miércoles, 3 de octubre de 2012

ÉRASE UNA VEZ


A Julieta le sucedió en la estación de Atocha, en un lugar desconocido: la sección de plantones mundiales; justo entre el lateral derecho y el izquierdo, es decir, en el centro. Es buena la visualización exacta de las humillaciones.

 Los momentos decisivos no suelen presentarse con nitidez, además, hay situaciones que parecen determinantes pero no lo son. La mayoría de las personas tan sólo tienen una historia que contar, otras ni tan siquiera eso. Sólo un instante puede tener la fuerza necesaria  para articular un nuevo eje conductor en la vida de una persona.

 En aquella situación, cuatro horas después de la cita acordada, Julieta prendió un abandono al dobladillo del vestido y una hoguera en las pupilas del rencor. En aquel preciso instante sus ojos se radicalizaron y adquirieron un tono verde radiactivo, provocado por la causa-efecto de ver convertidas todas sus ilusiones en una nada pestilente. Había sido feliz imaginándole como una posibilidad.   Sabía que todo aquello no le provocaría fama mundial, ni  infinitos simpatizantes, ni muchas perspectivas  para desafiar el infortunio de las tempestades.

Julieta no supo definir ni poner en orden la emoción que en aquel momento le embargó, cuál fue el detalle minúsculo que le hizo saber con certeza, que a partir de ese instante,  todo sería diferente.  Intentó profundizar en la elevación del pensamiento para que las viejas y lentas tortugas del estanque que la observaban fijamente, no descubrieran sus ganas de llorar. Aquellos bichos parecían desdichados, no obstante, todavía tenían fuerza para agitarse en la superficie de  aquel estanque grisáceo en lugar de estar quietas y moribundas.

Sintió que jamás había dejado de ser una aprendiza de la vida, y mientras las miraba atentamente,  intentó encontrar alguna  revelación o una verdad definitiva sobre el sentido de la esperanza.