miércoles, 9 de mayo de 2012

MI VIDA CON ELVIS (II) FÉLIX J. VELANDO

Pero esa mañana salimos a la calle y continuamos sin dejar de hablar, sin que asomase entre los bordes de la conversación ese momento denso del “ahora que hacemos”. No había otro deseo más importante que el de seguir juntos. Anduvimos por callejuelas desconocidas sin preocuparnos del rumbo hasta que la Caleta, con toda su luz, nos recibió. Un gran carguero se balanceaba en el horizonte, como si decidiera el momento de partir y no terminara de encontrarlo.
Durante la noche habíamos jugado a adivinar gustos tontos. Nuestras golosinas favoritas de la infancia, las canciones más odiadas, la frase más tópica que nos decían nuestros padres. A mí: “¿Tú te crees que estas son horas de volver?” A él: “¿Vas a salir a la calle con esa pinta?”
Como si la llegada del día trajera asuntos más serios, como si ya no fuéramos solo presente sino algo más, hablamos un poco de estudios, de planes: él terminaba ingeniería e iba a hacer un máster. Yo estaba matriculada en unas cuantas asignaturas sueltas de quinto de psicología y no sabía qué hacer después. Aunque yo llevaba casi seis años en Madrid y él toda la vida, aunque habíamos compartido rincones y bares, hasta conciertos, nunca nos habíamos encontrado Y mientras él me hablaba, su rostro feliz pese a las horas sin sueño, sentí vértigo al pensar que solo algo tan frágil como el azar nos había unido aquella noche en la puerta de un bar de Cádiz y que esa mañana junto a él existía casi de milagro. Algo vio en mi rostro porque me preguntó:
─ ¿Te pasa algo?
Y yo se lo dije, le dije que me daba pena pensar que podríamos no habernos encontrado.
─ Pero lo hemos hecho─ contestó.
Y me besó. Todo era tan estupendamente bonito. Por la playa dos chicos vestidos de muñecos Michelin se perseguían y caían a la arena entre risas y después se levantaban con torpeza y continuaban la carrera. Pasaron a nuestro lado y nuestras sonrisas se reflejaron en las suyas. Compartíamos la dicha. Paseamos por un malecón hasta un castillo. Elvis y la Mariposa, la espuma contra las rocas, nuestras largas sombras que se estiraban sobre la arena como esculturas de Modigliani. Allí un tipo de unos cuarenta años fumaba en soledad mientras miraba ensimismado el horizonte. Nos dio apuro mostrar ante él nuestra felicidad y nos alejamos.
Pronto el mundo exterior comenzó a colarse por los móviles: mis amigas preocupadas por saber donde paraba, sus amigos recordándole que en tres horas regresaban en coche a Madrid. Ambos nos mostramos parcos con el teléfono, como si no quisiéramos o pudiéramos compartir con los demás lo que vivíamos. Regresamos al centro de Cádiz cogidos de la mano y de los labios. Entramos a desayunar en un bar en el que se mezclaban ancianos madrugadores con las máscaras más trasnochadoras. Todos se miraban con curiosidad, como si los otros vinieran de mundos lejanos. Mientras esperábamos las tostadas nos acercamos a una gramola arrinconada al fondo del bar. No la habían actualizado desde los noventa pero parecía funcionar. A él se le iluminó la cara.
─ ¡Ésta, ésta! ─dijo emocionado y seleccionó una canción─. No mires, no, mejor cierra los ojos.
Comenzó a sonar la canción: “Amor, la noche ha sido larga y llena de ilusión, pero amanece y me apetece estar juntos los dos. Bares que lugares…”Todo encajaba." Continuará...