viernes, 25 de mayo de 2012

MI VIDA CON ELVIS (X) FÉLIX J. VELANDO

Mis amigas me preguntaban y yo les decía que me iba bien, porque eso era lo que yo me decía: me va bien, me irá mejor. Les extrañaba que aún no le hubiera llevado al piso, yo que siempre intentaba que la gente que me gusta se conozca. Decía que era tímido, que ya lo traería.

En abril era el cumpleaños de Marta y, como cada año, lo íbamos a celebrar con una fiesta en el piso. Una fiesta de disfraces temática. El año pasado "flowerpower", hacía dos "guateque". Intenté convencer a Marta para que fuera una fiesta roquera  pero se impuso la fiesta romana. Así que le dije que esa noche tendría que acudir disfrazado.

-Ya sabes que no me gusta disfrazarme. Pero por esta vez lo voy a hacer, aunque no será de romano.
-Pero es temática. Tienes que ir de romano o de romana...
-No. Iré de otra cosa. Y te voy a sorprender.

No sabía que podría sorprenderme después de habérmelo encontrado aquella tarde en una cafetería vestido de Elvis. Pero aún así esperé nerviosa su llegada, pensando en qué disfraz absurdo podría vestir y en cómo excusarlo ante mis amigos.

Cuando el piso ya estaba repleto de gente vestida con sábanas y enredaderas en la cabeza, llegó  él. Me costó reconocerlo. Llevaba unos vaqueros sencillitos, zapatos discretos y su tupé y sus patillas habían desaparecido. Caí: se había disfrazado, solo para mí, de tipo normal.

-No- me contestó- Tengo que contarte algo. Hasta ahora iba disfrazado porque quería comprobar cuanto me querías. Y si has aguantado estas semanas con un tipo disfrazado de Elvis es que me quieres de verdad.

Lo miré en silencio durante unos segundos, incapaz de reaccionar.
- ¿Contenta? Ya no me disfrazaré más. Prueba superada.

Pasaron unos segundos hasta que conseguí reaccionar.
-Vete a tomar por culo, subnormal- le dije por fin.

Y tras darle una bofetada me fui de la fiesta. Han pasado casi dos años. No lo había vuelto a ver hasta hace dos días. Estaba en un bar con una chica. Iba disfrazado de Michael Jackson y marcaba barriguilla.
FIN

jueves, 24 de mayo de 2012

MI VIDA CON ELVIS (IX) FÉLIX J. VELANDO

Esta vez acudió vestido como el Elvis del comienzo por lo que casi podía aparecer que había quedado con un rockabilly. Yo llegué seria, marcada por la trascendencia de mi mensaje. Pero ese día apenas nadie lo miraba y de pronto me hizo reír. No encontraba como decirle que aquello no podía seguir así. Sabía que no debería aplazarlo, que me sentiría mal si  me iba de allí sin contarle lo que pensaba. Y aunque estuve tentada de no hacerlo por fin se lo dije, le dije que no me gustaba nada su forma de vestir, que no comprendía esa necesidad de llamar la atención.

- No se trata de llamar la atención, de nadie, solo de vestir como me gusta- dijo-. ¿De verdad te importa tanto lo que me ponga o deje de ponerme? Creo que la gente es mucho más que eso.

Le dije que sí, que la gente era mucho más que eso, pero que no podía soportar todas esas miradas de curiosidad, de burla.

- ¿Entonces es por lo que piensan los demás?

Aquella vez fue él el que inventó una excusa para irse. Yo me sentí fatal por el retrato que aquella noche se había dibujado de mí: una chica superficial a la que le importaban sobre todo las apariencias, lo que pensaban los demás. Yo no era así pero también lo era un poco, como todos. Después de aquella última cita la piedra estaba en mi tejado. O aceptaba salir con él tal como era, tal como vestía, o debía olvidarlo de nuevo. Hay parejas que en sus finales, cuando todo es naufragio se aferran a lo poco bueno que aún encuentran en el otro para salvar la relación. Yo solo tendría que olvidar lo poco malo que él tenía para comenzar. Si conseguía pensar que salir con un tipo siempre disfrazado era poco.

Y lo llamé, lo llamé, porque me gustaba, porque me lo pasaba bien con él cuando conseguía olvidar sus vestimentas y tal vez también porque no podía dejar que nadie, comenzando por mí misma tuviera esa imagen penosa de lo que yo era.

Quedamos una tercera vez, y aunque él vino de nuevo disfrazado como Elvis yo no dije nada y me reí y me emborraché, creo que para que todo me importara menos y terminamos acostándonos y desnudo era un chico que me besaba y me decía que le gustaba mucho y todo se olvidaba y deseé que el mundo fuera siempre su cama.

miércoles, 23 de mayo de 2012

MI VIDA CON ELVIS (VIII) FÉLIX J. VELANDO


― Bueno, disfrazado no, llámalo un estilo. ¿Te importa mucho eso?
― No… yo… no sé… me extraña. En… ¿en Cádiz no ibas disfrazado?
― No. Siempre visto así. No me gustan los disfraces.

Y continuó hablando. Aunque los tenía frente a mí intenté olvidar su tupé brillante, sus gafas de sol con brillantina, esa chaqueta con flecos ajustada, las inmensas campanas de sus pantalones, y quise centrarme en su rostro, en sus ojos, tan brillantes como oscuros, en su sonrisa. Lo conseguía por segundos, aunque de pronto me veía en la mirada de los que nos observaban y solo encontraba a una tía avergonzada que hablaba con un loco vestido de Elvis. Pero no decía ninguna locura, era el mismo tipo divertido, algo socarrón y descreído que había conocido hacia casi un mes en Cádiz. El mismo tipo con el mismo tupé y la misma ropa desfasada. Cambiamos de bar. Por la calle, claro, seguían mirándolo y yo intenté actuar como si no me importara su disfraz, como si estuviera hablando con alguien vestido en Zara. Pero me importaba. Me despedí después de cenar con dos besos y una excusa improvisada. Estaba muy desconcertada para pensar en acostarme con él aunque, por otro lado, era la manera más rápida que se me ocurría de quitarle ese disfraz absurdo. Después de cuatro semanas intentando olvidarlo aparecía y lo hacía de esa forma. Me sentí estafada por el destino.

Llamó al día siguiente y no le cogí el teléfono. A él, cuya llamada había esperado tanto. Ese pensamiento me trajo otra oleada de tristeza. Tenía la sartén por el mango y no me sentía mejor por ello. Decidí llamarlo para quedar y contarle que no podía seguir viendo a alguien que iba disfrazado por la vida.

lunes, 21 de mayo de 2012

MI VIDA CON ELVIS (VII) FÉLIX J. VELANDO

Cuando colgué el mundo había cambiado. Era posible la alegría, era posible confiar en la gente, ser amada. Me había buscado por mi facultad, había puesto un anuncio, llamado cien veces a su compañía telefónica. Lloré esta vez de felicidad. Aunque de pronto sentí que mi felicidad no dependía de mí, sino de algo tan ajeno como la llamada de un chico al que conocía de una noche. Y me puse triste, y luego alegre, y así pasé todo el día.

Tenía una cita, una de las de verdad, de las que te importan y te ponen nerviosa. Depilación, limpieza de cutis, darme un poco de brillo tras tantos días grises. Mi piel y yo resplandecíamos. Saqué toda mi ropa, probé mil combinaciones y decidí que casi todo lo que guardaba en el armario era una mierda. No sabía cuál sería su estilo, tan sólo le había visto disfrazado. ¿Me daba un toque poppie o  me ponía algo clásico? Tras dos horas de pruebas opté por 


Habíamos quedado en una cafetería de Malasaña, un buen lugar para hablar con tranquilidad antes de decidir donde cenar. Un chicle para oler y saber a fresa. Un último toque de pintalabios. Llegué con veinte minutos de antelación, pero decidí pasear un rato por allí y entrar algo tarde para calmar mis nervios. No aguanté mucho y entré cinco minutos antes.

Y allí en la barra, estaba él, inconfundible porque ahora también iba vestido de Elvis. Miré a mi alrededor desconcertada. ¿Era una broma que me estaban gastando él y sus amigotes? ¿Había cámaras ocultas? Él me vio y se acercó con una gran sonrisa y me dio dos besos y me dijo que estaba muy guapa. Yo seguía desconcertada.
―Vas… vas disfrazado de Elvis―le dije.
― Bueno, más bien vestido― me contestó con el mismo tono que podría haber empleado para decirme que su reloj era japonés.
―¿Nos sentamos?―preguntó.

―Vale―acerté a decir.

Ya en la mesa él me detalló todos sus intentos de encontrarme en la universidad en el facebook, en el tuenti, el anuncio en el periódico, su lucha para que la compañía telefónica le diera los números a los que había enviado mensajes esos días. Yo intentaba concentrarme en lo que me decía, pero no podía evitar pensar que estaba sentado frente a un tipo que iba vestido en pleno mes de marzo, en Madrid, como Elvis Presley. La gente no disimulaba alguna que otra mirada curiosa pero él parecía no darse cuenta o no importarle. Por fin me preguntó.
― ¿Y tú que pensabas cuando yo no daba señales de vida?
―Vas...disfrazado de Elvis― fue lo único que pude decirle.

Buenas noticias

Aquí y aquí hablan de Te vas a reír cuando te lo cuente. Todavía no sabemos quien será el ganador del libro, ni que sucederá con la novia sufridora de Elvis...ya queda poco para descubrirlo.

domingo, 20 de mayo de 2012

MI VIDA CON ELVIS (VI) FÉLIX J. VELANDO


Pasaron más días en un invierno gris que no acababa. Comencé a pensar que si aquello me había afectado tanto es que yo no estaba muy bien. Le pedí a una amiga el número del psicólogo. Vino marzo. El día en que tenía mi primera consulta me llegó la llamada de un número que no tenía en mi agenda. Antes de cogerlo sabía que era él o eso pienso ahora cuando lo recuerdo. Comencé a temblar. ¿Cómo responder a esa llamada? ¿Sacar mi rabia y echarle en cara todo el daño que me había hecho? ¿Desplegar todos mis reproches? Lo cogí. Y todas mis tristezas, mis penas, comenzaron a retirarse a un lugar muy lejano empujadas por sus palabras.

Me contaba que le habían robado el móvil en el bar de carretera en el que pararon a echar gasolina y comer algo, que se había pasado dos mañanas en la puerta de mi facultad esperando cruzarse conmigo, que había preguntado por una María que estaba matriculada en asignaturas sueltas, que había rastreado el facebook hasta cansarse, que había recuperado su número de teléfono pero no su móvil y que mis llamadas nunca llegaban, que había puesto un anuncio en la sección del Te vi del suplemento de los viernes de El País. pero hasta que con marzo no recibió su factura de febrero no pudo recuperar ese número al que una mañana en Cádiz había mandado un mensaje. Mi número. Yo le dije que le había llamado, que le había dejado varios mensajes y que había terminado por pensar que pasaba de mí. Me dijo que lo sentía, que sentía que todo ese lío pudiera haberme hecho daño. Se le oía apenado. Yo no intenté salvar mi dignidad y le confesé lo mucho que me había dolido. Me dijo que quería verme y quedamos para el día siguiente. (Continuará...)

viernes, 18 de mayo de 2012

MI VIDA CON ELVIS (V) FÉLIX J. VELANDO



Al día siguiente le llamé tres veces. Nada. Me prometí no llamarle nunca más. Pasé unos cuantos días pensando a todas horas en él, imaginando venganzas a su desprecio. Yo sería, por ejemplo, una psicóloga triunfante, cada día más bella, que escribiría un libro de éxito y él me vería un día firmando en la feria del Retiro y se acercaría para saludar y allí estaría mi novio, un famoso y guapísimo actor y yo ni me acordaría de su nombre... Cosas así de maduras.

Dejé de ir a clase durante dos semanas, dejé pasar exámenes y me dediqué a deambular por Madrid, a meterme en cines donde siempre lo echaba de menos en la butaca de al lado y descubrí que en las cafeterías siempre había parejas que parecían quererse mucho. Mis amigos me daban los consejos que se dan en estos casos: "el tiempo lo cura todo", "hay más tíos que días", "si apenas lo conocías, seguro que era un gilipollas". Los mismos consejos que yo había dado en otras ocasiones y que ahora me parecían tan estúpidos. Y los días pasaron y dos semanas después me di cuenta con cierto asombro de que cada vez dedicaba menos horas a pensar en él y cuando lo hacía intentaba convencerme de que sí, solo era un gilipollas con labia que me había liado en una noche de borrachera.



Comencé a hacerle más caso al compañero de clase que siempre me proponía cines que yo esquivaba, al monitor de aerobic que me tiraba los trastos, esos tipos que no te hacen temblar pero pueden darte un rato agradable. ¿Para que más? Vivir en un mundo donde no quieras demasiado para que no te hagan demasiado daño. Una noche quedé a cenar con el monitor de aerobic. Follamos. Él aún dormía cuando me fui de su cama. Otro amaneces, éste en Madrid, sola. Una chica, pese al frío se había quitado los zapatos de tacón y caminaba descalza por la calle apoyada en su chico. Recordé que nosotros también nos habíamos descalzado  en la arena, que habíamos jugado a que no nos mojara el océano que nos terminó mojando. Entré en un bar donde se mezclaban taxistas que trabajaban de noche y los últimos fiesteros y pedí un café con leche. Saqué mi móvil. Allí estaba su número, que había conseguido no memorizar. Nueve números que una mañana salieron de sus labios, que tan poco había besado. Él estaba a un clic de distancia pero también mucho más lejos. Lo borré entre lágrimas. El camarero no me dijo nada pero me dio un pañuelo de papel y no quiso cobrarme

miércoles, 16 de mayo de 2012

MI VIDA CON ELVIS (IV) FÉLIX J. VELANDO



Pese al cansancio me costó dormirme. Horas antes había tenido la certeza de que esa vez sí, esa vez no habría artimañas, no existirían los pequeños y ruines juegos de poder, los manejos del tiempo y del silencio. Y nada más comenzar ¿comenzar qué? ya era la víctima del juego. Pasé la noche llamándome estúpida o buscando justificaciones a su silencio.

Pero a la mañana siguiente mi móvil seguía a la espera sobre la mesilla. Pensé en no conectarlo jamás. Así no podría sentir la decepción de ver que su mensaje no llegaba. Por supuesto, lo encendí al momento. Pasaron rápidos esos segundo decisivos. El silencio. Dejé pasar unos minutos. Nada. Me envié un mensaje a mí misma porque, ¿y si mi móvil se había estropeado y no podía recibir nada? Mi automensaje llegó al instante. Aquello era patético, lo sabía. Repasé una vez más toda aquella noche, la madrugada, los mensajes que le había enviado. ¿Qué había hecho mal, qué había dicho para merecer ese silencio?

Me fui a clase a pie, creyendo que eso aclararía mi mente, pero no lo hizo. Aún así, decidí llamarle. No podía continuar con esa angustia, no podía pensar todo el tiempo en alguien que no tenía ni un minuto para escribirme un mensaje. Me senté en la escalinata de la facultad. Saqué papel y boli para escribir lo que quería decirle. Debía aparentar normalidad, nada de reproches por su silencio, llamar con la calma con la que se llama a una buena amiga para charlar un rato. Un "Hola ¿qué tal el regreso?" podría ser un buen inicio.

Llamé. Y tras cinco tonos saltó su buzón de voz. Ni siquiera pensé en que algo tan probable sucediera. Podía haber elegido el silencio, colgar, pero como si alguien me empujara comencé a hablar, palabras deslavazadas, balbucientes, en las que le decía lo que ya sabía, que no me había contestado e intentaba preguntarle por qué sin parecer dolida. Pero lo parecía. Callé de pronto, aquello era también patético. Miré el móvil. No había ninguna tecla mágica que me permitiera borrar lo dicho. Colgué avergonzada, llena de rabia hacia él y hacia mí misma. Me dirigí a clase. Pese a todo, al día siguiente volví a llamarlo. Esta vez su teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Le mandé un mensaje en el que le decía que al menos merecía una explicación. Siguió el silencio.


MI VIDA CON ELVIS (III) FÉLIX J. VELANDO


La despedida no fue triste. Teníamos los móviles, en unos días nos veríamos en Madrid y cuando me dejó en la pensión subí sintiéndome como una niña que sabe que tras la puerta le espera un gran regalo. La próxima semana, una vulgar semana de febrero, sería mi regalo porque nos veríamos. Mis amigas me recibieron entres coñas y sonrisas. Querían detalle. Y no, no nos habíamos acostado. ¿Entonces? Paseamos, desayunamos… ¿Y esa sonrisilla? Huí hacia el baño mientras gritaban para retenerme. No iba a reconocer que estaba enamorada de un chico al que hacía ocho horas ni conocía. Pasan tantos días sin huella, tantos meses y ahora, en sólo ocho horas, yo creía que mi vida había cambiado.
Tenía su número de móvil y aguanté media hora antes de enviarle el primer mensaje. Me respondió al momento. Sí, el universo estaba en orden, no había apuntado mal su teléfono, no se abría el abismo. Me propuse no ser pesada y no escribirle ningún mensaje más hasta la noche pero cuando solo llevaba una hora en el tren le escribí otro. Pasó media hora y no llegaba su respuesta. Comencé a inquietarme. Media hora después llegó un mensaje. Procuré no parecer ansiosa por leerlo y saqué el móvil de su funda con toda la parsimonia del mundo. Mi amiga marta me miró como riéndose de mi interpretación. Nos conocemos bien. Desbloqueé el maldito móvil con urgencia. Y odié, odié intensamente al responsable de la compañía  de móviles que había decidido informarme esa precisa tarde de que me regalaban treinta mensajes multimedia.
Me aferré a la idea de que iría durmiendo en el coche, cansado como yo lo estaba tras una noche en vela. Y me quedé dormida. Al llegar a la estación de Atocha, mi móvil seguía callado. Ya en casa lo desconecté, como un castigo hacia él si decidía llamarme esa noche. Pero como tantas veces en estos asuntos era a mí misma a quien castigaba.

miércoles, 9 de mayo de 2012

MI VIDA CON ELVIS (II) FÉLIX J. VELANDO

Pero esa mañana salimos a la calle y continuamos sin dejar de hablar, sin que asomase entre los bordes de la conversación ese momento denso del “ahora que hacemos”. No había otro deseo más importante que el de seguir juntos. Anduvimos por callejuelas desconocidas sin preocuparnos del rumbo hasta que la Caleta, con toda su luz, nos recibió. Un gran carguero se balanceaba en el horizonte, como si decidiera el momento de partir y no terminara de encontrarlo.
Durante la noche habíamos jugado a adivinar gustos tontos. Nuestras golosinas favoritas de la infancia, las canciones más odiadas, la frase más tópica que nos decían nuestros padres. A mí: “¿Tú te crees que estas son horas de volver?” A él: “¿Vas a salir a la calle con esa pinta?”
Como si la llegada del día trajera asuntos más serios, como si ya no fuéramos solo presente sino algo más, hablamos un poco de estudios, de planes: él terminaba ingeniería e iba a hacer un máster. Yo estaba matriculada en unas cuantas asignaturas sueltas de quinto de psicología y no sabía qué hacer después. Aunque yo llevaba casi seis años en Madrid y él toda la vida, aunque habíamos compartido rincones y bares, hasta conciertos, nunca nos habíamos encontrado Y mientras él me hablaba, su rostro feliz pese a las horas sin sueño, sentí vértigo al pensar que solo algo tan frágil como el azar nos había unido aquella noche en la puerta de un bar de Cádiz y que esa mañana junto a él existía casi de milagro. Algo vio en mi rostro porque me preguntó:
─ ¿Te pasa algo?
Y yo se lo dije, le dije que me daba pena pensar que podríamos no habernos encontrado.
─ Pero lo hemos hecho─ contestó.
Y me besó. Todo era tan estupendamente bonito. Por la playa dos chicos vestidos de muñecos Michelin se perseguían y caían a la arena entre risas y después se levantaban con torpeza y continuaban la carrera. Pasaron a nuestro lado y nuestras sonrisas se reflejaron en las suyas. Compartíamos la dicha. Paseamos por un malecón hasta un castillo. Elvis y la Mariposa, la espuma contra las rocas, nuestras largas sombras que se estiraban sobre la arena como esculturas de Modigliani. Allí un tipo de unos cuarenta años fumaba en soledad mientras miraba ensimismado el horizonte. Nos dio apuro mostrar ante él nuestra felicidad y nos alejamos.
Pronto el mundo exterior comenzó a colarse por los móviles: mis amigas preocupadas por saber donde paraba, sus amigos recordándole que en tres horas regresaban en coche a Madrid. Ambos nos mostramos parcos con el teléfono, como si no quisiéramos o pudiéramos compartir con los demás lo que vivíamos. Regresamos al centro de Cádiz cogidos de la mano y de los labios. Entramos a desayunar en un bar en el que se mezclaban ancianos madrugadores con las máscaras más trasnochadoras. Todos se miraban con curiosidad, como si los otros vinieran de mundos lejanos. Mientras esperábamos las tostadas nos acercamos a una gramola arrinconada al fondo del bar. No la habían actualizado desde los noventa pero parecía funcionar. A él se le iluminó la cara.
─ ¡Ésta, ésta! ─dijo emocionado y seleccionó una canción─. No mires, no, mejor cierra los ojos.
Comenzó a sonar la canción: “Amor, la noche ha sido larga y llena de ilusión, pero amanece y me apetece estar juntos los dos. Bares que lugares…”Todo encajaba." Continuará...

martes, 8 de mayo de 2012

UN REGALO: TE VAS A REÍR CUANDO TE LO CUENTE


El pasado mes de abril Trilceunlugar cumplió cuatro años. Durante  este tiempo solo han pasado cosas bonitas por aquí. He conocido a gente maravillosa, (no nombro a nadie porque soy despistada y no quiero olvidar a nadie) y los comentarios que llegan son tan generosos y amables que a veces me da el pudor tonto y ni siquiera puedo contestar. Un montón de entradas y también un montón de tonterías, pero es que soy así.

Además, el pasado mes de abril, uno de mis mejores amigos publicó su primer libro Te vas a reír cuando te lo cuente de Félix J. Velando. El libro me gusta mucho, muchísimo y os lo quiero enseñar. Durante los próximos días publicaré uno de los cuentos del libro por entregas. Y entre todos los comentarios del blog sortearé un libro firmado por el autor. Siempre me hace mucha ilusión que me comentéis pero ahora además, los comentarios tienen premio...

El libro es una colección de cuentos marcados por el humor:  Pandas gays que causan conflictos diplomáticos, chicas que se enamoran de hombre disfrazados de Elvis Presley, un novelista conservador que intenta hacer desaparecer un libro de su juventud abiertamente erótico, detectives que se enfrentan a lingüistas muertos o poetas con problemas mentales que acuden a tertulias televisivas nada recomendables...

Te vas a reír cuando te lo cuente, La Página Ediciones , 2012, será presentado en junio en Madrid.  Aviso por si os apetece venir a la presentación...

Muchas gracias por acompañarme durante todo este tiempo...



MI VIDA CON ELVIS- Félix j. Velando
Nos conocimos la última noche del Carnaval de Cádiz. Él iba disfrazado de Elvis Presley  y yo de mariposa con alas de papel seda. Una llevaba rato doblada, la otra se mantenía con dignidad.
─ Te veo alicaída─ me dijo.
─ Sobre todo cuando me hacen la misma broma todo el rato. Pero no te creas, puedo remontar el vuelo en cualquier momento─ le contesté.
─ No lo hagas aún─ me pidió─. Si me esperas saldré de ese bar con las penúltimas copas de la noche. ¿Tú que tomas?

Y allí, en la calle, rodeada de mis amigas mariposas, lo esperé. No salía y decidí entrar al bar. De sus paredes colgaban azulejos que prohibían cantar, pero todo el mundo cantaba. Al fondo, en el centro de un corro que le hacía palmas y coros, él se desgañitaba con una versión rumbera de Love me tender. El reloj del bar marcaba las cuatro y media. Éramos lo que quedaba de la noche, pero también quienes estrenarían el nuevo día. Cuando terminó de cantar me acerqué a él.
─I like the way you sing.

─I like de way you fly─ contestó.

Comenzamos a hablar, una conversación de la que no recuerdo mucho, solo que fluía, que las palabras que nos decíamos no podían ser otras, todo el mundo alrededor se había vuelto borroso y lo único claro, real y a la vez mágico, éramos nosotros.

El tiempo pasó muy rápido. De pronto, el bar estaba vacío y un camarero con escoba nos preguntaba si no teníamos casa. Salimos sonriéndole a un sol que brillaba anaranjado sobre las calles regadas. A lo lejos unos limpiadores con mangueras empujaban los restos de la noche hacia los sumideros. Olía a detergente y mar, a día nuevo. Ver las calles limpias y casi vacías no hizo sino aumentar el ensueño.

Cuando sales al amanecer de un bar con un chico llega el momento de las decisiones: irse con él a la cama o despedirse tras intercambiar números reales o inventados. A veces vas a despedirte, pero los besos en las mejillas caen en los labios y te llevan a las sábanas…. (Continuará)

HE CONSEGUIDO



Ciertos  planes para escapar hacia delante


viernes, 4 de mayo de 2012

PARADOJA


Ray Charles dijo que para ser feliz tienes que encontrar en ti aquello que te hace único, pero yo no quiero ser única tan sólo quiero ser feliz.

DE ACUERDO

─ Anda deja que te acompañe, que no es momento de andar sola.

martes, 1 de mayo de 2012

PUENTES MENTALES



A veces es mi medida de tiempo preferida. Algunas tardes recorríamos ciertas diferencias e intentábamos encontrarnos pese a la distancia. En ocasiones, aparecía el desequilibrio. A veces pensaba que quizá no fuéramos tan distintos, otras que, por mucho que hiciera, nunca podría alcanzar su vida y ese vuelo desenvuelto de delfín salvaje, pero daba igual, a veces nos acompañaba la luz. A veces la verdad no es necesariamente lo contrario que la ficción.