viernes, 19 de abril de 2013

HABLO DESDE LA AUTORIDAD QUE DA EL FRACASO- F. SCOTT FITZGERALD (I)


En una entrevista de hace unos años Juan Marsé contaba a Isabel Coixet que a él lo que en ese momento le hacía ilusión era enamorarse de un amor imposible, de una jovencita que le excitara; pulsión intelectual lo llaman... 
A lo largo de la historia de la Literatura se ha podido comprobar en muchas ocasiones  que una de las mayores fuentes de inspiración  ha sido el enamoramiento, que sin grandes artilugios, propone un estado de enajenación mental, que afortunadamente es transitorio, con incidencia notoria en las constantes físicas y psíquicas del individuo.

La familia Fitgerald
Siempre me ha fascinado el concepto de AMOR FOU:  desaforado sobresalto, felicidad sin salida. Ese cierto suicidio cotidiano  que provoca la contrapartida enfermiza del ser amado que remueve la celulitis y conmociona hasta los esfínteres del alma.

Dos son  los protagonistas que ejemplificaron este concepto: Scott y Zelda Fitzgerald. La verídica y triste historia de uno de mis escritores americanos preferidos y la marca indeleble de una sola mujer que fue musa y pesadilla, pasión y abismo.



Talentosos, atrevidos, bellos, jóvenes y ricos fueron la pareja que mejor dibujó la década gloriosa del jazz y de aquellos sonrientes años  locos años. Los escándalos en sus numerosos viajes europeos, las mutuas infidelidades, las borracheras juntos, las suaves e infinitas noches llenas de fiesta  y diversión surrealista dejó un poso  de gloria y tragedia en su historia que hace que para siempre les recordemos como inolvidables, patéticos y absolutamente geniales. Los dos alimentaron por igual su amor absurdo y dañino,  si bien en algunas biografías culpan a Zelda del ocaso del escritor, la relación fue desde el inicio problemática y tormentosa por parte de ambos. Los dos se hicieron la vida imposible de manera magistral.

Francis Scott Fitzgerald supo muy pronto que iba a ser escritor. Su padre procedía de una distinguida familia sudista arruinada, católica y conservadora. A pesar de ciertos apuros económicos, Scott Fitzgerald tuvo una educación elitista. Fue el resultado del quiero y no puedo que animaba a su familia, poco dispuesta a que su hijo bajara algún peldaño en el escalafón social que le correspondía. Pero fue también en la Universidad donde el joven tomó conciencia de la profunda división de clases.  Escribir se convirtió en una vocación, pero también en una forma de prosperar y de asentar su futuro. Ernest Hemingway describe a un Fitzgerald adulto en París era una fiesta: “Scott era ya entonces un hombre pero parecía un muchacho y su cara de muchacho no se sabía si iba para guapa o se quedaba en graciosa. Tenía el pelo ondulado muy rubio, frente muy alta, ojos azules y una delicada boca irlandesa de larga línea de labios, que en una muchacha hubiese representado la boca de una gran belleza. Tenía una firme barbilla y perfectas orejas, y una nariz que nunca fue torcida. Desde luego que se puede tener todo eso y no ser hermoso, pero él lo era”. 



Zelda Saire era hija de un juez del Tribunal Supremo de Alabama. Conoce a Scott con tan solo dieciocho años en un baile. El flechazo fue instantáneo. Desde el primer momento Zelda le fascinó. Estaba ante una chica guapa y poco convencional que, a pesar de haber sido educada en el conservadurismo disfrutaba demostrando a quien tuviera delante que no tenía prejuicios, mientras se emborrachaba en público y ligaba con todos los que se proponían seducirla. Zelda era demasiado distinta, muy valiente y por todo ello adorable. De ella escribiría Scott en los inicios de su noviazgo: Cualquier chica que se emborrache en público, que disfrute francamente y cuente historias escandalosas, que fume sin parar y que cuente que ha besado a miles de hombres y que piensa besar a otros tantos, no puede considerarse intachable, aunque no tenga tacha.



Una vez producido el primer encuentro no volverán a olvidarse. Son capaces de alimentar el ideal de amor soñado por ambos. Sus destinos ya estarán unidos para siempre. Varios son los problemas a los que se enfrentan en el inicio de la relación: La familia de ella piensa que el joven autor no está a la altura de las aspiraciones de la bella y adinerada hedonista; por otro lado el tiene que ir a la guerra. Los ingredientes épicos de la historia ya están en la mesa. Pero de nuevo el destino se pone de su lado y cuando él marcha hacia el frente, a punto de ser embarcado llega la noticia de la rendición alemana. Scott tendrá sus logros y medallas fuera de la guerra y de la mano de las palabras y no de las armas. La fiesta y la tragedia de su vida  se fraguará en un lento combate...