miércoles, 16 de mayo de 2012

MI VIDA CON ELVIS (III) FÉLIX J. VELANDO


La despedida no fue triste. Teníamos los móviles, en unos días nos veríamos en Madrid y cuando me dejó en la pensión subí sintiéndome como una niña que sabe que tras la puerta le espera un gran regalo. La próxima semana, una vulgar semana de febrero, sería mi regalo porque nos veríamos. Mis amigas me recibieron entres coñas y sonrisas. Querían detalle. Y no, no nos habíamos acostado. ¿Entonces? Paseamos, desayunamos… ¿Y esa sonrisilla? Huí hacia el baño mientras gritaban para retenerme. No iba a reconocer que estaba enamorada de un chico al que hacía ocho horas ni conocía. Pasan tantos días sin huella, tantos meses y ahora, en sólo ocho horas, yo creía que mi vida había cambiado.
Tenía su número de móvil y aguanté media hora antes de enviarle el primer mensaje. Me respondió al momento. Sí, el universo estaba en orden, no había apuntado mal su teléfono, no se abría el abismo. Me propuse no ser pesada y no escribirle ningún mensaje más hasta la noche pero cuando solo llevaba una hora en el tren le escribí otro. Pasó media hora y no llegaba su respuesta. Comencé a inquietarme. Media hora después llegó un mensaje. Procuré no parecer ansiosa por leerlo y saqué el móvil de su funda con toda la parsimonia del mundo. Mi amiga marta me miró como riéndose de mi interpretación. Nos conocemos bien. Desbloqueé el maldito móvil con urgencia. Y odié, odié intensamente al responsable de la compañía  de móviles que había decidido informarme esa precisa tarde de que me regalaban treinta mensajes multimedia.
Me aferré a la idea de que iría durmiendo en el coche, cansado como yo lo estaba tras una noche en vela. Y me quedé dormida. Al llegar a la estación de Atocha, mi móvil seguía callado. Ya en casa lo desconecté, como un castigo hacia él si decidía llamarme esa noche. Pero como tantas veces en estos asuntos era a mí misma a quien castigaba.