viernes, 18 de mayo de 2012

MI VIDA CON ELVIS (V) FÉLIX J. VELANDO



Al día siguiente le llamé tres veces. Nada. Me prometí no llamarle nunca más. Pasé unos cuantos días pensando a todas horas en él, imaginando venganzas a su desprecio. Yo sería, por ejemplo, una psicóloga triunfante, cada día más bella, que escribiría un libro de éxito y él me vería un día firmando en la feria del Retiro y se acercaría para saludar y allí estaría mi novio, un famoso y guapísimo actor y yo ni me acordaría de su nombre... Cosas así de maduras.

Dejé de ir a clase durante dos semanas, dejé pasar exámenes y me dediqué a deambular por Madrid, a meterme en cines donde siempre lo echaba de menos en la butaca de al lado y descubrí que en las cafeterías siempre había parejas que parecían quererse mucho. Mis amigos me daban los consejos que se dan en estos casos: "el tiempo lo cura todo", "hay más tíos que días", "si apenas lo conocías, seguro que era un gilipollas". Los mismos consejos que yo había dado en otras ocasiones y que ahora me parecían tan estúpidos. Y los días pasaron y dos semanas después me di cuenta con cierto asombro de que cada vez dedicaba menos horas a pensar en él y cuando lo hacía intentaba convencerme de que sí, solo era un gilipollas con labia que me había liado en una noche de borrachera.



Comencé a hacerle más caso al compañero de clase que siempre me proponía cines que yo esquivaba, al monitor de aerobic que me tiraba los trastos, esos tipos que no te hacen temblar pero pueden darte un rato agradable. ¿Para que más? Vivir en un mundo donde no quieras demasiado para que no te hagan demasiado daño. Una noche quedé a cenar con el monitor de aerobic. Follamos. Él aún dormía cuando me fui de su cama. Otro amaneces, éste en Madrid, sola. Una chica, pese al frío se había quitado los zapatos de tacón y caminaba descalza por la calle apoyada en su chico. Recordé que nosotros también nos habíamos descalzado  en la arena, que habíamos jugado a que no nos mojara el océano que nos terminó mojando. Entré en un bar donde se mezclaban taxistas que trabajaban de noche y los últimos fiesteros y pedí un café con leche. Saqué mi móvil. Allí estaba su número, que había conseguido no memorizar. Nueve números que una mañana salieron de sus labios, que tan poco había besado. Él estaba a un clic de distancia pero también mucho más lejos. Lo borré entre lágrimas. El camarero no me dijo nada pero me dio un pañuelo de papel y no quiso cobrarme