jueves, 26 de enero de 2012

INVITACIONES SUPERFLUAS

 Quisiera que vinieras a mi casa una noche de invierno y que, abrazados tras los cristales, mirando la soledad de las calles oscuras y heladas, recordásemos los inviernos de los cuentos, donde vivimos juntos sin saberlo. Tú y yo recorrimos con pasos tímidos los mismos senderos encantados, juntos caminamos a través de los bosques llenos de lobos, y los mismos genios nos espiaban desde los matojos de musgo suspendidos en las torres, entre el revoloteo de los cuervos. Juntos, sin saberlo, desde allí miramos acaso hacia la vida misteriosa que nos esperaba. Allí palpitaron en nosotros por primera vez alocados y tiernos deseos. “¿Te acuerdas?”, nos diríamos el uno al otro, estrechándonos suavemente en la cálida estancia, y tú me sonreirías confiada mientras fuera sonarían tétricamente las chapas de metal sacudidas por el viento.

Pero tú -ahora me acuerdo- no conoces los cuentos antiguos de los reyes sin nombre, de los ogros y los jardines embrujados. Nunca pasaste, arrobada, bajo los árboles mágicos que hablan con voz humana, ni llamaste a la puerta del castillo desierto, ni caminaste de noche hacia la luz lejana, ni te quedaste dormida bajo las estrellas de Oriente, acunada por el balanceo de una barca sagrada. En esa noche de invierno, probablemente permaneceríamos mudos tras los cristales, yo perdiéndome en los cuentos de otras épocas, tú en otros cuidados para mí desconocidos. Yo te preguntaría “¿Te acuerdas?”, pero tú no te acordarías.

Quisiera pasear contigo un día de primavera, bajo un cielo de color gris, con algunas hojas muertas del año anterior arrastradas por el viento, por las calles de un barrio de las afueras; y que fuera domingo. En esos suburbios surgen a menudo pensamientos melancólicos y grandes, y a determinadas horas vaga la poesía, uniendo los corazones de los que se aman. Nacen además esperanzas imposibles de expresar, propiciadas por los ilimitados horizontes que hay más allá de las casas, por los trenes que huyen, por las nubes del septentrión. Nos cogeríamos simplemente de la mano y caminaríamos a paso ligero, hablando de cosas insensatas, estúpidas y tiernas. Hasta que se encendieran las farolas y de las miserables casas de la vecindad rezumaran las historias siniestras de las ciudades, las aventuras, los anhelados romances. Y entonces permaneceríamos en silencio, siempre cogidos de la mano, porque nuestras almas se comunicarían sin necesidad de palabras.

Pero tú -ahora me acuerdo- nunca me dijiste cosas insensatas, estúpidas y tiernas. Ni puedes por lo tanto amar esos domingos de los que hablo, ni tu alma sabría hablar a la mía en silencio, ni reconocerías en el momento exacto el encanto de las ciudades ni las esperanzas que descienden del septentrión. Tú prefieres las luces, la muchedumbre, los hombres que te miran, las calles donde dicen que se puede encontrar la fortuna. Tú eres diferente a mí, y si vinieras ese día a pasear, te quejarías de que estás cansada; sólo eso, nada más.



Querría también ir contigo en verano a un valle solitario, sin cesar de reír por las cosas más simples, a explorar los secretos de los bosques, de los caminos blancos, de algunas casas abandonadas. Pararnos en un puente de madera a mirar el agua que pasa, escuchar en los postes del telégrafo esa larga historia sin fin que viene de un extremo del mundo y nadie sabe hasta dónde llegará. Y coger las flores de los prados y, tumbados en la hierba, en el silencio soleado, contemplar los abismos del cielo, las blancas nubecillas que pasan y las cimas de las montañas. Tú dirías “¡Qué bonito!”. Y no añadirías nada más porque seríamos felices; nuestros cuerpos habrían perdido el peso de los años y nuestras almas habrían recuperado su frescor, como si acabaran de nacer en ese momento.

Pero tú -ahora que lo pienso- me temo que mirarías a tu alrededor sin entender, y te detendrías preocupada a examinar una de tus medias, me pedirías otro cigarrillo, impaciente por volver. Y no dirías “¡Qué bonito!”, sino otras nimiedades sin ningún interés para mí. Porque por desgracia eres así. Y no seremos felices ni siquiera un instante.

Querría también -déjame decírtelo- atravesar contigo del brazo las grandes avenidas de la ciudad un atardecer de noviembre, cuando el cielo es puro cristal. Cuando los fantasmas de la vida corren sobre las cúpulas y rozan a la gente oscura que bulle en el fondo de esos fosos que parecen las calles, ya rebosantes de inquietudes. Cuando recuerdos de épocas felices y nuevos presagios pasan sobre la tierra dejando tras de sí una especie de música. Con la cándida arrogancia de los niños miraremos las caras de los demás, miles y miles, que pasarán a nuestro lado como ríos. Despediremos sin saberlo un alegre resplandor y todos se verán obligados a mirarnos, no por envidia ni animadversión, sino esbozando una sonrisa, con un sentimiento de bondad, gracias a la noche, que cura las debilidades humanas.

Pero tú -lo sé muy bien- en lugar de mirar el cielo de cristal y las altas columnatas acariciadas por el último sol, querrás pararte a mirar los escaparates, los oros, las riquezas, las sedas, todas esas cosas mezquinas. Y no percibirás por tanto los fantasmas ni los presentimientos que pasan, ni te sentirás llamada como yo a un alto destino. Ni oirás esa especie de música, ni comprenderás por qué la gente nos mira con buenos ojos. Pensarás en tu pobre mañana y las estatuas doradas de las agujas alzarán en vano sobre ti sus espadas hacia los últimos rayos de sol. Y yo estaré solo.

 


Es inútil. Quizá todas estas cosas sean tonterías y tú seas mejor que yo, al no pretender tanto de la vida. Quizá tengas tú razón y sea una estupidez intentarlo. Pero eso sí, al menos querría volver a verte. Pase lo que pase, estaremos juntos y encontraremos la felicidad. No importa que sea de día o de noche, verano u otoño, en un país desconocido, en una casa desnuda o en un sórdido hostal. Me bastará con tenerte cerca. No me quedaré escuchando -te lo prometo- los crujidos misteriosos del techo ni miraré las nubes ni haré caso de las músicas ni del viento. Renunciaré a esas cosas inútiles que, sin embargo, amo. Tendré paciencia cuando no entiendas lo que digo, cuando hables de cosas ajenas a mí, cuando te quejes de los vestidos viejos y de la falta de dinero. Entre nosotros no habrá eso que llaman poesía, ni esperanzas compartidas, ni tampoco tristezas, esos grandes cómplices del amor. Pero te tendré cerca. Y conseguiremos, ya lo verás, ser bastante felices, con mucha sencillez, solos los dos, un hombre y una mujer, como sucede en todas las partes del mundo.


Pero tú -ahora lo pienso- estás demasiado lejos, a cientos y cientos de kilómetros difíciles de salvar. Tú estás dentro de una vida que desconozco, y a tu lado hay otros hombres, a los que probablemente sonríes, como a mí en otros tiempos. Has tardado muy poco en olvidarme. Es posible que no logres siquiera recordar mi nombre. Yo ya he salido de ti, confundido entre las innumerables sombras. Y, sin embargo, no hago más que pensar en ti, y me gusta decirte todas estas cosas.

Dino Buzzati.

miércoles, 25 de enero de 2012

¿Y SI EL MUNDO NOS ESTÁ DEJANDO SOLOS?


Nace, sé buena, crece, estudia, sé buena. Aprende la lingüística del desengaño y encuentra el  amor en  la página cuarenta y cuatro del diccionario, pero se buena. Conoce a un buen chico, conviértete en mutante, rompe con él, sé capaz de conmoverte. Conoce a más chicos, intenta ser mala. Descubre que la vida es llanamente aburrida. Desordénate, pero vuelve a ser buena. Haz las cosas que los demás esperan de ti. Rodéate de gente con jersey de pico, militan en el tedio de la rutina y son buenos. Riéte con tus amigas por ser distintas, mientras aceptáis simples planteamientos de vida como asas de cubo, tenéis que ser buenas. Renuncia a tus ideales, bucea en las estadísticas, traga. Aprende nombres nuevos, ideas nuevas, mientras intentas olvidar, los buenos siempre saben olvidar. Busca anclajes, profundiza en ellos, saca la cabeza y las ideas de tus  trabajos de mierda, de vez en cuando respira. Sonríe y sé buena.  Las arrugas llegan antes al sueño que al rostro y tienes que tener buen aspecto, porque,  con el tiempo descubrirás, que aunque busques otras opciones, el mundo pertenece a los banqueros, a los que plantan mierda y florece, a los que nunca quisieron ser buenos.

lunes, 23 de enero de 2012

LA LLAMADA

Telefoneó al supermercado para hacer el pedido, pero una mujer respondió que aquello era una casa particular. Colgó lleno de palpitaciones: la voz había abierto en su memoria sentimental una grieta por la que comenzó a salir enseguida una aguja de gas. Volvió a marcar confiando a los dedos la reproducción del error y respondió de nuevo la mujer. Él permaneció en silencio, absorbiendo con los sentidos la atmósfera de la habitación lejana. No se oía la televisión ni la radio; tampoco ruido de niños. Imaginó que vivía sola en un apartamento igual que el suyo y lo reprodujo sin dificultades. Ella, a su vez, callaba. Quizá su voz había levantado también un registro mal cerrado en las sentinas de su memoria. La imaginó con un libro en el sofá. Durante años había soñado que se encontraban en la calle, y ahora, en lugar de sus cuerpos, se cruzaban sus voces, pero la de ella tenía la densidad de un cuerpo. "Diga", repitió al fin, y él paladeó ese diga con las membranas del oído, igual que en otro tiempo había saboreado sus muslos con los dedos. Era un diga mojado por la excitación. De manera que también ella vivía sola y los sábados por la tarde leía: tenía la voz de los que se refugian de las horas dentro de una novela. "¿Es el supermercado?", preguntó. "Sí", escuchó al otro lado, tras un titubeo; "¿qué desea?". Recitó el pedido y al final la mujer añadió que había yogures en oferta. Después de los yogures, no supo continuar. Ella, tampoco, así que dijo que se lo enviarían y colgó sin solicitar la dirección, lo que acabó de delatarla. Telefoneó de nuevo, lleno de remordimientos, pero sus dedos no se atrevieron a equivocarse una vez más. Se habían cruzado, pero después de unos instantes prefirieron simular que no se conocían. Él reprimió un sollozo y, ahora sí, llamó al supermercado.



JUAN JOSÉ MILLÁS

martes, 10 de enero de 2012

ASÍ, LA VERDAD, ES QUE DA IGUAL

Es qué mi vida es

cómo una película de cine mudo.

Un poco cómica y trágica,

en la que a veces

todo se acelera

y los cambios

suceden muy rápido.



No te puedes parar

ni leer los subtítulos.

Desaparecen historias

pero entran personajes nuevos

a los que les doy el guión,

pero tampoco

me hacen mucho caso.

Los dejo actuar,

me dan pie para que actúe

y a veces hasta me creo

que soy la gran directora,

pero ya paso de decir:

cámara, luces, acción…

Es que no sé hacia dónde me dirijo.


miércoles, 4 de enero de 2012

¿Y SI MI CURIOSIDAD NO VUELVE A DESPERTAR?


Son estos años una época que me produce angustia y aburrimiento. No sé si el tedio que siento es justo o si es debido a que me estoy haciendo mayor y un tanto plañidera. El caso es que esto no ha sucedido de golpe, si no poco a poco. Hubo un tiempo en que me seducía  la gente de mí alrededor, me despertaban la curiosidad y me atraían, he de confesar que me atraían demasiadas personas. 

Un día sin querer, sentí que ya no era así, que yo perseguía cosas que los demás no veían a su alrededor o a la inversa. Es como si de repente el mundo se hubiera llenado de aeronfix y no tuviéramos nada en común por nuestras siniestras envolturas. Es como si todos hubiéramos adquirido ese cartel que  inunda nuestro paisaje común: se vende, se alquila, se traspasa
Es una especie de conducta de repulsión con las curiosidades y los sueños que antes nos encandilaban. 

No quiero aislarme en la nostalgia porque pienso recorrer toda mi actualidad. Olvidar el presente y aislarse en el pasado que nunca fue tan bueno como imaginamos significa negarse a pensar, pero es que yo siempre he sido mi mejor adversaria y en la palabra "cumpleaños" siempre hace mucho frío y estoy cansada de saltar meses como si fueran vallas.