miércoles, 23 de mayo de 2012

MI VIDA CON ELVIS (VIII) FÉLIX J. VELANDO


― Bueno, disfrazado no, llámalo un estilo. ¿Te importa mucho eso?
― No… yo… no sé… me extraña. En… ¿en Cádiz no ibas disfrazado?
― No. Siempre visto así. No me gustan los disfraces.

Y continuó hablando. Aunque los tenía frente a mí intenté olvidar su tupé brillante, sus gafas de sol con brillantina, esa chaqueta con flecos ajustada, las inmensas campanas de sus pantalones, y quise centrarme en su rostro, en sus ojos, tan brillantes como oscuros, en su sonrisa. Lo conseguía por segundos, aunque de pronto me veía en la mirada de los que nos observaban y solo encontraba a una tía avergonzada que hablaba con un loco vestido de Elvis. Pero no decía ninguna locura, era el mismo tipo divertido, algo socarrón y descreído que había conocido hacia casi un mes en Cádiz. El mismo tipo con el mismo tupé y la misma ropa desfasada. Cambiamos de bar. Por la calle, claro, seguían mirándolo y yo intenté actuar como si no me importara su disfraz, como si estuviera hablando con alguien vestido en Zara. Pero me importaba. Me despedí después de cenar con dos besos y una excusa improvisada. Estaba muy desconcertada para pensar en acostarme con él aunque, por otro lado, era la manera más rápida que se me ocurría de quitarle ese disfraz absurdo. Después de cuatro semanas intentando olvidarlo aparecía y lo hacía de esa forma. Me sentí estafada por el destino.

Llamó al día siguiente y no le cogí el teléfono. A él, cuya llamada había esperado tanto. Ese pensamiento me trajo otra oleada de tristeza. Tenía la sartén por el mango y no me sentía mejor por ello. Decidí llamarlo para quedar y contarle que no podía seguir viendo a alguien que iba disfrazado por la vida.