Hace una
semana la noticia salió en los periódicos. Tu accidente, cuando viajabas camino
al sur, demasiada velocidad. Eres demasiado atolondrada y no se
pudo hacer nada. Y yo dándole vueltas a mi escasa salud y tú que ya no estás.
Muerta. Has muerto, ¿qué hago? Aquí solo frente al deseo y al amor. Una verdad
tan atroz como sencilla. Y no podrás volver a contarme el porqué de tus
maletas y tus prisas. Y nunca me explicarás esa rareza tan tuya de borrar las
huellas del amor en las sábanas desordenadas. Y tu voz no volverá a criticarme,
y no volveré a fingir que me desconciertas con esa extraña virtud que no tienes
y consideras tener de adivinármelo todo.
Y aquí
estoy esperando de nuevo el amanecer y escribiendo cartas de amor estúpidas que
nunca te enviaré, porque el psiquiatra me ha dicho que me hacen bien, que
nuestro amor me protegerá, que puedes hacer que vuelva a la vida. Y otra noche
más te doy las gracias por toda la felicidad que me diste aunque sé que ya no volveré a verte, maravillosa alegría a reacción, verdadera compañía de mi
vida.
Y aquí me
dejas, como todas las madrugadas sintiéndome encendido cómplice de tu inédita
despedida.

La muerte terrible, la muerte ridícula...
ResponderEliminarojalá muera yo primero
ResponderEliminar