvió desaliñado. En el inicio de su decadencia se alojó en hoteles baratos, pero en poco tiempo  hizo de la calle su lugar de residencia, con la obsesiva costumbre de acabar refugiada siempre en  lavabos de señoras. Durante la última década de su vida, Maeve Brennan se movió dentro y fuera de la realidad de una forma que resultaba desgarradora. En uno de los lavabos que habitaba escribió: "Cierto grado de autoestima es necesario incluso en los locos"


A Maeve la adoraban sus amigos, pero ninguno la pudo salvar de sí misma. Hay una frase de Brennan que alude a su conflicto vital. Dice así: "Lo único que tendremos que encarar en el futuro es lo que ocurrió en el pasado. Es insoportable"