miércoles, 18 de julio de 2012

TODOS LOS LAVAVAJILLAS LLENOS

 


Todo pasó porque yo quería ser musa.

Y baja la ternura y me pregunta por tus caricias.

Todo pasó porque yo quería ser musa.

Una vez me dijiste en la estrellez de un pasillo

que tenía las piernas lacerantes.

Todo pasó porque yo quería ser musa.

Acabé contigo en la cama, con las piernas entrelazadas,

a veces también abiertas.

Todo pasó porque yo quería ser musa.

No busqué en el diccionario que significaba lacerantes.

No ser musa escuece.

***




Es raro como nos conocimos ¿verdad? Que quisiera ser musa de un poeta que no me hizo ningún caso. Que, yo misma, escribiera los versos que nunca me dedicó. Que me regalara el silencio y tu libro. Que cuando estaba a punto de abrirme la web“elpoetadeloscojonespasademí.com” descubriera que tus poemas me gustaban más que los suyos. Que te metieras en mis sentimientos, en mi cabeza y en mis anhelos tontunos. Que el destino decidiera presentarnos, eliminar diez años y todas las distancias. Aventureros, nos prometimos un café ficticio con tintes épicos.

***

Llegó el presente y  regaló un día. Viniste a mi ciudad, que no era la tuya y no tomamos café pero bebimos vino. Mientras te miraba, recordé aquel artículo sobre conversaciones donde afirmaban que el 7% de la información llega a través de las palabras, el 38% a través del lenguaje paralingüístico (tono y ritmo) y el 55% restante se trasmite con ademanes y gestos faciales. Intenté calcular porcentajes pero me estrellé con un 100% de admiración. Fingí indiferencia, miré mis pies y pensé que sentiría si me hubieses comido a besos. El conflicto llegó cuando después de cenar me preguntaste si nos veríamos al día siguiente y muy digna miré al frente y dije que no. Mi voz se quedó sin tono y tu mirada no buscó ningún porcentaje en mi rostro mientras apartaste con desdén el humo que desprendía mi cigarro. En aquel presente cercano a ti, me dio por pensar que no cabía nadie más en mi corazón, pero cuando ya te habías ido, fui a comer a casa de mis padres y después y cuando recogíamos, descubrí que siempre cabe un plato más en todos los lavavajillas llenos.


¿Sabes? A veces me da por aparentar, pero lo hago sin querer. Como aquella vez que me puse muy guapa para ir a una fiesta. Llevaba un vestido rojo muy corto y unos zapatos altísimos de tacón muy negros. Llegaba tarde, como siempre llegaba muy tarde. Comencé a correr y en dos segundos estaba en el suelo. Me pegué una leche que todavía duele. Entonces un hombre guapísimo vino a ayudarme. A pesar de lo mal que me sentía y de lo que me dolía el tobillo, sonreí mientras le miraba y le decía que no se preocupara, que estaba bien, que no me había hecho daño. Me comí todo el dolor como cuando me tragaba los chicles de niña, mirando alrededor para que no lo notara nadie, mientras pensaba que a lo mejor se quedaba pegado a las tripas. Me pregunté porque a veces me empeño en aparentar lo que no siento. Digo no cuando quiero decir si y se quedan mis ganas pegadas a las tripas.

Aparentar es un rollo. Y ya te has ido y nuestro café ha sido muy corto, tanto, que se nos ha olvidado saborear los posos épicos. Y desde que no estás  taladro el ordenador en  busca de correos que no entienden de porcentajes. Me he cosido el móvil al pecho por si vibra con tu voz y se me están rompiendo los ojos y los oídos de tanto buscar una señal en la que me digas que quieres volver a cruzar océanos para quedar con una imbécil  como yo.