martes, 15 de octubre de 2013

PRELUDIO DE LA MADUREZ



No llueve pero he cargado con el paraguas  todo el día. Cuando llego a casa el piso se me hace extraño tan vacío. La luz del atardecer le da una tonalidad rosa que entra por la ventana de la cocina. Me pongo triste. No es nada inteligente provocarse angustia buscando excusas tontas como por ejemplo: la casa está solitaria, pero la mirada se me escapa por la ventana mientras sorbo las lágrimas y me envuelvo en la luz  que entra por el pasillo. En este preciso instante, en el espejo, me descubro una cana.